En Colombia le comemos demasiado a los técnicos extranjeros

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El nombramiento de Pedro Felicio Santos tomó a todo el mundo por sorpresa. Futbolistas, periodistas y aficionados salieron a googlear el nombre de este portuguesiño y se encontraron con lo mismo: NADA. América contrató un fulano de tal, ¿o tal vez sería mejor decir un “fulaninho santos”?. Pues lo único que se sabe de este señor y su cuerpo técnico es que tiene pasaporte portugués. No se trata aquí de crucificar a este pobre don nadie, seguro no tiene ni idea de en qué se metió. Además, ni siquiera ha empezado a trabajar y no debería negársele la oportunidad de que muestre de qué está hecho. Lo que sí se sabe, seguro, es que este nombramiento tiene un sabor muy amargo, a improvisación y mal manejo institucional. (Para entender esto, TIENE que leer: Tulio Gómez es un ingenuo)

 

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Insisto, yo no tengo nada contra este señor. Eso sí, me parece curioso (y algo preocupante) que los poquitos optimistas que lo defienden sin conocerlo tengan un solo argumento: su nacionalidad. Por ridículo que parezca, en Colombia seguimos pensando que lo que viene de afuera es siempre mejor que lo nuestro. Si América hubiera elegido un técnico colombiano sin experiencia en el fútbol profesional, el escándalo hubiera sido enorme; pero como se trata de un compatriota de Mourinho y CR7, ahora “hay que esperar”, ahora “hay que darle una oportunidad”.

 

Este no es un fenómeno nuevo. Nada más hay que pensar en Juanma Lillo. Ese man no se había ganado nada en la carrera, ¡nada!, y estaba perfectamente acostumbrado a que lo echaran a mitad de temporada por malos resultados. ¿Los avales de Lillo? Que supuestamente había sido el maestro de Guardiola y que nació en la Madre Patria. Es decir, nada, puro humo.

 

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Primero estuvo en Millonarios, donde, después de una temporada y media, cumplió su tradición de hacerse echar por bajo rendimiento. En Nacional, la misma historia: en Colombia, lo único que Lillo dejó para el recuerdo fue su acento españolete y un par de frases que serían perfectas para usarlas de estados de Facebook. Como “yo no vine a podar un árbol, sino a intentar plantar otro” y cosas por el estilo. En fin. El punto es que Lillo se fue de Colombia con lo mismo que trajo; es decir, su pasaporte extranjero y nada más.

 

Además, este no es un fenómeno exclusivo de los banquillos. En el fútbol colombiano, la palabra “extranjero” sirve para darle valor a cualquier fichaje. Mucho mejor si se trata de un argentino, un uruguayo o un brasileño, claro, pero aquí no se discrimina a lo de afuera: todo jugador extranjero es un fichaje de calidad cuando llega. Por supuesto, hay casos más bizarros que otros, como el camerunés que estuvo hace poco en Millonarios y el de George Saunders, el inglés que llegó a América y ahora juega en Envigado, del que nadie sabe nada aparte de que es súbdito de la Reina Isabel.

 

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Los directivos de los clubes colombianos dicen, frecuentemente, que “están en búsqueda de un fichaje extranjero”. Si es bueno o malo, da igual. Yo les pregunto: ¿Hasta cuándo esta sinvergüencería? Ya es momento de que llamemos las cosas por lo que son. Pedro Felicio Santos es un técnico de fútbol sin experiencia profesional, un aparecido, y no debería importar en qué país lo parió la mamá. Las cosas son lo que son. No es un Fulaninho Santos. Es, simple y llanamente, un fulano de tal.

 

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