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El Mesías deprimido

2018-07-17T11:02:39+00:00 14 junio, 2017 |

Psicólogo en desuso, editor aficionado y futbolista recontra frustrado.

6 minutos de lectura

Esta es la historia del jugador que lo tenía todo, que habría podido sentarse en el Olimpo del fútbol alemán junto a Franz Beckenbauer, Gerd Müller y Jürgen Klinsmann. Pero hubo un problema, no se creyó el cuento.

 

El comienzo del fin

1 de septiembre de 2001. Eliminatorias para el Munidal 2002. Alemania vs Inglaterra, Olympiastadion.

 

Era un partido grande. Contra los ingleses. No era solo la clasificación al Mundial, Alemania todavía presumía de estar invicto en casa por partidos de eliminatoria. Además, después de los fiascos del Mundial del 98’ y la Euro del 2000, este podía ser un nuevo punto de partida. Había mucho en juego.

 

La cosa no arrancó mal. Carsten Jancker, el tanque del Bayern, hizo el 1-0 tras una jugada entre Ballack y Oliver Neuville. Pero la alegría duró poco. Un tal Micheal Owen puso el empate. El partido estaba para cualquiera…

 

Y fue entonces, con el 1-1 en el marcador, que una jugada aparentemente insignificante acabó cruelmente con uno de los mayores talentos del fútbol alemán. Un mal rechazo de los ingleses quedó en pies del Oliver Neuville que la tiró a la mitad. El centro encontró solo en el área inglesa a un genio de 21 años que ya llevaba la 10 de la Mannschaft en la espalda y que —sin saberlo o quererlo— era la esperanza del fútbol alemán. La pifia frente a David Seaman fue monumental y el niño terminó arrodillado, como intentando esconderse, sobre el césped del Olympiastadion. Jancker corrió para levantarlo, para animarlo, pero ya todo estaba escrito. Había firmado su sentencia de muerte.

 

 

Esa noche Oliver Kahn se comió cuatro goles más. 1-5 terminó el partido. Los diarios alemanes no perdonaron a nadie, pero hubo uno contra el que se enzañaron sin pudor. A Sebastian Deisler lo destrozaron.

 

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El descenso del nuevo Mesías

“El fútbol es un juego simple: 22 hombres corren detrás de un balón durante 90 minutos y al final los alemanes siempre ganan”. Después de la trágica derrota (0-3) contra los croatas en cuartos de final en Francia 98’ y de la penosa eliminación en la fase de grupos de la Eurocopa del 2000, esta frase de Gary Lineker había perdido toda vigencia. El fútbol alemán estaba hundido en una profunda crisis.

 

Mientras Matthäus, Klinsmann y Bierhoff, toda la generación que levantó la Copa del Mundo en el 90, eran humillados cruelmente por Davor Suker y compañía, Sebastian Deisler, apenas dabas sus primeros pasos en el fútbol profesional. Aficionados y periodistas, ante la incertidumbre, tenían que buscar a un salvador, un caudillo que pudiera devolverle la gloria al fútbol alemán. Y Sebastian, inocente, todavía no sospechaba que él sería el elegido.

 

‘Basi Fantasi’ nació en Lörrach, una pequeña ciudad cerca de trifinio donde colindan Alemania, Francia y Suiza. Tenía una inteligencia excepcional y cumplía a cabalidad con todo lo que se necesita para ser diferente: simpleza, jugar a uno o dos toques, desmarcarse y volver a recibir. Lo hacía ver fácil. El mundo del fútbol estaba ante una auténtica joya.

 

Sus primeros pasos los dio en equipos chicos de su ciudad y a los quince pasó a las categorías inferiores del Borussia Mönchegladbach. Debutó en la temporada 98/99 y año más tarde dio el salto al Hertha Berlin. De una pequeña ciudad de 250 mil personas pasó a la gran capital. Sin él darse cuenta, la presión comenzaba a trepársele por la espalda.

 

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En Berlin, literalmente, la descoció. El nuevo 10 del Hertha Berlin rápidamente se convirtió en el 10 de la Mannschaft. Sebastian viajó a la Euro con Alemania y aunque la participación del equipo fue decepcionante el gran consuelo fue la aparición de un niño superdotado. El pueblo había encontrado al nuevo Mesías, al salvador que estaba buscando.

 

Después vino su paso al todopoderoso Bayern München. Lo que para cualquier futbolista habría sido el cumplimiento de un sueño, para Sebastian fue el comienzo de un calvario. Todavía no se había acomodado en el fútbol profesional y todo un país decidió que él debía cargar con el futuro del fútbol alemán.

 

Imagine que a sus 20 años 80 millones de personas depositan sus esperanzas en que usted va a ganar un Mundial. Imagine también que esas mismas 80 millones de personas están pendientes de sus movimientos en una cancha de fútbol. Sepa que será juzgado por cualquier error, por insignificante que sea. Sépalo. Piénselo por unos segundos y se sentirá más solo que nunca. ¿Se cree capaz de aguantarlo? ‘Basti’ no pudo. A ‘Basti’ la presión lo acabó.

 

“Tenía 19, 20 años cuando el pueblo alemán pensó que podía salvar el fútbol en Alemania. Yo solo. […] No me dieron tiempo para asentarme.

Sebastian Deisler

 

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Las lesiones, malditas lesiones

Es probable que en algo de esto haya tenido que ver su disposición psicológica, porque las lesiones lo martirizaron desde el principio hasta su triste fin. Recién llegado a Berlin se le reventó el ligamento cruzado.

 

Después, cuando todo parecía reencaminado, a los 21 años sufrió un desgarro en la membrana sinovial de una de sus rodillas. Adiós Corea y Japón. Pero aun así el Bayern no pudo resistirse a su talento. Lo trajo para la temporada 2002/03 y pensó en él como el reemplazo perfecto de Mehmet Scholl. Para Sebastian pudo haber sido un nuevo comienzo, pero…

 

…la depresión lo consumió.

Y lo abatió. Nunca pudo superar la batalla que libraba consigo mismo. Fue diagnosticado dos veces con depresión nerviosa, una de las cuales le impidió disputar la Eurocopa del 2004. En su arribo al gigante alemán sufrió otra grave lesión en la rodilla. Las dificultades en su recuperación acentuaron un estado depresivo del que no se pudo recuperar jamás.

 

En 2003 se sentó con Uli Hoeness que para entonces era el director deportivo del Bayern. No puedo más”, le dijo hecho trizas. Luego de ello inició un tratamiento psiquiátrico internándose durante dos meses en la división psiquiátrica del Max Planck Institut con el fin de recuperar la alegría por el fútbol y por la vida. Fue una batalla perdida. Su rodilla y la presión lo habían arruinado. El Mundial de 2006, otra vez, le volvió a ser esquivo.

 

A Deisler el fútbol se lo quitó todo. Lo puso en la cima y lo bajo a patadas. En el 2007 y con 27 años de edad recién cumplidos colgó las botas. Su nombre no será recordado por su talento descomunal o por la magia de su pierna derecha. No. El nombre Sebastian Deisler será recordado porque pudo ser uno de los más grandes de la historia, pero no se lo creyó. No se lo pudo creer.

 

Langlebigkeit, Sebastian

 

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