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Las reglas son para romperse

2018-09-04T10:27:25+00:00 17 junio, 2016 |
12 minutos de lectura

Hay manos en el fútbol que pasan a la historia. Manos que se han vuelto leyenda, manos que siguen siendo pesadilla. Hace poco Perú eliminó a Brasil con una mano que, con seguridad, será recordada durante un largo rato. Estas manos no llegan gratis, van siempre acompañadas de moralismo, polémica y discusiones acerca de las reglas en el fútbol. En Hablaelbalón, más allá de los juicios de valor nos interesa el fútbol y por eso nos preguntamos: ¿son las manos parte del fútbol?

 

Uruguay y Ghana empataban a un gol. Era el minuto 122, el epílogo del encuentro, y Ghana, tras una falta inexistente, tuvo una oportunidad de pelota quieta. En el área ocurrió de todo: confusión, caos y nervios. Muslera salió mal y quedó descolocado pero en la puerta charrúa quedaban en pie dos guardianes: Fucile y Luis Suárez. El delantero bloqueó con sus piernas un primer remate africano y se encontró en el camino de la pelota tras un segundo remate de cabeza. Al igual que su compañero, como podrán comprobar en los videos, Suárez metió las manos para que la pelota no entrara. Su compañero falló pero él la logró sacar. ‘El Pistolero’ fue expulsado y Ghana tuvo en sus manos la llave a las semifinales. Gyan lo falló. Se fueron a la tanda de penales, y tras una atajada de Muslera y una escandalosa definición de Abreu, Uruguay avanzó a las semifinales del Mundial Sudáfrica 2010.

 

Obviamente las reacciones y las críticas no se hicieron esperar. Juicios de todo tipo tuvieron lugar: inmoral, falta de ética deportiva, héroe, tramposo, etc. Todas reacciones comprensibles pero que hasta cierto punto comprenden el sentido de la acción de Suárez en una dimensión extra-deportiva. ¿Qué pasaría por la cabeza de Suárez en ese momento? ¿Nada? ¿Todo? ¿Rompió las reglas a propósito? Un jugador que conoce tan bien las normas del juego, que las ha incorporado a un nivel tan profundo, que incluso se desenvuelve en la cancha como si fuera su entorno natural, ¿por qué su reacción inmediata no sería la de obedecer las normas y no meter la mano? ¿Por qué su dominio y conocimiento incorporado de la regla se suspendió en ese momento e hizo ‘lo que fuera posible’ para evitar que la pelota entrara? Estas preguntas nos llevan a otros cuestionamientos: ¿el gran jugador es esclavo de las reglas? ¿Se anclan instintivamente en ellas?, o, por el contrario, ¿es el gran jugador quien somete a la normatividad como le venga en gana?

 

La mano de Dios_17_06_2016

La mano más famosa de la historia no necesita presentación. Ilustración: Futbolera

 

Suárez no es el primero y con toda seguridad no será el último en meter una mano para salvar a su equipo. En otros mundiales ya había ocurrido: Mario Alberto Kempes le sacó con la mano un gol a la selección polaca en el mundial del 78. Kempes no fue expulsado y luego Fillol atajó el penal. En el mundial de 1990 la selección charrúa fue víctima del recurso de la mano cuando el español Villarroya sacó un inminente gol. El cobrador de ese penal lo botó por encima del travesaño. La historia había sido la misma para los uruguayos en el mundial del 66 cuando el alemán Schnellinger les atajó una pelota clara de gol. El juez no se percató en esa ocasión de la acción. En el mismo mundial del 90 un viejo conocido por meter las manos, Diego Armando Maradona, bloquearía con su brazo una pelota de gol a la Unión Soviética. La acción de Maradona, como 4 años antes de este evento, gozó de completa impunidad.

¿El gran jugador es esclavo de las reglas? O por el contrario ¿Es el gran jugador quien somete a la normatividad como le venga en gana?

¿Son todos estos jugadores inmorales y tramposos? ¿O acaso es la falta algo que debemos aceptar como propio del juego? Más aún, ¿las medidas que imponen justicia están condenadas ellas mismas a ser ineficaces e insuficientes? ¿Conscientemente quebrarán la norma los jugadores? El que juega sabe que es fácil perderse en el juego, quizás es la razón misma de jugar. En esta “capacidad suya para hacer perder la cabeza, radica su esencia, lo primordial” dice Johan Huizinga en su texto Homo ludens,. No es necesario ser un profesional del fútbol para entender las palabras de Huizinga. Todos hemos tenido la experiencia del juego y sabemos que cuando todos se comprometen con unas reglas, hay una concentración total y se actúa dentro de los límites del reglamento. Todos buscan ganar de acuerdo a ciertos parámetros explícitos y tácitos de acción. Esto ocurre no sólo en el juego sino en muchos otros ámbitos de nuestra vida en los que seguimos una serie de normas que codifican nuestro modo de actuar en determinados contextos: en el bus, en el aula de clase, en la oficina… Así que, por supuesto, el fútbol y los otros juegos, en tanto que fenómenos culturales, pueden explicarse de muchas maneras de acuerdo con ese cuerpo normativo. Pero Huizinga plantea la discusión teórica del juego en unos términos que, además de interesantes, nos brindan algunas luces para entender la dinámica más básica y más propia del juego, sin tener que recurrir a otros principios explicativos (psicológicos, culturales, científicos, etc.). En este sentido, ¿cuál es la relación del juego con la norma y cómo se hace presente ella en la experiencia del jugador?

 

Volvamos a la cita: Huizinga afirma que la esencia del juego radica en la capacidad de hacer perder la cabeza. Creo que esto puede interpretarse por lo menos en dos direcciones distintas, aunque no necesariamente excluyentes. Por un lado, el juego se da cuando no estamos pensando en la norma ni en las reglas. Piénsese por ejemplo cuando hay que poner en ‘pausa’ un juego de mesa para explicarle a los novatos las reglas. Jugamos cuando todos actuamos cuasi-instintivamente. En ese sentido perdemos la cabeza: no estamos pensando en el sentido de nuestras acciones sino que somos pura acción cuyo sentido ha sido determinado de antemano. Ahora, por otra parte, creo que este señalamiento puede entenderse en un sentido que revela la acción de Suárez: la esencia del juego se encuentra, como ya dijimos, en la realización de unas acciones coordinadas con otros que se produce instintivamente, pero que, no obstante, permite el despliegue de un rango de acciones inesperadas y fortuitas.

 

Veamos un ejemplo de este punto para ilustrarlo. Hace poco en un partido del Barcelona contra el Celta de Vigo, Messi cobró un penalti a la manera de un pase para Suárez. La jugada terminó en gol de Suárez. Algunos descalificaron la jugada como humillante o arrogante, pero lo cierto es que la genialidad de la jugada reside en que utiliza un recurso del juego (el penal) para un propósito que no es el suyo ‘propiamente’ (remate directo al arco). Como se ve en este ejemplo, jugar un juego no sólo implica seguir unas normas, sino además inventar y crear dentro de ese espacio codificado. Las genialidades de jugadores como Ronaldinho, Zidane o Riquelme nos sorprenden porque siguiendo las mismas normas que rigen a todos los demás, consiguen hacer acciones que nadie espera ni puede entender. Ahora bien, creo que ‘perder la cabeza’ debe poder entenderse dentro del contexto del juego como la posibilidad de realizar una acción, cualquiera que sea, permitida o no, para triunfar en el juego. Por ejemplo, si en frente se tiene a un gran atajador de penales, ¿por qué no replicar la acción de Messi y Suárez? Si Suárez agarrara el balón con la mano y corriera hasta el otro lado del campo y lo metiera en el arco contrario, nadie contaría esa acción como parte del juego. Así como nadie consideraría válido entrar con un autobús al campo y parquearlo frente a un arco para evitar el gol. La esencia del juego y de las acciones que lo constituyen se encuentra en una posibilidad de actuar por dentro pero también fuera de la norma, lo suficiente como para influir legítimamente en el destino del juego y además a sabiendas de que existe una sanción que castiga ciertas acciones.

 

No hay mejor ejemplo para entender la regla del fuera de límites como este ejemplo de Iniesta. Las reglas estimulan creatividad.

 

 

En ese sentido, ‘perder la cabeza’ como la perdió Suárez en ese momento no constituye una suspensión del orden del juego sino su más clara consolidación y reafirmación. La acción de Suárez se inscribe en un espacio gris y de indiferenciación entre la norma y las acciones que no tendrían sentido dentro del contexto del juego. Se encuentra fuera de lo permitido, pero no lo suficiente como para no tener una incidencia real dentro del juego. Constituye una acción excluida en virtud de la inclusión propia que produce todo orden normativo. La norma misma produce este espacio de indiferenciación en el cual acciones inesperadas pueden producirse. ‘Perder la cabeza’ puede ser interpretado, por lo tanto, no como ser dominado por la norma, sino la dominación y el sometimiento de ella a través de nuevas acciones que el orden normativo no espera y no quiere que sucedan. ‘Perder la cabeza’ es también la excepcionalidad y la genialidad. Es un desafío a la autoridad que busca regular las acciones de juego dentro de un orden de ‘lo normal’. Cuando Suárez mete la mano, el árbitro sólo tiene una opción: expulsarlo y darle el penal a Ghana. Pero no puede hacer más. Algunos deseaban que fuera posible otorgar automáticamente el gol a Ghana. Pero eso no es posible. Y Suárez lo sabía: hizo, instintivamente, lo que era preciso para que su selección tuviera una esperanza más para no perder el partido.

 

Un ejemplo de esta problemática suscitada por la acción excepcional de Suárez se encuentra es uno de los muchos artículos publicados en los días que siguieron a ese partido. Se trata de un artículo publicado por The Guardian (http://www.theguardian.com/football/blog/2010/jul/05/suarez-world-cup-handball-penalty) en el que abordan preguntas concernientes a la relación entre el ‘crimen’ y la ‘sanción’. John Ashdown, el autor de ese artículo, plantea una serie de preguntas relevantes en torno a cómo clasificar la infracción como método previo al diseño de una sanción: “Si un disparo aparentemente destinado a gol golpea una mano a 6 yardas del arco, ¿debería resultar en penalti? ¿No? ¿Entonces qué tan cerca de la línea debería una mano producirse? ¿Qué pasa si hay un jugador detrás del culpable quien podría, con un esfuerzo extraordinario, hacer un bloqueo legal? ¿Qué pasa si el jugador culpable tiene la mano en frente de su rostro? ¿Qué pasa si la pelota podría estar dirigiéndose hacia la parte interior del poste?”. Finalmente el autor reconoce que las injusticias son inherentes al deporte y que la cuestión es cómo debemos asumirlas o confrontarlas. Lo cierto es que la excesiva codificación de normas y prohibiciones en los reglamentos no impide que en un momento dado la acción infractora pueda producirse. Por el contrario, estas acciones son las que obligan al cuerpo normativo modificarse continuamente y buscar diversas soluciones.

 

En esto consiste la lógica de la excepción: Solemos creer que dentro de un campo de juego sólo es posible lo que está permitido. Pero lo cierto es que lo no-permitido también es posible. Incluso lo prohibido es posible por el acto de prohibición: la prohibición y la sanción buscan disuadir acciones que aunque ilegales son completamente posibles. Es un evento posible para el cual hay una condena equivalente: normalmente sabemos qué es lo que tenemos que hacer y nos movemos dentro de esos límites. Pero sólo quien verdaderamente conoce la norma sabe que lo prohibido también es posible: Suárez lo sabe. Conoce el precio que hay que pagar: roja, penalti y quizás una sanción más larga. En cuestión de segundos eso es claro para él pero vale la pena con tal de rescatar la posibilidad de ver su selección en semis.

Pero sólo quien verdaderamente conoce la norma sabe que lo prohibido también es posible: Suárez lo sabe.

Creo que en cierto sentido la acción de Suárez puede interpretarse como simplemente humana: lo humano no se restringe a lo permitido por la ley. Es un abanico de posibilidades más grande cuyas consecuencias por lo general serán reprobadas. Tal vez el genio es el que es capaz de romper la ley, el que puede ir más allá de ella, para develar que lo que es posible en el juego no está determinado por la norma, sino por la imaginación y la inventiva humana. Más aún, ¿consiste lo propiamente humano, develado en el juego y en el fútbol, en la transgresión de la norma?, ¿es un simultáneo estar dentro y fuera de la ley, lo más grandioso, lo revolucionario, lo inesperado? ¿es el genio futbolístico un híbrido entre lo meramente humano –entendido esto como lo pre-establecido por la norma- y lo inhumano: lo divino o lo demoniaco, que se encuentran más allá del dominio normativo de los hombres? ¿Es la norma un intento siempre inacabado por dominar lo extra-normativo? ¿Es lo humano un intento siempre inacabado por dominar aquello que lo excede y lo supera? Tal vez algo de esto sea posible de pensar cuando unos, por un lado, incluyendo al propio Suárez, decían que su acción era divina (“ahora la mano de Dios es mía” decía) y otros, por el otro, decían que había sido la mano del diablo. Esta reflexión, en todo caso, tendremos que dejarla para otra ocasión.

 

Foto:

NBCDeportes

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