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Bosman, el rebelde

2018-07-17T10:58:02+00:00 10 junio, 2016 |

Psicólogo en desuso, editor aficionado y futbolista recontra frustrado.

8 minutos de lectura

Esta es la historia de un anónimo, de un mártir, que sin saberlo y luchando por su propia supervivencia, partió en dos la historia del fútbol. Este es Jean Marc Bosman…

 

Era diciembre del 2011 y Jean Marc Bosman era condenado por agredir físicamente a su novia y a su hija. Esa noche, antes de que la violencia se apoderará de él, Bosman se servía el último trago que quedaba en la botella. Con la sed insaciable de un alcohólico, tomaba uno tras otro. Y otro. Hasta el fin, hasta el  delirio y la violencia. Hasta arremeter, desesperado porque se negaban a darle más alcohol, contra sus seres más queridos…

 

Es difícil entender cómo terminó así, pues 29 años antes de este incidente, Jean Marc Bosman firmaba su primer contrato como profesional. Bosman no era prodigio, no, más bien era un volante rústico, corpulento y pesado, de los que compensan con fuerza el talento que les falta. Aún así, el Standard de Lieja, uno de los equipos más importantes del fútbol belga puso sus ojos en él.

 

Jugó seis años en el Standard, hasta 1988, para después pasar a un equipo más chico, el RFC de Lieja. Allí firmó un contrato por dos años en el que se le garantizaba un sueldo mensual de 120.000 francos belgas.

 

Una vez concluido el contrato, el club le cambió las reglas de juego. Sobre la mesa le pusieron un nuevo contrato con un sueldo mensual de 30.000 francos, el mínimo establecido por la Asociación Belga para la época. Ante la negativa del jugador a firmar el nuevo contrato, lo declararon transferible. Sin embargo, para poder contar con Bosman el club interesado debía pagar una indemnización de 11.473.000 francos al RFC, a pesar de que la relación contractual ya había terminado. La cifra era insensata e inalcanzable para cualquier club que pudiera llegar a interesarse en Bosman.

 

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Su carrera como futbolista no era la más prometedora, pero tampoco auguraba la miseria en la que terminó. Foto: The Telegraph

 

Entonces, el jugador consiguió por sus medios un club dispuesto a pagar un dinero considerable. El Dunkerque de la segunda división de Francia propuso un negocio en el que el belga se iba a préstamo por un año. Se acordó una indemnización de 1.200.000 de francos y una opción de compra estipulada en 4.800.000.

 

Por su parte, el jugador había pactado un salario mensual de 100.000 francos, más una prima de contratación de 900.000. A pesar de no ser un gran paso en su carrera futbolística, era la única salida que tenía. El oferente francés se mostraba como el único camino para continuar siendo futbolista.

 

La temporada empezó, caducó el periodo de transferencias y los franceses acusaron no recibir el certificado internacional de transferencia requerido para contar con Bosman en sus filas. Ambos contratos entraron en desuso y Bosman pasó a estar en un laberinto. Sin trabajo y sin escape.

 

El RFC, indiferente al devenir del jugador, fue intransigente con su rebeldía (la de no firmar un contrato en el que le ofrecían la cuarta parte de lo pactado) y optó por suspenderlo toda la temporada. Preguntado por la BBC, Bosman diría luego estar captivo por el club: “Cuando yo era jugador, los clubes vendían caballos, mulas, cerdos y corderos, pero no humanos”.

 

No sabía el club que Bosman, lejos de ser un cordero encerrado en un corral, iba a despacharse contra todos. Un mes después de su suspensión (08.08.90) citó a su equipo, a la UEFA y a la FIFA en un tribunal de primera instancia de Lieja.

 

Lo primero que exigió fue que, mientras otro club le volvía a contratar, el club belga –su  captor– debía pagarle un salario de 100.000 francos. El jugador, que ahora jugaba con la toga puesta, argumentó que esa era una cifra intermedia entre el salario de su contrato inicial y el último ofrecido por el club.

 

Lo segundo que exigió fue que el RFC no pudiera pedir dinero por su traspaso, ni truncar, de ninguna manera, que volviera a ser contratado. No fue una petición menor, pues al pedir esto Bosman se despachó contra la tradición jurídica de la UEFA, en la que se estipulaba que los clubes, aún cuando concluían el contrato con un jugador, podían pedir –en forma de indemnización– dinero por su traspaso… Al rebelde no le sonaba muy sensato que los derechos de los clubes sobre los jugadores no terminaran cuando el contrato llegaba a su fin.

 

Y lo tercero, quizá lo más ambicioso, fue que Bosman exigió que los jugadores nacidos en la Unión Europea no ocuparan un cupo de extranjero cuando jugaban en algún otro país europeo. Bosman, quizás sin saberlo, estaba dando el primer paso para la globalización absoluta del fútbol.

 

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La Ley Bosman permitió el ingreso masivo de jugadores internacionales a las ligas europeas. Foto: Marca

 

 

La demanda llegó a buen puerto para el jugador y la corte ordenó a la Asociación de Fútbol Belga abonarle mensualmente los 100.000 francos que pedía. Además, le dio luz verde para buscar un nuevo club sin necesidad de que el RFC recibiera dinero a manera de indemnización.

 

A paso seguido, el Saint Quentin de la tercera división francesa alzó la mano por él: el desenlace hacía pensar que Bosman debió haber estudiado derecho, que su historia iba a tener un final feliz.

 

Pero el fútbol, que muchas veces es más caprichoso que la vida, le tenía preparado un devenir turbulento, con más oscuridad que brillo. Tras sólo seis meses, el Saint Quentin entró en bancarrota. El belga volvía a su laberinto, esta vez fuera de casa.

 

Ahora, sin club, Bosman tuvo que mirar de frente las consecuencias de haberse sublevado contra el sistema. La UEFA y la FIFA, como las grandes corporaciones que son, apelaron el juicio. El jugador, solitario y desempleado, debía volver a cambiarse los guayos por la toga, todo mientras las puertas de los clubes se le cerraban una tras otra. Ningún equipo quería un insurrecto entre sus filas.

 

Con las uñas logró jugar en la tercera división belga, con el Olímpico Charleroi, y al año siguiente siguió descendiendo hasta parar en la cuarta división, vistiendo los colores del Vise. Bosman lo tenía claro: no volvería a jugar en un club de primera. Haber pateado la lonchera, renegado de la sumisión, le estaba pasando factura. Su carrera como futbolista había terminado.

 

Lo que parecía no tener fin era la puja entre Bosman y la UEFA y la FIFA. Puja eterna que, según cuenta la historia, exacerbó en él su carácter violento y su alcoholismo. Al final, un Bosman desgastado ganó el juicio.

 

Ni siquiera los 700.000 francos de indemnización que le otorgó el tribunal de justicia europea de Luxemburgo en 1995 (nueve años después del inicio del juicio) revitalizó la figura de hombre triste, borracho y en bancarrota. Aunque su miseria es explicada por muchos como consecuencia de su alcoholismo, nadie podrá negar que sus ojos tristes y su aspecto demacrado son síntomas de lo que pasa cuando un individuo se enfrenta contra el sistema. Tal vez era el precio que se debía pagar para que el fútbol protegiera un poco a sus trabajadores.

 

Porque hoy, gracias a este hombre de mirada agria, ya los clubes no pueden cobrar dinero por jugadores con los que no tienen vínculo contractual, los jugadores pueden negociar con otro club cuando están a seis meses de terminar el contrato y el cupo de extranjeros para jugadores nacidos en la Unión Europea desapareció. Esta última, aunque parece menor, fue una decisión revolucionara, que cambio el fútbol.

 

 

Gracias a este anónimo, hoy, los futbolistas no sólo gozan de mayor libertad y dignidad en la negociación de sus traspasos. Es también gracias a él que el fútbol se hizo un deporte global, un juego sin fronteras. Mucho tiene que ver Bosman en la migración masiva de suramericanos a las mejores ligas europeas. Sin Bosman, juntar a Cristiano con Benzema, Bale, Modric y Kroos sería imposible.

 

Dicen que hoy no tiene con que pagar la televisión por cable y que por eso no puede ser testigo directo del impacto que tuvo su lucha. Que sigue siendo un borracho. Y que para ganarse la vida, paradójicamente, trabaja en la FIFpro, la asociación que busca proteger los intereses y mejorar las condiciones laborales de los futbolistas. La misma que fue sorda y cobarde mientras él atravesaba su viacrucis.

 

Lo cierto es que Jean Marc Bosman encarna, quizá como nadie en la historia del fútbol, al mártir. Y que miles de jugadores alrededor del globo, que ni siquiera le conocen, le deben mucho. Porque más allá de los arreglos puntuales a los que llegó, más allá de la Ley Bosman, su rebeldía tuvo un mejor efecto: señalar el camino para buscar justicia en el fútbol y visibilizar los atropellos que esconde. El fútbol, como ya lo sabrás, querido Bosman, también es canalla.

 

Foto:

Panenka

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