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Nadando en la marea roja

2018-07-17T10:58:12+00:00 20 junio, 2016 |

Psicólogo en desuso, editor aficionado y futbolista recontra frustrado.

11 minutos de lectura

Chile organizó la Copa América 2015 bajo un denso contexto político. Mientras la pelota rodaba, tras bambalinas se llevaron a cabo protestas nacionales e investigaciones internacionales a los altos mandos del fútbol organizado. Nicolás Vidal, el editor de la Revista De Cabeza, cuenta a los lectores de Hablaelbalón cómo vivió el partido Chile vs México en medio de todo.

 

El frío suele concentrarse, en mi caso, en los pies y en la cabeza. Tengo todo cubierto; estoy preparado. Camino por Manuel Montt hacia el sur. Hago un alto en la esquina con Santa Isabel para comprar empanadas. Una de pino y otra de queso. Aprovecho para tomar agua en una fuente de la calle, por si se les ocurre cobrar por la del baño. Mientras termino la de queso, pasan dos jóvenes con camisetas rojas y una pancarta que dice: “Aguante profesores y estudiantes”.

 

Me hacen recordar las pelotas de distintos colores por la Alameda. Tránsito interrumpido por unos minutos, consignas por la educación al tenor de una pichanga que se juega a lo ancho de la avenida. Contrastan con el verde que avanza para dar por terminado el partido. Si hubieran tenido a Marco Estrada, habría sido distinto. Lo imagino, gordo y todo, tomando un vuelo de cinco pasos para sacar un torpedo con su zurda, que seguramente habría terminado con uno de los del equipo verde tirado en el suelo. Pero en vez de eso llueven pelotazos de aficionados que sólo rebotan en los cascos que no dejan de avanzar.

 

La idea es notable; protestar con la pelota. La verdad es que están todos cabreados, con ganas de agarrar a pelotazos a todo lo que parezca autoridad. Cualquier noticia nueva siempre tiene ribetes de escándalo. Las antiguas víctimas de la dictadura haciendo fila para pedirle plata al yerno de Pinochet. “Y después dicen que no ganó Jaime Guzmán”, afirmaba un estudiante. El ‘que se vayan todos, que no quede ni uno solo‘, se multiplica por las calles de un Chile que le abre la puerta al continente. Les mostramos los estadios arreglados, el Metro, las autopistas, los grandes edificios forrados con espejos, pero al mismo tiempo se multiplican las voces que les repiten que el sistema ya no da para más, que todos los políticos son corruptos, que ya casi no quedan tipos sencillos, decentes. Y los argentinos, brasileños, mexicanos, colombianos se encogen de hombros diciendo “en todas partes son la misma mierda”. Sí, pero nos creíamos distintos. Tal vez la solución pasa por una confesión sistémica, generalizada, por decir nos equivocamos todos, estamos dispuestos a asumir las consecuencias y si es necesario que nos vayamos y vengan otros, pues que vengan, pero esto hay que arreglarlo de una vez. Pero prefieren tapar el sol con un dedo mientras las alfombras se siguen sacudiendo.

 

Nadando en la marea roja3_20_06_2016

En el 2015, hubo una movilización estudiantil en protesta a la reforma educativa de Bachelet. Foto: RadioMacondo

 

Sigo caminando hacia el Estadio Nacional, un trayecto repetido tantas veces, pero con otra camiseta. Saco la cuenta y hace más de diez años que no voy a ver a la selección chilena. Usualmente voy a la Tribuna Andes con mi tarjeta de abonado, donde puedo hacer todo el trámite con los ojos cerrados. Pero ahora todo depende de un miserable papelito impreso que me costó una fortuna. Entramos rápido, y el estadio ya está casi lleno. Se ve distinto, debo admitirlo, todo de rojo. Se ve distinto, debo admitirlo, el estadio con su capacidad completa. Me había acostumbrado a esa herida, a esa cicatriz horrible que queda cuando cierran la mitad de la galería norte para expropiarnos ese maravilloso espectáculo que es un estadio lleno.

 

Mucho se ha hablado sobre el apoyo de la hinchada. Pero lo cierto es que todos cantan a mi alrededor. El ‘vamos chilenos‘. Lo raro es que siento un poco de pudor antes de empezar a cantar. Me cuesta explicarlo, la verdad. Pero después me dejo llevar y ya soy uno más. Me siento para tomar unas notas. Y ahora ‘el que no salta es un mexicano maricón’. El problema es que me caen muy bien los mexicanos. Opto por un intermedio: me paro, pero no salto.

 

Está todo invadido por un banco. Endéudate, hincha; consume, hincha; paga, hincha. No tengo claro si el que juega de rojo es el banco o la selección chilena. Debajito de la marquesina, adornada muy coqueta, aparecen los benefactores: Banco Santander, CorpBanca y MasterCard. ¿Alguna duda sobre el mensaje? ¡Endéudate, hincha! Si quieres tener status, compra una entrada, y compra una de las más caras para que puedas mostrársela a tus amigos y presumir de lo bien que te trata la vida. No importa que no sepas de fútbol, no importa que nunca hayas pisado un estadio. Sólo paga. Debo reconocerlo, no soy muy amigo de los bancos.

Fue el destino el que quiso que nos tocara organizar esta Copa América en el momento exacto en que estas dos vertientes de descontento alcanzan sus puntos cúlmines.

Allá en la marquesina, toda pintada de rojo, hay varios asientos vacíos. Y me acuerdo que los organizadores de esta Copa América deben estar viéndola por televisión, en una cárcel suiza. Ni siquiera, porque si es una cárcel de verdad, a esta hora (1:30 de la mañana) debieran estar todos guardaditos en sus celdas. Todos los que ven esta Copa América por televisión en el extranjero lo hacen como consecuencia de las coimas por 110 millones de dólares que se habrían repartido entre todos los dirigentes sudamericanos. Recuerdo el sorteo de la Copa América, en Viña del Mar, en noviembre del año pasado, cuando la Presidenta tenía un enorme respaldo y encabezaba, sonriente, la ceremonia. Compartía la primera fila con seis altos miembros de la Conmebol y la FIFA que ahora duermen en sus celditas en Suiza. En sólo siete meses, un huracán arrasó con todos, incluyendo a la propia Michelle Bachelet. Ojo, no pretendo, de ninguna manera, mezclar a Bachelet con ese grupo de sátrapas que espera un juicio que hace años se veía venir. Hablo del cuestionamiento generalizado a todas las clases dirigentes, tanto en Chile como en el extranjero. Fue el destino el que quiso que nos tocara organizar esta Copa América en el momento exacto en que estas dos vertientes de descontento alcanzan sus puntos cúlmines.

 

Pero los equipos ya están en la cancha y esa maravillosa función hipnótica de la pelota ha comenzado a surtir efecto. El entusiasmo no decae. La gente canta. La gente salta. La gente vive solo para el triunfo. Casi parecen hinchas. Hasta que veo a lo lejos al pobre Miiko tratando de hacer una contorsión imposible dentro de nuestra área. Me doy cuenta que termina en el suelo y adivino –por la distancia– que ha caído el primero. Y recién ahora los veo, a los mexicanos, repartidos entre la multitud roja como pequeños puñados verdes. Eso sí que me sorprende. Son varios centenares, todos civilizadamente mezclados con los chilenos. Hermoso.

 

Foto: Emol

En una noche histórica, más de un millón de santiagueños salieron a celebrar el título de Chile. Foto: Emol

 

Arturo –antes de golpear y amenazar al carabinero que se lo llevaría esposado– intuye que el centro de Aránguiz irá al corazón del área. Por eso corre antes, por eso avanza primero hacia atrás y después hacia el lado; por eso prefiere el camino largo que despista al defensa. Lo grité mucho más de lo que imaginaba.

 

Mi capacidad de observación del entorno se ve destruida por el libreto endemoniado del partido. En la media hora, Jiménez se sube a una escalera y deja a todos enchufados al piso. El estadio queda ensimismado. Bravo pide ánimo, pero esta hinchada que nunca gana no está hecha para las malas.

 

Lo que viene después, la picardía para meterse justo al medio de los dos centrales, el salto hermoso, el gesto perfecto, esa sincronía de pies abiertos, el cuerpo suspendido en el aire, ese golpe justo al rincón más lejano del arquero que la queda mirando, impotente, mientras la pelota se cuela junto al poste. Demoro una milésima de segundo hasta confirmar que el autor de esa maravilla se llama Eduardo Vargas. Lo siento, se me sale el azul que llevo adentro y lo grito como un poseso. Automáticamente, la euforia vuelve tan rápido como se había ido.

 

Muchos de los que reclamaban airados por los exorbitantes precios de la comida vuelven sonrientes con una pequeña hamburguesa de siete mil pesos en la mano. Habiendo empatado a pocos minutos del entretiempo, el bolsillo afloja los billetes con más facilidad. Me felicito por las empanadas. El debate predominante parece ser si Sampaoli sacará a Valdivia de una vez o no. La mayoría dice que sí, pero el entrenador dice que no, y el Mago es uno de los primeros en asomarse por el túnel cuando volvemos a la cancha.

 

Chile toca y juega mucho mejor. Después de una prolija construcción, la pelota le queda a Vargas que le pega débil a la entrada del área. Pasan pocos minutos y lo que sucede en el otro arco aparece filtrado por la nebulosa de la distancia que nos separa. Cae un rojo, dicen que es Vidal, y el árbitro cobra. Penal y adentro. Ahora sí, los clientes ya somos hinchas y todos gritamos ‘vamos chilenos que tenemos que ganar‘. El estadio pasa a ser una horda de orcos hambrientos y amenazantes gritando a todo pulmón que viva Chile. Hay que reconocer que pocas cosas se escuchan mejor que el canto de un estadio lleno.

 

chile vs mexico 2015_20_06_2016

El partido culminó 3 – 3; un deleite para los futboleros. Foto: Perú

 

Pero el jolgorio no duró más de diez minutos. Un pase largo, una salida algo apresurada, y todo se llena de gestos sombríos. El equipo se va adelante, el estadio apoya cada vez más nervioso porque el triunfo que parecía evidente ya se escurre como la arena blanca entre los dedos en una playa mexicana. Sí, es verdad, el árbitro es un ladrón que se pone una máscara de Ponce Lerou, saca la pistola y nos la pone en la cabeza para anular dos goles legítimos.

Tan entusiasmado estoy comentando el cabezazo de Vargas, los goles anulados, la salida de Bravo, que dejo de pensar en la FIFA, en la crisis política, o en los bancos que se creen dueños de la pelota.

Termina todo y son varios los que abandonan el estadio cabizbajos. Chile ha desperdiciado una excelente oportunidad para prácticamente asegurar el primer lugar del grupo. Y ese primer lugar es esencial para que la gran mayoría de esas 45 mil personas pueda aprovechar ese abono que les ha costado tan caro. Si Chile pasa segundo, juega en Concepción y todo lo invertido terminará siendo desperdiciado en un partido sin la Roja. Pero yo salgo eufórico, casi en éxtasis. Me siento afortunado. Por más que no hayamos podido ganar, tuve la suerte de ver un partidazo inolvidable.

 

Tan entusiasmado estoy comentando el cabezazo de Vargas, los goles anulados, la salida de Bravo, que dejo de pensar en la FIFA, en la crisis política, o en los bancos que se creen dueños de la pelota. Sólo un partidazo de fútbol es capaz de producir emociones como las que sentí en esta noche. Y esa es una señal de esperanza. Esa “recuperación semanal de la infancia”, como la llama Javier Marías, es lo único que debiera importar. La forma en que la corruptela de la FIFA ha manejado el fútbol mundial lleva a absurdos como que México traiga un equipo sin figuras a este pequeño mundial como es la Copa América, sólo para jugar con el plantel completo un campeonato de mierda como es la Copa de Oro. Todo por el dinero, por los patrocinadores. Y por un momento, tal vez drogado por el buen fútbol, pienso que toda esta crisis, este sistema que se está cayendo a pedazos, termine abriendo paso a una pequeña evolución, a un fútbol más humano, menos mercantilizado. Me acuerdo cómo las marchas del 2011 lograron abrirnos los ojos y darnos cuenta de lo injusto que puede ser Chile. Las multitudes son capaces de mover procesos políticos. Y si hay algo que mueve gente, es el fútbol. Sólo falta que esas multitudes se den cuenta del poder que tienen y digan basta.

 

Nicolás Vidal es el Editor General de la Revista De Cabeza.

 

Foto: 

AztecaDeportes

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