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Derrotas insospechadas

2018-07-17T10:58:15+00:00 27 junio, 2016 |
6 minutos de lectura

Las derrotas son amargas pero son las mejores profesoras de la vida. El tiempo le ha enseñado a Alberto Zelaya, nuestro colaborador argentino, que cada derrota trae consigo una lección. Así, quiso compartirnos sus dos derrotas. Esas dos que recuerda como momentos inevitables pero fundamentales en su vida: su primera derrota viendo a Boca en el estadio y el 0-5 de Argentina vs. Colombia.

 

La derrota tiene una dignidad de la que carece la victoria.

– J.L.Borges

 

He vivido gran parte de mi vida y como es inevitable con el correr de los años, este viaje ha sido abundante en derrotas. He sido descalabrado tantas veces que ya no me acuerdo de cada una de mis decepciones. Tampoco me regocijo ni me jacto de ellas porque son parte de la vida misma. Sin embargo ya que estamos hablando de fútbol quiero hablar de las dos que más recuerdo y que sufrieron mis equipos favoritos. La primera es muy lejana, cuando fui a la cancha para ver por primera vez a Boca Juniors. La segunda, en cambio, sucedió mucho más tarde, dos años después de radicarme en Colombia como funcionario diplomático, después de casarme con Mona, mi esposa colombiana, y de ser padre de mi hija María Inés. Fue aquí que presencié la primera y creo que única goleada que sufrió Argentina jugando como local. Dos derrotas distintas, pero ambas dolorosas cada cual por su razón.

 

En aquel entonces estaba a punto de cumplir mis nueve años. El año 55 había sido bastante complicado en el país debido al golpe militar que derrocó al general Perón. Aunque no quisiéramos hablar de política todos, aún los niños, vivíamos una época de grandes cambios. Algunos lo hicieron con euforia, otros en cambio se sumergían en la desesperanza.

 

Boca Juniors 1955_27_06_2016

17 de agosto de 1955. De pie (izq. a der.): Francisco Lombardo, Eliseo Mouriño, Juan Carlos Colman, Julio Elías Mussimesi, Federico Edwards y Natalio Pescia. Sentados: C. Navarro, I. F. Rosello, José Borello, Juan José Pizzuti, Ernesto Cuchiaroni. Foto: La Nación

 

Mi padre había conseguido a través de no sé quién unas entradas de cortesía que nos permitían entrar a la platea de periodistas de la cancha de Tigre. Estábamos tan cerca del campo de juego que podíamos oír lo que los jugadores se decían y cuando la pelota circulaba en el medio campo era como si la tuviésemos al alcance de la mano. Pero aquella tarde del 5 de diciembre fui a la cancha con un espíritu distinto, jugaba Boca “el cuadrito de mi amor” como visitante.

 

Era mi oportunidad de ver por primera vez a mi equipo cara a cara, como intuía sería muy distinto que oírlo por Radio El Mundo a través de la voz de Fioravanti. Allí estarían Musimessi, Colman y Edwards, Lombardo, Mauriño y el pelado Pescia. Papá se detuvo para comprarme un banderín de Boca que después colgaría en mi cuarto. Yo estaba radiante, era un día soleado y el cielo de Buenos Aires no tenía una sola nube.

 

No sabía yo, no tenía por qué saberlo, que en los vestuarios se estaban poniendo la camiseta azul y roja de Tigre cinco delanteros gloriosos del rival: De Bourgoing, Méndez, Cesáreo, Aguilar y Nicolás Gómez, uno de los mejores ataques que tuvo en toda su historia el equipo de Victoria. En el arco del rival además estaba el León de Wembley, Miguel Ángel Rugilo, aclamado por el público inglés por sus increíbles atajadas en el mítico estadio londinense en 1952.

 

En diciembre del año anterior yo había festejado mi primer campeonato boquense y di a fines de 1954 una simbólica vuelta manzana olímpica con mi setter irlandés vestido con la camiseta de Boca. Estaba lejos de imaginar que un equipo de barrio formado por veteranos en su última etapa futbolística fuera a ganar y nada menos que 3 a 0. Porque aquella tarde inolvidable para mí en la que lloré a moco tendido la derrota, Tigre obtuvo su máxima goleada histórica.

 

Después del tercer gol no pude soportar más y tiré de la manga de la chaqueta de mi viejo para volver a casa. Aquella tarde aprendería varias cosas que no hay victoria anticipada, que los veteranos sacan a relucir sus luces en los momentos menos pensados y sobre todo entendería aquel estribillo de nuestra gloriosa hinchada. “Ganamos, perdemos a Boca lo queremos” Yo siguiendo ese lema de la hinchada más popular en Argentina seguí queriendo a Boquita a pesar de aquella catastrófica derrota y ya han pasado más de sesenta años, pero de aquel partido no me olvidaré mientras viva, porque significa la derrota insospechada, la que está agazapada ante nuestros ojos y no sabemos o no queremos ver.

Todo el mundo se puso de pie y aplaudió a los colombianos. Un mudo homenaje al fútbol bien jugado.

Muchos más tarde, a los casi tres años de haber llegado a Bogotá, Argentina y Colombia jugaban por un puesto para el Mundial de Estados Unidos. En Barranquilla el 15 de agosto de 1993 Colombia nos había derrotado por un exiguo 2-1 atribuible, creía yo, más al calor Caribe que a los méritos del once colombiano. En Buenos Aires, tomaríamos venganza de esa, para mí, inexplicable derrota. De modo que montamos en casa el escenario colgamos por todo el apartamento globos celestes y blancos. Enseñé a mi hija María Inés un estribillo que decía “Argentina, Argentina, gol de Batistuta.” Y que ella con apenas dos años repetía “Atina, Atina, Gol de tuta.” Invitamos a la familia de Mona. Ellos hincharían por Colombia, nosotros por Argentina. Inexplicablemente Argentina se perdió dos o tres goles cantados. Pero bajo la batuta de un Pibe Valderrama inspirado se fueron sucediendo los goles colombianos, inexplicable, inadmisible pero era lo que estaba pasando delante de mis ojos todavía incrédulos. Mi tribu, la que no elegí, la que me dieron al momento de nacer, la que llevé en mi corazón durante largos años, estaba perdiendo irreparablemente en nuestro mismísimo territorio. No hay derrota más grande. No lloré pero me quedé callado el resto del partido, ansiando que de una buena vez se acabara todo. Al terminar el partido, en el Monumental de Núñez, todo el mundo se puso de pie y aplaudió a los colombianos. Un mudo homenaje al fútbol bien jugado.

El grafico 0-5_27_06_2016

 

Ese día aprendí que la historia se escribe todos los días. Entonces, decidí esperar. Esperaría a que llegaran tiempos mejores, que empezara a jugar alguien distinto, sin saber que surgiría de la Masía del Barcelona otro mago del fútbol. Un tal Lionel Messi, no sé si habrán oído hablar de él.

 

Foto: 

Goal

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