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Cavernícolas

2018-07-17T11:02:38+00:00 13 junio, 2017 |

Soy malísimo para los nombres propios y tengo muy mala memoria. Además del fútbol, mi deporte favorito es exagerar y equivocarme en las predicciones.

7 minutos de lectura

Este cuento hace parte de “La no historia del fútbol”, el primer libro de cuentos de fútbol que Daniel Canal estará publicando en Hablaelbalón.

 

Como hacían los cavernícolas desde la prehistoria, contando relatos alrededor del fuego para protegerse de las fieras y el frío, los desterrados en los campos de concentración siberianos se reunían junto a los escasos calentadores de carbón en las barracas. Hablar entre ellos, hablar de sus vidas que en la tundra parecían lejanas e imposibles, les devolvía algo de humanidad.

 

En el campo había espías, terroristas, subversivos y asesinos; e injustamente acusados de espionaje, terrorismo, subversión y asesinato. Sin importar si eran culpables o no, todos debían soportar el invierno de menos cuarenta grados que cristalizaba la sangre entre las venas, los trabajos forzosos e inútiles y el olor penetrante de las coles podridas. Su dieta consistía en una sopa de coles hervidas y pan duro que no duraban ni diez minutos en el cuerpo. Y por las noches, después de las coles, se reunían a contar historias alrededor de las brasas. Muchos, al ser desconocidos en la cárcel, inventaban pasados fantásticos. Con el cansancio de jornadas interminables picando piedra era difícil diferenciar la realidad de la ficción.

 

¿Quiere saber de comunismo ruso y fútbol?: Spartak de Moscú: una viñeta al comunismo ruso. 

 

Lo único cierto era la inclemencia de las coles con el estómago. Todas las noches se contaban historias, y si los comandantes llamaban a alguien por su nombre estaba muerto. Cada pared, cada rincón, cada pedazo ínfimo de ladrillo era un paredón de fusilamiento en potencia.

 

Entre todos los presos del campo había uno que destacaba por ser un gran orador, con un pasado magnífico de ser cierto, y de ser falso, pretencioso y poco verosímil. Cada noche los presos le pedían a Nikolai Starostin que contara una historia de sus épocas de futbolista, y él, como los cavernícolas después de la caza, accedía:

 

—Cuando gané la copa y la liga de 1938 —empezó a hablar Nikolai. Muchos presos todavía no se habían terminado su potaje y pararon de comer para oírlo— la gente daba como favorito al Dynamo de Moscú. El Spartak no estaba en las apuestas de nadie…

 

—No —lo interrumpió un hombre que había bajado mucho de peso, condenado al exilio siberiano por sospecha de conspiración y traición a la patria. El siguiente invierno moriría de agotamiento en una cantera—. Ya nos sabemos la historia del treinta y ocho y la del treinta y nueve, cuente algo nuevo.

 

—Bueno —dijo Nikolai, y miró su plato vacío. Se había comido hasta las babosas hojas de col medio disueltas en los bordes de la taza. Le dolía la barriga—. El primer partido que jugué con el Spartak fue pocos días después de fundarlo…

 

—No, esa también la contó —dijo otro hombre. No era ruso pero lo hablaba muy bien y en tres días sería fusilado por robarse una ración de pan de la cocina—. Ya nos sabemos de arriba abajo la historia del Spartak de Moscú.

 

—¿Entonces qué quieren, que les cuente cómo los entreno a ustedes?

 

—Nosotros sabemos aquí quién es bueno y quién es malo —dijo el mejor jugador de los presos. Tenía muy buen tacto con el pie y en dos meses sería ejecutado bajo sospecha de haber robado media ración de pan de la cocina—.

 

—Sí, ya sabemos —continuó un flaco, casi esquelético, que todos pensaban moriría de primero pero sería el único sobreviviente de los hombres que hablaron esa noche—. Cuéntenos, si le parece, Nikolai, por qué terminó acá, siendo tan bueno en lo que hacía. Yo era un albañil, pero usted era un futbolista.

     

Otra historia de fútbol y guerra: La cara del enemigo. 

 

Nikoali miró la mesa y no supo cómo responder. Le gustaba hablar de sus hazañas, de cuando le anotó cuatro goles al Dynamo de Moscú, de las copas que levantó, los días felices. Esos eran buenos recuerdos, lo mantenían fuerte, o mejor, lo ayudaban a no desmoronarse. Pero hablar del encierro le dolía. Desde el momento en que vio a los dos agentes de la policía secreta en su puerta supo que su vida había terminado y empezaba una cuenta regresiva para terminar en una fosa común. Ser arrestado y salir ileso era como morir, ir al décimo infierno para conocerlo, y después revivir como si nada.

 

—Yo estoy acá, precisamente, por ser muy bueno en lo que hacía —dijo Nikolai y golpeó los puños contra la mesa. No saltó ni una miga de pan, los presos sorbían hasta la madera—.

 

Lo suyo había sido un problema de envidias y egos, y en el régimen soviético una enemistad con la persona equivocada significaba intimidación, torturas, más torturas, deportación a los campos siberianos y eventualmente la muerte, que al final se volvía un aliciente. Ni siquiera el hijo de Stalin, fanático del Spartak y admirador suyo, pudo salvarlo del exilio en las estepas.

 

—¿Entonces todos estamos acá por error, Nikolai? ¿A eso se refiere, o me equivoco? —dijo un hombre que no había hablado, con ojos pequeños de asesino. A él lo habían exiliado por terrorismo y era cierto, pertenecía a una guerrilla que pretendía derrocar a Stalin. En cinco semanas sería declarado culpable en juicio y fusilado contra la pared de su barraca a la vista de todos sus compañeros—.

 

—Niño, ¿tú sabes quién es Lavrenti Beria? –le preguntó Nikolai al más joven de los presos. No tenía quince años—.

 

—No, señor —dijo el niño, que moriría pocos días después de salir del campo ya hecho un hombre—

 

—Es el jefe de la policía secreta.

 

—¿Y qué pasa con él?

 

—Beria, para que lo sepas, me acusó de planificar un atentado contra Stalin, me arrestó al día siguiente y me mandó acá. ¿Y sabes por qué lo hizo? —el niño negó con cabeza—. Porque hace veinte años, cuando empezaba a jugar profesional, le gané un partido y desde entonces se llenó de envidia. Porque él es hincha de otro equipo y odia al Spartak. Por eso estoy acá.

 

Otro cuento de este autor: la maleta más grande del mundo. 

 

Todos empezaron a gritar sus opiniones, gruñían como animales. Nikolai se disponía a contar otra historia (la de su gira por Checoslovaquia) para cambiar de tema y calmar los ánimos cuando entraron dos guardias y un comandante. Los cavernícolas se quedaron callados y se pusieron de pie. Un silencio inquietante se esparció por la barraca. Olían el hambre de los tigres colmillos de sable merodeando.

 

—Nikolai Starostin —dijo el comandante. Le brillaba la culata metálica de la pistola en la funda del cinturón. Con esa misma culata había dejado inconsciente la semana anterior al hombre que sería fusilado en tres días por robarse una ración de pan de la cocina—.

 

—Sí, señor. Acá Nikolai Starostin —dijo Nikolai con los talones juntos y la espalda recta—.

 

—Síganos, es solicitado en la dirección.

 

Nikolai bajó la cabeza y caminó resignado. Los cavernícolas, cada uno con sus días contados, lo miraron impotentes y lo despidieron en silencio. Cuando un cavernícola salía de la cueva en mitad de la noche y se alejaba del fuego lo despedazaban las fieras salvajes. Ninguno de sus compañeros había vuelto de la oscuridad.

 

Cuento sobre la traición: el amor en el tiempo del fútbol. 

 

Lo que Nikolai no sabía, y menos los demás, era que en la dirección estaba esperándolo Vasili Stalin, el mismísimo hijo de Stalin, con un salvoconducto para llevárselo a Moscú a dirigir al Spartak nuevamente. El fútbol lo necesitaba con más urgencia que la muerte y la estepa siberiana. Esa noche Nikolai dejaría de ser un cavernícola, apretujado alrededor del fuego, un contador de historias, y abandonaría la tribu de condenados al exilio y la muerte para volver a ser un hombre.

 

¿Ama la literatura, eh?: termine con el día que volví a querer el fútbol

 

 

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