• Pena Máxima
20 diciembre, 2016
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En un cuento lleno de humor y doblesentido, el escritor Ángel Marcel explora los límites y el ego de la figura más compleja del fútbol: el arquero. Conozca a Egidio Shield, el arquero que nunca le hicieron recibió un gol.

 

Para Daniel Samper el Viejo

 y Daniel Samper el Joven.

 

Primer tiempo

 

1

Egidio “El bufón” Shield, portero de la selección nacional de fútbol, a quien nunca le hicieron un gol en ninguno de los partidos que jugó en su vida, murió de un disparo en los últimos minutos del encuentro final de la Copa Mundo.

 

2

–Amados hermanos –dijo con voz conmovida el capellán en la homilía exequial mientras elevaba al cielo las manos ungidas de misterio–: nos hemos reunido aquí para dar cristiana sepultura a nuestro querido amigo Egidio Shield, a quien Dios llamó de este mundo. Arquero de acendradas virtudes cristianas y deportivas, escudo de los pobres y los humildes, hijo solícito y obediente, vecino solidario, buen samaritano, ciudadano a carta cabal, ejemplo de juventudes, hombre de pro y amigo incomparable, fue “El bufón” ante todo un católico fiel, guardián de nuestra santa fe, legionario de Cristo y Nuestra Señora. Durante los cortos años que estuvo entre nosotros, Egidio fue una especie de Dino Zoff, pero piadoso. Si bien, como sabemos, a Dino Zoff no le hicieron ningún gol durante aquellos 1.143 minutos providenciales de aquellos 12 históricos partidos, y solo fue vencido en franca lid cuando Haití le convirtió un gol a Italia en la Copa del Mundo que todos recordamos, a nuestro hermano Egidio nadie lo venció como portero, ni siquiera la muerte que nos llama a todos, pues ahora, por la gracia y poder de Cristo Jesús resucitado, ante quien interceden su Santísima Madre la Virgen de las Cabañas, patrona de los arqueros, y Pedro, fundamento rocoso de la Iglesia y guardián de las llaves del Reino, se le abren de par en par las porterías del cielo.

 

–Siempre lo mismo –le comentó al oído una viejita a su vecina–. A todos les acomoda la sepultura al oficio. ¿Qué les dirá a las guarichas que se mueren?

 

–Ay, mija. Cállese la boca. Yo solo asisto a los entierros grandes.

 

3

Hijo prematuro y niño precoz de un arquero inglés jubilado, y de una fornida mujer natural de Parma, ex guardiana de la cárcel de mujeres, y ahora, ya jamona, portera de la célebre cartuja, Egidio Shield mostró desde niño sorprendente pericia para atrapar a la velocidad del rayo cuanta cosa se pusiera al alcance de sus manos. No solo fue imbatible como portero en los partidos de fútbol del colegio, sino que, además, tenía la habilidad de dar y esquivar palmadas con infalible acierto en el juego de manitas calientes, y de pillar al vuelo en los velorios cuanta mosca se acercara al cuerpo de los difuntos, según que la muerte se hubiera producido por causas naturales o violentas. Asimismo, por la forma como las moscas se aproximaban a un cuerpo, podía decir con exactitud la razón del deceso. Al punto que cierta vez se atrevió a contradecir el dictamen del forense, para quien el recluta que estaban velando en la capilla del Cantón Norte había fallecido de politraumatismo craneano al caer desde lo alto de la roca de Tolemaida, durante un simulacro de rescate de secuestrados. “No señor –dijo el joven Egidio–, se murió del susto. Fíjese bien en el vuelo de las moscas”.

 

Conforme crecía el muchacho y se acercaba a la plenitud física en admirable acuerdo con la salud del alma, aumentaba también la lumbre de su fama, y con ella ciertos rumores acerca de su extraña condición ajena por completo a la naturaleza falible de los hombres.

 

–Ni siquiera los héroes de la antigüedad –dijo alguna vez su maestro de literatura– alcanzaron de los dioses el privilegio de ser por completo invulnerables. Aquiles y Sigfrido, por ejemplo, tuvieron, el uno en el talón y el otro en un sitio de su espalda el punto débil por el que les entró de pena máxima la esférica imparable de la muerte; pero este joven con cara de mago y manos de poeta no ha mostrado hasta hoy ninguna flaqueza a la hora de cuidar el arco, pues agarra el balón con la misma destreza con la que atrapa moscas.

 

–Válgame Dios –comentó entre risas el prefecto de disciplina– Ahora solo nos falta que lo compare con Superman para que nos quede completo el culo con los calzones.

 

–Porteros como Lev Yashin, “La araña negra”, ha habido pocos en el mundo –declaró el director técnico del equipo de fútbol del colegio meses después en el velorio del profesor de literatura, mientras Egidio, junto al féretro, jugaba a las manitas calientes con la hija solterona del difunto–. El gran parador de tiros, nacido en Rusia en el año 29, jugó de portero en 326 partidos y por si fuera poco, en el 63 se le declaró el futbolista europeo del año. Nadie ha superado hasta hoy su determinación y su coraje, su espíritu combativo y su vocación de rayo. Nadie ha tenido su elasticidad, sus reflejos de gato y su instinto de anticipación. Junto a sus hazañas, lo de Egidio es pura bufonada, pura suerte, pura pirotecnia.

 

Egidio Shield se limitó a reírse para sus adentros y comenzó a aceptar muy a su pesar la escueta verdad que había en las palabras del entrenador de fútbol. Si no había sido capaz de preservar el amor de la mujer que amaba, lo suyo como portero era pura bufonada, pura suerte, pura pirotecnia. ¿Qué ganaba con atajar todos los balones, si a cada momento el desamor metía en su arco semejantes goles? Sintió ganas de llorar, no tanto por la muerte de su maestro y menos aún por las palabras del director técnico, cuanto por consentir en su recuerdo lo último que le dijo a la muchacha, poco antes de que ella se le fuera: “No te pido que me quieras. La vida es demasiado breve para el amor que mi corazón reclama”.

 

–Lo que pasa –sentenció don Ramiro, un viejo chamán del Putumayo, discípulo socarrón de los brujos de Sonora, hombre de conocimiento, heredero del saber ancestral y experto yagetero– es que en esos partidos que mienta el profe, “La araña negra” podía mover a voluntad su punto de encaje y pasar del tonal al nahual, es decir, de la conciencia ordinaria a un estado de conciencia acrecentada. A “La araña” debió pasarle lo que nos pasa a muchos cuando nos coge el pánico: somos capaces de dar brincos increíbles y saltos descomunales a la hora de salvar el pellejo.

 

higuita

 

–Pues entonces –declaró René Higuita que a la sazón conversaba con Daniel Samper el viejo, humorista y escritor de reputada fama e impenitente hincha de un modesto equipo de fútbol de su país, y con el doctor Víctor Alberto Gómez Cusnir, decano fundador de la facultad de psicología del Politécnico– a mí me pasa lo mismo, y más, que a “La araña negra”. Y más que al “Caimán” Sánchez en el mundial de Chile del 62, cuando aquel 4 a 4 en el partido contra Rusia. Y más que al “Pato” Fillol, campeón del mundo con Argentina en el 78. Y más que a José Luis Chilavert, líder, agresivo, guerrero, provocador, que cobraba tiros libres y penaltis. Y más que a Hugo “El loco” Gatti, del que dicen que se me anticipó con sus acrobacias y como portero líbero. Y más también que a Amadeo Carrizo en aquel clásico de Millos-Santafé en El Campín, cuando agarró el balón, óigame bien señor Samper, agarró el balón con una sola mano, lo pasó por detrás del cuerpo y se lo entregó a uno de sus defensas.

 

He jugado 66 partidos –agregó– con la selección Colombia, y he metido 4 goles en calidad de arquero. Por ser el único portero líbero que se conoce, la FIFA me dio en el 97 el premio al guardameta con más goles marcados en el mundo. Yo soy, además, óigame bien doctor Víctor Alberto, el inventor de la jugada del escorpión, muy, muy famosa, tanto que Eduardo Galeano, un señor que también escribe libros como usted, señor Samper, pero dicen que con menos chistes, dijo que Higuita no se resignó a que el guardameta fuera un hombre muro, pegado a su valla, y demostró que el arquero también puede ser un hombre lanza.

 

–Eso no es nada –dijo Egidio Shield, ya muy famoso, seis años después, mientras por respeto al cadáver se aguantaba las ganas de atrapar las moscas en el velorio del director técnico del equipo de fútbol del colegio–. El inglés Gordon Banks fue entre el 66 y el 70 el mejor guardameta del mundo. A él se le atribuye la salvada del siglo. Ocurrió en la Copa Mundo del 70, cuando Pelé cabeceó aquel pase cruzado de Jairzinho hacia la red de Banks. El gol era un hecho seguro. Gordon Banks corrió frente a su malla y saltó en picada como un gato. La pelota rebotó. El arquero parecía vencido. Entonces se retorció hacia arriba y desvió el balón al travesaño. Qué maravilla.

 

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Foto: InformaciónDeLoNuevo

 

Segundo Tiempo

 

4

La guerra había empezado con tempranas discordias entre expertos y aficionados al fútbol (y a otras artes y ciencias de menor peso y prestigio) cuyos jerarcas, neófitos, fanáticos y adeptos emulaban por explicar aquel prodigio humano nunca antes visto, de acuerdo con su lógica profesional, sus intereses de gremio, de secta o de partido, sus querencias, odios y rencores, sus verdades religiosas o científicas, y sus modos privados de ver el mundo y la vida.

 

Era tal la fama de “El bufón” y tal la idolatría que se le tributaba; a tanto llegaban ya los buenos y los malos vientos de su nombradía, los chismes, los rumores, los artículos de prensa, las peregrinaciones y los viajes de turismo a la casa donde nació; las entrevistas, los realities para premiar al hombre invencible en lo que fuera: en la cama o en la deglución de perros calientes; a tanto llegaban los ensayos y monografías y las tesis doctorales de los graduandos en las academias; a tanto llegó la industria del espectáculo cultural y del simulacro deportivo, y a tanto también el negocio de las devociones y supercherías, que las Conferencias Episcopales de cada país, redactaron un documento conjunto en el que se negaba a Egidio Shield el don de la ubicuidad y la profecía, a no ser que se tratara de las artes del maligno. Si acaso –se aventuraban con prudente celo de pastores– esa habilidad de “El bufón”, ajena sin duda a la versatilidad de los cuerpos gloriosos, solo podía atribuirse, sin que tal atribución afectara nuestros dogmas fundamentales, a un favor divino por la buena fe con que el padre del futbolista se había convertido al catolicismo después de tantos años de veleidades anglicanas; o a un regalo de la Providencia y en particular de San Bruno, porque su madre había pasado de vigilar reclusas a guardar con castidad de divorciada las buenas costumbres de la cartuja, o si no, a esta moderna epifanía, misterio y testimonio de la presencia salvífica de Dios en estos tiempos azarosos del nuevo milenio.

 

Los médicos neurólogos, los psiquiatras, psicólogos y otros profesionales de la salud mental y la neurociencia no se quedaron atrás. Con evidente desconfianza del rigor científico del resto de sus colegas, organizaron el “Primer coloquio internacional de neurocognición aplicada a casos de Desarrollo Extremo de Inteligencia Neuromotora (DEIN, por su sigla en castellano), a la luz de la evolución del genotipo”, auspiciado por el Departamento de fisiología y neurociencia de la Escuela de medicina de la Universidad de Nueva York, evento al que por ningún motivo tendrían acceso monjas y curas, brujos y chamanes y mucho menos parapsicólogos, poetas y periodistas, “gentes ingenuas” –según dijeron– de pésima reputación y bajo coeficiente intelectual que a la hora de explicar los fenómenos siguen apelando a mitos infantiles en vez de asumir con seriedad los métodos objetivos del proceder científico.

 

–Hablan como comentaristas deportivos –acotó Egidio cuando lo supo.

 

El presidente del evento, un prestigioso neurocientífico, autor de más de 500 trabajos de investigación y varios libros sobre el tema, candidato al Nobel de medicina, explicó en la ponencia inaugural la teoría según la cual lo que demostraba el caso Shield no era otra cosa que un desarrollo neuronal extremo, de génesis desconocida, quizás atribuible a su destreza inicial para dar y esquivar palmadas en el juego de manitas calientes, y a su habilidad temprana para atrapar moscas. “Un caso excepcional de inteligencia –dijo– unida al desarrollo de la motricidad gruesa y fina, que tiene que ver con la evolución y naturaleza de su mente. El sistema nervioso y el cerebro –agregó– evolucionaron de tal suerte que hicieron posibles, en términos de predicción, las interacciones entre los organismos vivos dotados de movimiento y su hábitat. Para preservarse y sobrevivir en un medio hostil, una criatura debe prever el resultado de cada uno de sus movimientos con base en informaciones sensoperceptoras. En tanto en cuanto la capacidad de anticipación es probablemente la función sustantiva del cerebro, puede decirse que el ‘sí mismo’ de Egidio Shield es el centro de sus predicciones, en gracia del cual anticipa a una velocidad superior a la normal, todos y cada uno de los eventos balompédicos, del mismo modo como el resto de los mortales calculamos el peso, la temperatura y la lisura de una botella de leche en el momento de sacarla de la nevera. La realidad –concluyó– no solo está ‘allá, afuera’, sino también en el mundo virtual que construimos”.

 

–¡Hermoso! –exclamó el negro Perea que seguía desde Barranquilla la teleconferencia–. Pero, eche, ¿qué fue lo que dijo?

 

Después del discurso del doctor Llinás – el presidente del coloquio– al que asistieron algunos infiltrados del Opus Dei, enemigos del condón en cabeza del cardenal López Trujillo, defensores de la familia como núcleo eclesial en miniatura para la opción cristiana de procrear hijos para el cielo, defensores también de la línea creacionista según la cual el Eterno creó de la nada el cielo, la Tierra y los infiernos con todas las criaturas que hay en ellos, los ánimos se fueron caldeando. Se caldearon al extremo de que varios centenares de miembros, amigos y benefactores de la Obra, bajo el patrocinio de San Josemaría Escrivá de Balaguer, llegaron en procesión al estadio de Berlín al partido final de la Copa Mundo.

A la semifinal del campeonato habían llegado las selecciones nacionales de Portugal, Francia, Alemania, y los once jugadores del equipo de Egidio, después de dejar por el camino al resto de los equipos participantes. Francia había vencido a Portugal por 1 a 0, y Alemania había caído en memorable encuentro bajo el poderío de los de Egidio por 2 a 0, así que la gran final tenía que jugarse entre los dos finalistas sobrevivientes.

 

La atmósfera en el estadio era en extremo densa y opresiva. Mucho tenía de misa y bacanal, de congreso científico, manifestación política, corrida de San Fermín y carnaval de Río, de bautismo y funeral, de cónclave, boda, cruzada y aquelarre, de fiesta brava y candomblé, de vudú y partido de fútbol. Un aire a la vez de intifada y jolgorio, de misterio y fuerza primitiva. Unos esperaban que por primera y única vez la valla del famoso portero se derrumbara, con lo que estaban seguros, ganarían por segunda vez y acaso por la mínima diferencia un campeonato del mundo. Otros –los más– confiaban en la invulnerabilidad del héroe, que al contrario de Aquiles y Sigfrido, no mostraría un solo punto débil a la hora de cuidar el arco, milagro más que suficiente para erigirlos en tetracampeones.

 

–En estos momentos, señoras y señores –tronó William Vinasco Ch. – la trilogía arbitral hace su aparición en el gramado ecuménico.

 

–Qué bonito. Habla como Bossuet o Lacordaire –dijo cuando lo oyó por la radio, encerrado en su celda, el abad de la cartuja de Parma.

 

La salvada del siglo ocurrió a los 92 minutos, cuando Zidane cabeceó aquel pase cruzado de Malouda. El gol era un hecho seguro. Shield corrió frente a su malla y saltó en picada como un gato. La pelota rebotó. “El bufón” parecía vencido.

 

Entonces, señoras y señores, miren cómo se retuerce hacia arriba y desvía el balón al travesaño.

 

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Las palabras del locutor llegaron a la audiencia global instantes después que el balón a las manos de Egidio, y engrosaron un ‘uhhhhhhhhhh’ de millones de voces, cánticos, blasfemias, gritos, aplausos, imprecaciones, músicas, truenos, ovaciones, pirotecnias, silbidos, estridores, estampidos, estrépitos, bramidos, alborotos y algarabías que emanaban como el mundo primordial del corazón de las barras. Se siente, se vive, Egidio es imbatible. Alabío, alabao, Egidio está acabao. Abajo la bota proimperialista del gobierno títere de Prodi. Francia es tu papá. Bufón es marica. Que viva el Papa. Es un canto de vida nuestro canto. Por Colombia, la patria que nos nombra. ¡Oh gloria inmarcesible! ¡Oh júbilo inmortal! Roma immortale di Martiri e di Santi. Roma immortale accogli i nostri canti: Gloria nei cieli a Dio nostro Signore. Pace ai Fedeli, di Cristo nell’amore. Tú reinarás, este es el grito que ardiente exhala nuestra fe. Allons enfants de la Patrie, le jour de gloire est arrivé. Contre nous de la tyrannie L’étendard sanglant est levé. Fratelli d’Italia, l’Italia s’è desta, dell’elmo di Scipio s’è cinta la testa. Deutschland, Deutschland über alles, über alles in der Welt, wenn es stets zu Schutz und Trutze brüderlich zusammenhält. O felix Roma, O Roma nobilis. Sedes es Petri, qui Romae effudit sanguinem. Petri, cui claves datae sunt regni caelorum. ¡Que viva la patria! Sabas, invitemos a Egidio una tardecita de estas al Ubérrimo. ¡Que viva la patria! ¡Qué viva la paz!

 

Mientras la gente grita, Egidio está en el suelo. No se levanta. Un hilo rojo casi imperceptible mana de su boca y se pierde en el césped del magno estadio de Berlín, mientras la porterahuida del monasterio para ver a su bufón, canta como los monjes de la cartuja: “El señor hizo en mí maravillas”.

 


Autor: Ángel Marcel

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