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2 diciembre, 2016
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Chapecoense: La ruta de sacrificios que no tuvo un final digno

Nuestro amigo y escritor Daniel Canal se centró en la tragedia del Chapecoense (QEPD) para explorar la ruta de sacrificios que hace un futbolista para llegar a la gloria. Este cuento hace parte de “La no historia del fútbol”, el primer libro de cuentos de fútbol que Daniel Canal estará publicando en Hablaelbalón entre septiembre y diciembre.

 

Desde el primer día en que tocaste un balón supiste que el fútbol era lo tuyo. No querías hacer nada que no fuera jugar el resto de la vida. Te gustaban los carros y las películas, pero sentir los parches de cuero contra el pie era algo especial. Todas las tardes salías al parque y terminabas con las rodillas raspadas y cubierto de barro hasta la frente.

 

Mientras que en otros países los niños crecían con historias de reyes y caballería, tú lo hiciste en Chapecó, al sur de Brasil, donde el único Rey era Pelé, y Ronaldo, Romario, Bebeto, Rivaldo y Garrincha conformaban el resto de la corte. Soñabas con que, algún día, llenarías el Maracaná y en las gradas corearían tu nombre.

 

(Lea también: Chapecoense tendrá su revancha en el cielo)

 

En la casa las cosas no eran fáciles. Había días en los que faltaba comida y podías durar meses con el único par de zapatos rotos. Si en Brasil la vida era difícil, en Chapecó, que era una ciudad pequeña y olvidada, la cosa era peor.

 

Desde los diez años empezaste a jugar con los más grandes porque eras bueno, muy bueno, y tus regates los hacían bailar contra su voluntad. Por eso pensaste que no era una mala idea probar en algún equipo local para empezar a hacer tu camino hacia el Maracaná. Pero sabías que todo era un sueño porque, aunque eras mejor que los niños grandes, como tú había miles, millones, que querían ser alguien en el fútbol. Cada cuadra tenía su crack.

 

Por esa época viste a Brasil salir campeón en el Mundial de Corea y Japón. Viste a Cafú, el capitán, levantar la copa desde la escotilla del avión cuando aterrizaron de vuelta a casa. Pero lo que recuerdas con más claridad fueron los guayos que tus papás te regalaron para que fueras a probarte. Se veían caros y te sentiste mal, no querías preguntar cuánto habían costado. Sabías que ese mes algo faltaría en casa. Pero lo lograste, en uno de los clubes te aceptaron.

Se veían caros y te sentiste mal. Sabías que ese mes algo faltaría en casa.

Tus días empezaban temprano. Te despertabas e ibas a entrenar por las mañanas, por las tardes estudiabas y los fines de semana viajabas por todo el estado de Santa Catarina para jugar los partidos del torneo regional. Tus amigos del barrio ya no soñaban con jugar fútbol. Les gustaba más salir de conquista, ir a bailar y tomar cerveza. Ellos prefirieron sentir la emoción del viernes en la noche que la del los domingos al medio día.

 

Así, después de sudor y esfuerzo, años de entrenamiento y sacrificio, y muchas fiestas a las que no fuiste, lograste llegar al club de tu ciudad, al Chapecoense. También te enamoraste, y tu novia se volvió tu esposa, sacaste un crédito para pagar la casa de los dos y mes a mes te empezaron a llegar los recibos de la luz y el agua. Sin darte cuenta, sin saber cómo, te volviste un adulto. Lo que nunca cambió fue la ilusión de llenar el Maracaná y que corearan tu nombre. Pero el sueño casi se acaba cuando se te inflamó el corazón y te diagnosticaron una miocarditis. Muchos dijeron que jamás volverías a jugar porque el esfuerzo físico podría causarte un infarto, pero después de ocho meses de reposo y tratamiento les demostraste que estaban equivocados.

 

Cuando volviste estabas ansioso por jugar, porque era el fútbol el que pagaba las cuentas, y no te veías de oficinista en un banco recibiendo quejas. Además, ahora tenías una hija recién nacida. Aunque el sueldo no era muy bueno alcanzaba para lo básico, para seguir soñando. Jugaste un par de temporadas y ascendieron a la Serie B, y dos años después aterrizaron en la Serie A, la primera división del fútbol brasilero donde los grandes habían hecho historia.

 

Tu equipo jugaba bien, tú jugabas mejor y empezaste a ganar lo suficiente para mandar a tu hija a un buen colegio. Con tus ahorros y un crédito le regalaste una casa a tu mamá, y cuando le diste las llaves pensaste que esa era la mejor forma de agradecerle por los guayos que te había regalado quince años atrás para que empezaras tu camino hacia el Maracaná.
Pero lo que realmente cambió fue que Chapecoense se convirtió en sinónimo de revelación y junto a él aparecía tu nombre. En los grandes equipos se interesaron por esos jugadores desconocidos que habían logrado llegar a la final de la Copa Sudamericana, la cúspide del fútbol continental.

 

(No se pierda este hermoso cuento: Huellas en nieve roja)

 

Cinco años atrás en Chapecó, cuando el equipo todavía jugaba en la Serie C, nadie se habría imaginado que el Chapecoense llegaría a pelear algo importante. Ni siquiera el apostador más arriesgado habría jugado su dinero. Pero, aunque tuvieran todas las probabilidades en su contra, aunque fueran un equipo chico contra uno grande, un novato contra un campeón, David contra Goliat, tú tenías fe, porque cuando la gente sueña está lista para la gloria. Querías demostrarle al mundo, otra vez, que estaba equivocado. Esa final era la vitrina para que los grandes te vieran y entraras al Maracaná hecho un héroe.

 

Duraste toda la semana pensando en el partido, preparándote para pasar a la historia, porque así ganaras o perdieras, sólo los grandes de corazón llegan a las finales. Esa tarde te despediste de tu familia en el aeropuerto, te desearon mucha suerte y les prometiste que los llamarías en un par de horas cuando aterrizaras. Tenías por delante un viaje de siete mil kilómetros desde Sao Paulo hasta Medellín. Entonces te despediste de cada una con beso y abrazo y seguiste a la zona de embarque. Desde ese momento, más allá de la emoción y la alegría, tu cabeza estaba enfocada en el partido que debías jugar en menos de cuarenta y ocho horas. Todos abordaron y cuando el avión despegó pensaste que ese era el principio de algo bueno.

 

Lo que no sabías, y es muy probable que ya nunca sepas, es que algo salió mal, terriblemente mal, cuando el avión estaba llegando a su distinto y debía empezar el descenso. Pudo haber sido falta de gasolina, un falla eléctrica o, por qué no, simplemente mala suerte. De un momento a otro, cuando tú estabas en lo más alto, el avión se desplomó contigo adentro porque la vida es injusta y caprichosa, y puede poner puntos finales en la mitad de las oraciones si se le da la gana. Te estrellaste contra una montaña a dos minutos de la pista de aterrizaje, como si un mal viento derribara una cometa.

 

En memoria de los futbolistas que perdieron la vida en la tragedia del 28 de noviembre de 2016.

 

Foto:

 


Autor: Daniel Canal

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