El día que volví a querer el fútbol

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El día que volví a querer el fútbol

 

Hubo un tiempo roto y triste en el que me dejó de gustar el fútbol. Días en los que todo me parecía inútil, circular y profundamente aburrido. Muchas veces había pensado en escribir sobre ese tiempo muerto en el que deambulaba lento, impulsado por la inercia del tedio, hacia ningún lugar.

 

Como escribir exige entrar en contacto con emociones e ideas -arrancárselas del cuerpo para luego plasmarlas en el papel- intentar hacerlo sobre esos días de vacío, de pausa, resultaba siempre en un esfuerzo vano. Fantaseé con olvidarlos, con pensar aquellos días como nubes negras y densas que se desplazan, cambian y se pierden, pero rápidamente caía en cuenta de lo frívolo e ingenuo que era pensar en el pasado y en el presente por separado; como si el pasado no nos atropellara intempestivamente cuando le viene en gana, como si el antes y el ahora, el ‘ya’, no se fundieran cada tanto en una misma cosa. Rendido, pues, ante la imposibilidad de olvidar ese tiempo amargo, a forma de contragolpe, decidí explorarlo, mirarlo a la cara: escribir.

 

El caso es que hace poco recibí un mensaje extraño. Una novia con la que tuve una relación feroz y de final triste en esos mismos días en los que odiaba hasta el fútbol, decidió sacarme del olvido envenenado donde me había puesto desde nuestra ruptura y me escribió:

 

– Te vi caminando por la calle. Cantabas. Cerrabas los ojos y cantabas, inspirado. Ibas tan en lo tuyo, tan feliz en tu concierto al mundo, que me pasaste de largo. Como te pasó siempre conmigo… Pero te vi feliz. Nunca pensé volverte a ver así. Ya no estás amarillo y desnutrido, ¿fue que conseguiste nueva novia? Mándale mis felicitaciones, resucitó a un muerto.

                        Camila.

 

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El caso es que, como no tengo una nueva novia que me haya resucitado, el mensaje de Camila hizo que también a mí me atravesara la pregunta sobre qué me cambió. ¿Qué evento o persona hizo que mi vida se fuera coloreando de nuevo? ¿Cómo dejé de ser ese fantasma amarillento que soñaba con disolverse del todo? ¿Por qué volví a escribir y a contestar las llamadas de familiares y amigos? ¿Por qué volví al estadio? ¿Qué tuvo que ocurrir para despedirme de esas noches mal dormidas? ¿Qué sucedió para que dejara de ver las horas sucederse, iguales, alargadas, para pasar a caminar cantando, como poseído por la vida?

 

Solemos pasar de un lugar a otro abruptamente, sin reparar en la causa, sin pensar en el cambio. Luego, ya desde la otra orilla, se hace difícil rastrear el camino y avanzamos sin más. Ya que aún estoy a tiempo, con los pies mojados, recién apoyándolos en este lado, me siento obligado a presentar a quien cambió mi viaje. Pecaría por exceso si dijera de él que fue mi salvador, pues la gente se salva sola, pero casi, da en el palo.

 

Al viejo lo contrataron como entrenador de la categoría 2000-2001 en el club de fútbol base en el que yo trabajaba haciendo fotos y videos. Como la presión del fútbol permea ya hasta los más chicos, los malos resultados de la categoría -que contaba con mucho talento pero poca disciplina y solidaridad- hicieron que se buscara un entrenador de más peso y experiencia para cambiarle el rumbo al equipo. Por eso llegó puntual, a las 3 de la tarde de ese domingo de gris oprimente, con su sutileza de sombra y su sudadera Nike replica no oficial, con su bigote gris y su mirada pasiva pero atenta, a debutar a sus 68 años, con un nuevo equipo. Lo esperaban, sentados, con desdén, un puñado de niños de 15 años que, regidos por el egoísmo atroz de la adolescencia, consumaban un equipo en el que cada uno jugaba por su lado.  Mientras lo filmaba llegar, sus pasos tranquilos pero firmes, su mirada medio perdida medio penetrante, su aura de experto, de veterano, me hizo pensar en el contraste brutal que se daría al juntarse con ese equipo sin hambre, sin alma y sin forma. Sin fuego.

 

Nadie, a excepción del dueño del club, sabía quién era en realidad ese viejo tranquilo que esa tarde tenía que hacer ganar al equipo para evitar la eliminación temprana –y el llanto de los niños excedidos siempre por la derrota.  Aunque ya había trabajado una semana con los jugadores, su figura les era enigmática. Lo entendían como un viejo extraño, derrotado por el fútbol y la vida. La tosquedad con la que saludó a los niños y a los padres (siempre presentes los fines de semana), la cadencia leve de su voz y sus instrucciones cortas y directas desconcertaron a todos.

 

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– No entiendo, si sólo nos sirve ganar, qué carajos hacen mirándose unos a otros en vez de calentar. No den más ventajas, por favor. Es hora de dejarse de joder- fueron las palabras, enfrascadas en un tono de argentino campesino, con las que concluyó el saludo.

 

Mi trabajo consistía en registrar cada movimiento de los jugadores. El calentamiento, la charla técnica, sus conversaciones, sus gestos, para luego hacerlo público en las redes sociales del club. En esos días todo me parecía frívolo y vergonzoso. Registrar sus saludos a la cámara copiando los gestos de Cristiano Ronaldo o saludándose unos a otros imitando a raperos o jugadores de la NBA, exacerbaba mi desprecio por el fútbol. Me hacía querer escupirle a ese espectáculo superficial en el que devino el juego más popular desde que todo es registrable. Verlos me ponía a añorar esos tiempos no tan distantes en los que todo iba a parar inescrutablemente al baúl pantanoso y frágil que llamamos memoria y se jugaba al fútbol por jugar al fútbol, nada más. Ahora no, ahora cualquier pobre diablo se cree inmortal al ser filmado, al ser compartido, al ser likeado haciendo pelotudeses con un balón. O sin él. Ahora los jugadores piden la cámara y no la pelota.

 

Del partido no hay mucho que decir. Enfrente estuvo un Santa Fe implacable que les dio un repaso de comienzo a fin. Fue un 6-1 aplastante, obsceno, con los rojos jugando como un equipo de primera y con los del viejo infantilizados como nunca antes. Mientras los papás –ay, los papás- jugaban a ser Guardiola y gritaban las instrucciones más obvias disfrazadas de genialidades, el viejo se mantuvo firme como un árbol, meciéndose gol tras gol, siempre con un pie invadiendo la cancha, como pidiendo ingresar.

 

Después del 3-0 en contra, con el partido muerto, dejé de filmar el juego y me enfoqué en el viejo. Aburrido, jugando con el zoom, descubrí la seriedad implacable con la que miraba el partido. Siempre que acercaba la imagen el semblante era el mismo: con mirada de pantera, concentrado como un maestro zen, el viejo no paraba de dar instrucciones, le pegaba al aire, miraba el cielo, suplicaba, escupía. Haciendo gestos con los brazos exigía correr, correr, correr, no rendirse.

 

La goleada terminó de romper al equipo. Los niños, sin despedirse entre ellos, y los padres, frustrados por no haber podido cambiar el partido a pesar de sus genialidades desde la raya, abandonaron la cancha rápidamente. Ya maravillado por la figura del viejo, lo filmé atestiguar, inmóvil, como uno a uno se fueron yendo sus jugadores, sin mirar atrás, sin decirle adiós. Lo filmé recoger con calma su tablero, borrar las flechas, los nombres y las instrucciones que había pintado para el partido, organizar los petos que les llevó a los suplentes y doblarlos uno a uno para, concentrado, amargo, meterlos con sutileza en su tula.

 

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Lo registré irse lento, meditando cada paso, sombrío. La poca luz del final de la tarde hacía que la imagen que me llegaba a través del lente fuera difusa pero hermosa: la silueta grisácea y algo naranja de un viejo encorvado con su tula al hombro y su tablero en mano se fue fundiendo con el horizonte. Un viejo derrotado e insolado que se aleja hacia ningún lugar. La imagen de un viejo cualquiera, de un perdedor cualquiera. Un viejo patético y solo que ha perdido otra vez, ¿cuántas veces perdiste en tu vida, viejo?

 

Cuando ya el viejo me llegaba más como una masa de pixeles con poca forma y filmarlo era perder el tiempo, lo vi parar. Dejar la tula a un lado junto al tablero y descender en el caño que circunda la cancha.

 

El día que volví a querer el fútbol_Juliana Acero
Ilustración de Juliana Acero @lajulita_vavolada

 

¿Qué mierdas pasa? Tiemblo. Filmo la tula y el tablero, filmo el caño, filmo el sol naranja, siento ese impulso hermoso que deben sentir los artistas y que no les permite parar. No sé qué pasa pero no puedo dejar de filmar y aunque sé que todo se ve mal y que he filmado todo sin saber de verdad filmar, pienso que tengo imágenes potentes, ahora soy un artista. ¿A dónde has ido viejo? ¿Así se acaba tu historia, me dejaste registrar tu final? ¿Eres un loco, un argentino esquizofrénico? ¿Por eso gritabas sin parar y pateabas el aire cuando tu equipo perdía por 6 a 1? Tengo una historia completa, con inicio, tragedia y final. Pero de golpe, el viejo emerge del caño, renace. Sombrío, arrastrando los pies, se dirige a la tula, la abre y mete el balón que en el primer tiempo fue a parar al caño y todos dieron por perdido. No podía irse sin él.

 

No, no fue una nueva novia, lo que me resucitó no fue una novia.

 

                                           Simón.

 

@jfgarcia2809


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