España: perder un técnico y ganar mucho más que un Mundial

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“Los lugares más profundos del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en tiempos de crisis moral”, escribió Dante en su Divina Comedia. Y Rubiales, el nuevo presidente de la Real Federación Española de Fútbol, no quiso, tan joven, ganarse un lugar en el séptimo círculo. Era muy difícil desentenderse y pasar de largo. El tamaño de la insensatez de Florentino Pérez y Julen Lopetegui no resistía neutralidad. No. Pobre hombre que con apenas un par de semanas en el cargo tuvo que tomar la decisión más difícil de la historia del fútbol español. Hiciera lo que hiciera, ya se había ganado el desprecio eterno de una mitad del país.

 

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Sin embargo, se ganó el respeto y la admiración de la otra mitad de España y del mundo del fútbol en general, acostumbrado a lidiar con dirigentes de la peor calaña. Con tipos que en nombre del resultado arreglan partidos, compran jueces, destituyen entrenadores sin avisarles y pagan sobornos y coimas por derechos de televisión. “Un tío con dos cojones” es este Rubiales, de los que escasean en el medio. Su mensaje es contante y sonante: no todo vale para ganar y no todo es ganar. Fue coherente, a pesar de que en este caso la coherencia iba en detrimento del pragmatismo. Dejó a España sin técnico, pero enalteció —y vaya si lo pagó caro— los valores y las formas de la Real Federación Española.

 

Lindo y cojonudo, más si se tiene en cuenta que su decisión vino unos días después de que Mariano Rajoy fuera removido de la presidencia luego de que se comprobara un gigante entramado de corrupción que vincula a altos dirigentes al interior del Partido Popular, el partido que él presidía. Rubiales, sin mencionar a Rajoy en su rueda de prensa, habrá pensado en España y en la crisis de la función pública por la que atraviesa el país. Al final, Lopetegui no es un corrupto, que no se malentienda, pero sí un empleado de la Real Federación Española de Fútbol que mostró una notable falta de decencia al negociar y firmar un contrato a espaldas del pueblo y la entidad para la que trabaja; eso sin ahondar en que lo habían renovado hace quince días. “Se trata de una forma de actuar y de unos valores”, sentenció Rubiales en su pronunciación.

 

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Es en definitiva una declaración de orgullo y dignidad. Una afrenta al poder, al rodillo de los intocables. Rubiales hizo lo que correspondía y no lo que convenía. No había margen para proceder de otra manera. Lopetegui negoció un contrato a tres días del debut mundialista y el presidente de la Federación se enteró cinco minutos antes de que el club lo anunciara en sus redes sociales. España todavía puede ganar el Mundial, pero ya ganó mucho más: marcó un precedente de hierro, el precedente de saber estar, de establecer prioridades. Un ejemplo contundente para muchas décadas. Enhorabuena, señor Rubiales.

 

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lavanguardia.com


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