El juego infantil de Cristiano y Messi

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Era el clásico español y así lo fue hasta el 2009. Siempre había sido una rivalidad hermosa, romántica y centenaria. De amores y muchos odios. Como el Yin y el Yang. Pero fue hasta hace 8 años cuando se convirtió en el epicentro del planeta fútbol. Cuando un extraterrestre llegó de Manchester a jugar en el mismo país, en la misma liga y en el equipo archirrival de otro igual de extraterrestre. Ahí, y solo ahí, se convirtió en el clásico del mundo. El partido tiene todos los condimentos, todos los recursos, pero ninguno como Messi y Cristiano.

 

La Supercopa de ayer fue generosa. Estos dos no se guardan nada. Nunca. Pero más allá de cualquier cosa, la postal del partido fue la celebración rabiosa de Cristiano que terminó ondeando su camiseta en el Camp Nou, como lo hiciera Messi en el Bernabéu. La Vendetta fue un gesto infantil, ronaldesco, si se quiere, pero desnudó las entrañas de una rivalidad sin precedentes. De una mezcla de resentimiento y admiración profunda. Algo de agradecimiento, también.

 

Cuando les preguntan a ellos, dicen que no saben, que es una cosa de la prensa, de los aficionados, de los fanáticos y de los fetichistas de los números. Repiten, entrevista tras entrevista, que solo trabajan para estar bien, para ayudar a su equipo y para ganar títulos. Vaya mentira. Porque se les ve aunque no quieran mostrarlo. Se les sale de las manos, con cada gesto de rabia, con cada grito agónico, en cada uno de los mil goles que han hecho. Messi y Cristiano son dos niños que se odian y se aman. Dispuestos a todo por ser el mejor del curso. Es una obsesión tan infantil como negarla públicamente. Es aquello que se necesita para hacerse un poco mejor todos los días.

 

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Repasar sus números, sus goles y sus títulos es un ejercicio que ya se hizo aburrido. Hace rato lo tienen todo, lo han ganado (casi) todo. Sus perseguidores,  los Neymares, Hazards y Griezmanns todavía están muy lejos. Hace rato están por encima del bien y del mal, pero es la inercia de esta competencia individual la que los mantiene en la punta, aferrados con fuerza para no dejarse llevar por los vientos del paso del tiempo.

 

Como ya pasaron 10 años desde aquel 2007 en el que Kaká fue el rey antes de los tiranos nos hemos acostumbrado. Con altibajos de uno y del otro, su rivalidad se ha convertido en una rutina de los extraordinario. En la normalización de lo anormal. Nunca antes, en ninguno otro deporte, se había dado una rivalidad así. Ni Larry Bird y Magic Johnson, ni Nadal y Federer, ni Agassi y Sampras, ni Proust y Senna, ni Maradona y Pelé… Ninguna. No hay una era anterior en el fútbol que se parezca a esta.

 

Decir cuál de los dos es mejor es un ejercicio subjetivo, de gustos, de sistemas, de afiliaciones personales. Lo que sí es una realidad incontestable es que esto se va a acabar. Algún día se irán del Barca y del Madrid… Nosotros, infantiles también, nos mentimos. Nos decimos que ya vendrán otros. Patrañas. Como ellos nace uno cada cincuenta años; y para que nazcan dos en simultáneo tendrán que pasar otros mil. Ojalá fuera para siempre. Pero no. Cuando ya no estén el fútbol será otro.

 

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Foto: sport.es


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