Cuando un Millos-América era el partido de la vida

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La semifinal entre Millos y América será apasionante. Pero está lejos, muy lejos, de lo que era este clásico hace diez años en El Campín.

 

Los hinchas de Millonarios menores de 30 años hemos tenido que agarrarnos de cosas diferentes a títulos para mantener la pasión viva. La siesta de un grande, que hace décadas no despierta, nos obligó a racionalizar el irracional amor por Millos.

 

Una de esas certezas era el Millonarios-América en El Campín. A finales de los noventa y durante la primera década del siglo XXI este clásico era una cruz en el calendario. Un día especial. El Nemesio se vestía de gala para la ocasión.

 

Hoy, por mucho que nos entusiasme este clásico, ya no es lo mismo. La violencia y los dirigentes han pinchado las bombas de esta fiesta.

 

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Hablo de los años anteriores a las obras que se hicieron en El Campín para el Mundial Sub-20 de 2011. Cuando el estadio era más rudimentario. Opaco. Gris. Cuando la capacidad era mayor. Había muy pocas sillas de plástico y sentarse era un pecado. Hablo de los años en los que las graderías parecían hormigueros. El lleno estaba asegurado y el Nemesio se acobijaba durante esas dos horas con dos tapetes de 180 grados. Uno azul y otro rojo. Eran los años en que no había restricción para el público visitante.

 

El crecimiento de Bogotá y la migración de mucha gente del Valle por la violencia y otros motivos sociales hicieron que los colonos americanos clavaran la bandera de la ‘Mecha’ en la capital. Se convirtieron en una hinchada muy numerosa y poderosa. Era una comunidad integrada por el famoso y polémico rolo del América, el que iba dos veces al año al estadio, pero que cuando se trataba del clásico contra Millos hacía todo lo posible para sentir que su equipo jugaba de local.

 

Como el estadio era un volcán y era una Bogotá más caótica, todo era más difícil. Los parqueaderos, las filas, los accesos, las boletas. El Millos-América era el mejor retrato de la ciudad de esos años. Era un clásico subdesarrollado. Pero eso le daba otro color. La tensión se respiraba de verdad en las entrañas del estadio. En las comidas y los baños, el azul y el rojo se entremezclaban en una sola masa de hinchas ansiosos.

 

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En el Millos-América del Campin todo era rivalidad: el tamaño de las banderas, la cantidad de la gente, la potencia de los cánticos, la originalidad de la puesta en escena. Era un pulso de poder y aguante. De sudor, de barro, de pueblo. En definitiva, era una lucha para ver quién la tenía más grande. A veces fuimos nosotros. Otras ellos.

 

No fueron pocas las veces que el América metió 22 mil personas al estadio, jugó bien, nos ganó, nos tocó la cara en la puerta de la casa y se fue con los tres puntos. En la recta finale de los noventa y principios de los dos miles, el América ganó cinco ligas. Al Campín vino varias veces el equipazo de Oviedo, Jerson González, Fabián Vargas y el ‘Tigre’ Castillo. Los putiamos y los sufrimos, pero le daban grandeza y glamour al clásico. El América que jugará en el Campín este domingo perdería 6-0 con ese.

 

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Millos por su lado también tuvo sus días mágicos. Días apoteósicos. Ganarle al América sanaba viejas heridas. En el 2003 Millos ganó dos veces 3-0, en el 2008 hubo una memorable remontada 3-1 con Ciciliano como figura y en el 2009 hubo otro 3-1.

 

Estas semifinales podrán traernos dos partidazos. Con muchos goles, expulsiones, penaltis, lujos, polémica, con lo que sea, pero nunca será lo mismo. Porque clásicos de este tamaño no viven del juego sino de la gente. Una de las grandes deudas del fútbol colombiano de hoy es recuperar el Millos-América de antaño. Cuando perder dolía de verdad. Cuando la sed de revancha te duraba seis meses clavada en la garganta.

 

Foto: elespectador.com


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