La Selección Colombia necesita un tipo malo

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La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón. 

 

Hace ya un par de años tuve la oportunidad de asistir a una charla de Jorge Valdano sobre liderazgo empresarial y fútbol. En esta, a partir de ejemplos y anécdotas futboleras, el argentino explicó por qué explorar y analizar las gestiones exitosas de los equipos de fútbol es una gran fuente de aprendizaje para empresarios y líderes.

 

Fue una charla hermosa, en la que el ex director deportivo del Madrid contó, entre otras cosas, intimidades de la Selección Argentina en el Mundial del 86 cuando fue campeón del mundo junto a Maradona y Burruchaga. Contó, por ejemplo, que antes de la final contra Alemania Federal, el Diego no podía dormir y se bañó diez veces. Habló sobre Riquelme, de quien dijo que era imperdonable, inconcebible, injustificable, su negativa a llevar la 10 albiceleste en el Mundial de Sudáfrica 2010. Asimismo elogió a Puyol, a Messi y a Pep Guardiola.

 

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Y habló, en la mejor parte y con énfasis  –y aquí la razón de este escrito– , de Jose María Gutiérrez Hernández, mejor conocido como “Guti”. Contó Valdano que en las inferiores del Real Madrid, por lineamientos del club, para saltar de una categoría a la otra, para “hacer carrera” (algo solo al alcance de los elegidos), no basta con ser un mago de la pelota y se exige también ser un chaval íntegro, leal… buena persona. Por eso, siguió Valdano, en Valdedebas se sacudieron cuando él dio la orden de subir de categoría a Guti, conocido desde chiquillo por ser un auténtico desadaptado, un gil le llaman los españoles. 

 

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¿Por qué lo hizo? ¿Por qué dio la orden de ascender a un chico problema que no mira a los ojos cuando le hablan y es capaz de escupir a sus rivales? ¿Por qué desafió el manual de inferiores del club más grande del mundo? “Porque en Guti vi al volante irrepetible que estaba buscando y que todos los equipos necesitan, y no al próximo novio de mi hija”, dijo.  Traducción: Porque los jugadores de fútbol, primero, están para jugar al fútbol y no para enseñarnos de moral y de justicia. Y segundo, porque todos los buenos equipos en el mundo necesitan de un chico malo que no crea en nada ni en nadie.

 

Entonces, saliendo de una vez de los paréntesis, les pregunto (para que respondan en los comentarios): ¿Quién carajos es el niño malo de la Selección Colombia? ¿Quién es nuestro Sergio Ramos? ¿Dónde está nuestro Otamendi, nuestro Lucho Suárez, nuestro Paolo Guerrero? De verdad nos creemos  el cuento de que es posible competir en Rusia sin un caracortada que nos recuerde a todos que el fútbol, como la vida, es hostil y feroz y a veces exige tipos rudos a los que les gusta ver el mundo arder.

 

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Por mi parte y hablando desde mi humilde experiencia, no conozco el primer caso de un equipo ganador que haya prescindido de personajes como los nombrados anteriormente. Ni hoy, ni ayer, ni hace 20 años. Para competir, para ganar, no basta con tener a Iniesta y a Xavi Hernández. No es suficiente contar con  Messi, o con Neymar y Marcelo en un mismo equipo; sin caraduras como Busquets o Fernandinho, así se juegue como la España de Del Bosque o la Brasil de Tite, el proyecto está destinado al fracaso. El fútbol pide nervio. Pide giles. Pide Gutis y Casemiros y Materazzis.

 

Por eso, cuando miro la lista de la Selección Colombia, tan buena onda, tan tierna, tan querida por todos, y la entrega a Dios de Falcao, y la humildad de Barrios y la integridad de Arias, me duele en los riñones y en el alma no leer el nombre de Teófilo Gutiérrez. 

 

Él es el gallo. Él es el tipo malo. Él es el genio incomprendido, enemigo de los bienpensantes, que todos los equipos serios deben tener. Tiene que estar en Rusia.

 

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Foto:

ElHeraldo


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