Millonarios me robó

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La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón.

 

Hoy, como siempre me pasa cuando pierde Millonarios, fue un lunes de mierda. “¿Triste?”, me preguntó un amigo de la universidad cuando entré a la fatídica clase de siete. No tuve que musitar una palabra para contestarle que sí, que estaba triste, pero también y sobre todo, emputado. Emputado por depender emocionalmente de un grupo de tipos que se ganan la vida pateando balones y que, estoy seguro, jamás sabrán mi nombre. Y aquí no estoy descubriendo nada nuevo. Sé que al igual que yo, también los hinchas del Junior, de Nacional, del América y de cualquier equipo en el planeta, le entregan a su equipo la estabilidad anímica de sus vidas. Así sea solo por unas horas, todos los hinchas vivimos por el resultado del fin de semana.

 

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Anoche después del partido me pregunté por qué carajos me amargo la existencia por culpa de un equipo. Obvio, todos somos conscientes de que lo más lindo que tiene esto es la irracionalidad que implica. Sin embargo, lo de anoche fue algo diferente. Me sentí traicionado como pocas veces, ayer no hubo contraprestación. El sufrimiento y el desgaste emocional al que me sometí desde la tribuna, nunca se vio compensado por lo que los jugadores mostraron en la cancha. Afuera, nosotros lo dimos todo, ellos nos quedaron debiendo.

 

Y ojo, no quiero repetir el típico discurso del barrista que pide huevos, huevos y nada más que huevos. No me gusta reducir el juego a las ganas, no. Pero tampoco puedo ignorar que un aspecto fundamental en el rendimiento de un equipo de fútbol es la intensidad. Algo que de hecho, ha sido uno de los pilares de este Millonarios. Justamente, tanto los hinchas, como los periodistas, y seguramente también el cuerpo técnico, sabíamos que Millonarios suplía su nómina de equipo chico con actitud de equipo grande. Con ganas. Millos podía ganar, perder, jugar bien o jugar mal, pero todo lo hacía con ganas.

 

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Y anoche, desde que el árbitro dio el pitazo inicial, Millonarios fue un fantasma. Seguramente los eruditos, académicos y racionales analistas leerán esto y pondrán el grito en el cielo para decir que hay razones de fondo mucho más complejas para explicar lo que pasó. Pero yo, como hincha que decidió entregarle su energía al partido, que empeñó el culo en el Campín, que se mamó el gol de Moya y que terminó con dolor de estómago, además de la amargura de la derrota, tengo todo el derecho del mundo para pedirle a los jugadores, por lo menos, un poco más de ganas, de entrega, de respeto, si se quiere.

 

No entiendo qué pasó. No sé por qué, de la noche a la mañana, estos tipos dejaron de tener hambre. Lo más probable es que esta mañana, mientras yo me bañaba y repasaba en mi mente el gol que se comió Banguero, ellos, Banguero, Carachito, Ayron y compañía, despertaban como si nada, como en cualquier otro lunes. Al fin al cabo, para ellos es trabajo, y trabajo es trabajo. Hay días en los que sales campeón y días malos en los que te quedas por fuera de los ocho.

 

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En últimas, seguramente el del problema soy yo. Nosotros. Quizás deberíamos dejar de ser tan idiotas. A lo mejor es eso, y si nos dedicáramos a vivir nuestras propias vidas, y a dejar de darle tanta bola a las de once peludos que le pegan a una pelota, seríamos más felices, o menos tristes, aunque sea. La cosa es que eso no es algo que podamos decidir. Dentro de dos semanas, cuando haya olvidado toda esta porquería, la derrota y esta tonta diatriba, ahí estaré, contra Independiente, luego de haberle entregado mi estabilidad emocional a once peludos que juegan mal, pero que aunque sea corren y meten, o corrían y metían, qué más da.

 

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El Espectador


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