La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón.
Voy a ser categórico: se vale hacer juicios irracionales en el fútbol. Sí, el fútbol es una «cosa seria» y hay un componente táctico-estratégico importantísimo… pero para quienes viven de ello. Y cuando digo viven de ello me refiero más a los que preparan los partidos (jugadores, cuerpo técnico, cuerpo médico y dirigentes) que a los sacan conclusiones después de estar 90 minutos viendo la pantalla (periodistas e hinchas). Quienes no tenemos contrato con un club deportivo solo vemos la punta del iceberg.
Por eso, repito y profundizo: quienes no vivimos del fútbol, podemos hacer juicios irracionales. Entiéndase ‘irracional’ no como algo absurdo o descabellado, sino como algo que no obedece a la razón, algo que por el contrario, obedece al sentimiento. Le pongo un ejemplo: yo, Alejandro Escorcia, tengo plena libertad para decir “Jose Guillermo Órtiz es rotundo y completo puto crack”, habiéndole visto 24 minutos de poco o nada en Liga y 63 minutos de killer en Copa. Lo contextualizo.

Ayer jugamos (sí, jugamos, el que va al estadio puede darse el pequeño pero significativo lujo de incluirse en el plural) contra el Deportivo Independiente Medellín. Habíamos perdido 2-1 allá y teníamos que remontar acá. Millonarios no ha jugado bien este semestre. La salida de Matías, Marrugo y Ovelar, las vacaciones y las lesiones destruyeron todo lo que se construyó el semestre pasado. Ese famoso equipo de 50 puntos no se había asomado… hasta ayer. Ayer jugamos un fútbol eléctrico nuevamente. Inclinamos la cancha y lo vimos posible, claro que sí. Pero justo ahí, cuando nos excitamos, nos clavó Cano (siempre nos clava, lleva diez goles en los últimos nueve partidos contra Millos), y nos derrumbamos. La altísima energía del Campín colapsó. Caímos colectivamente en un pozo séptico de pesimismo.
Estábamos todos sentados, sin saber dónde poner las manos, pensando lo peor, cuando el Tico, contra todo pronóstico, le ganó el duelo aéreo a Cadavid y Urrego. Un salto suspendido, la cabeza a un lado, los brazos bien abiertos y la pelota para adentro. Todo al mejor estilo CR7. No habíamos terminado de celebrar el gol cuando el Tico recibió en el área con los taches del guayo derecho y casi sin apoyar el pie, justo antes de que lo asifixiara la jaula de tres hombres del DIM, de puntazo la mandó para adentro. Se levantó el estadio entero. La felicidad en pasta, en vitamina, en inyección. “EL TICO, EL TICO, EL TICO, EL TICO, EL TICO, EL TICO”. Era imposible parar de gritar. La gente se abrazaba y se repartía más amor que en una fiesta swinger.

Naturalmente, llegué a contar a la oficina que cuando Pinto sacó a Órtiz el estadio enteró se paró a aplaudirlo. Lo conté con sonrisa de niño, pero rápidamente se transformó en ceño fruncido, pues la respuesta que recibí fue la obvia: “Sea serio. Lo vieron un partido y ya es ídolo. Retírenle el dorsal, pues”. Por supuesto defendí el derecho de mi gente a aplaudir de pie a un debutante que hace dos goles y la discusión continuó. “Patéticos”, “irresponsables” “ilusos”, “ingenuos” y muchos adjetivos se utilizaron para describirnos a todos los que nos fuimos felices y juntando las palmas por haber visto al Tico.
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Y precisamente eso fue lo que motivó esta opinión. Yo sé que con menos de un partido entero poco sabemos del futuro rendimiento de José Guillermo Órtiz. Pero el llamado de mis colegas a la ‘seriedad’, la ‘responsabilidad’ y la ‘racionalidad’ es algo que no voy a acatar. Eso es lo lindo del fútbol: que se vive partido a partido. Ayer no hubiera cambiado a Ortiz por nadie, fue un crack y fue de Millos. Mañana cantarán otros pajaritos, pero que nadie me pida cordura, si no me están pagando, déjenme exagerar.









