Las opiniones de los columnistas no reflejan necesariamente las de Hablaelbalón.
Esta semana nos acordáramos en Hablaelbalón de los dos primeros goles de Falcao como profesional. Fueron en el Apertura argentino del 2005, contra Independiente, en el Monumental. El Tigre tenía entonces el pelo corto y el 31 en la espalda. Ese día, sobre todo por su primer gol —vaselina hermosa con zurda que pueden ver a continuación—, se presentó ante el mundo como un “pibe” especial.
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Al escribir ese recuerdo, por inercia me llegaron a la mente los hitos de Radamel que más frescos están en mi memoria: el tres a tres contra Chile, sus dos finales de Europa League con el Aleti, el gol con el borde externo contra Polonia, un cabezazo sostenido contra el Botafogo que le dio la increíble clasificación a River en Suramericana, el gol de cabeza en otra final de Europa League con el Porto….y su partido perfecto contra el Manchester City de Guardiola en el Etihad Stadium por Champions.
Lo del City, que pasó en febrero hace dos años, lo recuerdo con particular emoción porque fue la última vez que se escribió en mayúsculas que el Tigre seguía haciendo parte del Olimpo de este juego. La última vez que pudimos imaginarlo sentado al lado de Cristiano y de Messi: nuestro 9 capaz de todo ante la mirada atónita de Míster Pep Guardiola.
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¿A qué va todo esto? A que el fin de semana, en el gran «clásico» de Francia, fue triste ver al Tigre, impotente, inofensivo, casi rendido, comerse tres contra el PSG. Además, para colmo, tuvo que retirarse después del descanso por una nueva molestia muscular. Lesionado y adornando un equipo sin alma que hoy va de 16 y que por muy poco se va a salvar del descenso en la liga menos competitiva de las grandes de Europa: esa es la foto actual del mejor delantero de la historia de Colombia. Una imagen dolorosa porque es prueba de que el tiempo es inatajable y que a nuestro Radamel ya se le pasaron sus mejores años en la élite.
Es verdad que este Mónaco deshuesado —sin Lemar, sin Fabinho, sin Keita, sin Mendy, sin Bakayoko— es un triste remedo del equipo revelación que sacudió a Europa hace dos años; en ese equipo hasta el genial Mbappé sufriría por hacer gol. Ahora, también es verdad que el Tigre, ¡porque el cuerpo simplemente no le da!, ya no es ese héroe espartano. Hoy el fútbol europeo empequeñece su leyenda y lo hace ver como un jugador del común.
Por eso, más que criticar el nivel de juego del Tigre (¿qué tiene por probar?) quiero compartir un anhelo personal. Pienso que la historia de Radamel es tan potente, y su legado tan poderoso para nuestro fútbol, que cada día que pasa tomándose selfies en Mónaco es un desperdicio del tamaño del Monumental. Lo suyo, con Europa toda consciente de su nombre, ya no debería ser la ciudad de los casinos, ni la insípida y deprimente liga francesa.
En este punto, cuando ya no tiene ni la energía ni el despliegue para competir en un club top, honrar su película exige que cambie de club. Que vuelva a sus orígenes, en donde se ganó el apodo del Tigre y entendió que, a falta de un talento sobrenatural, sería el hambre la que lo llevaría a donde está. Me gusta pensar en una nueva resurrección de Radamel lejos del glamour y de los yates para ver el atardecer. Lo imagino otra vez con la cara sucia, fajándose contra centrales paraguayos en la Copa Libertadores. Otra vez acá, en este lado del mundo, con estadios de césped alto, camerinos sin agua caliente y largos viajes en bus. Quiero oírlo otra vez al Pollo Vignolo relatar un gol suyo por Fox. Dale Tigre, la última resurrección.
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