La única batalla que perdió César Pastrana en Santa Fe

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César Pastrana es el mejor presidente de la historia de Santa Fe. Corto y lapidario, el tema no admite debate. Recibió hace ocho años un club casi quebrado, débil institucionalmente, sin arrestos para competir y con un pesado yugo de cuatro décadas sin títulos. En el 2010 Santa Fe estaba reducido a su entrañable historia, sus ilustres aficionados y el infatigable ejército de 5.000 hinchas que iban al Campín en las malas y en las peores. Eso era Independiente Santa Fe.

 

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Ocho años después, la administración Pastrana se despide con nueve títulos. Tres veces campeón del fútbol colombiano y una vez de la Copa Sudamericana. Más que las copas levantadas lo que más agradece el hincha de Santa Fe es el camino transitado, la nobleza de los recursos. Pastrana armó con los años un club ganador alrededor de jugadores que amaban al club. El lazo de la gente con la base del equipo fue un modelo ejemplar: Omar Pérez, Seijas, Otálvaro, Camilo Vargas, Morelo, Roa, Tesillo son casos extraños de pertenencia y gratitud. Pastrana logró semestre a semestre mantener prendido el fogón competitivo del equipo. Con mayor o menor talento Santa Fe ha competido como nadie en estos años.

 

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César refundó la forma de administrar a Santa Fe e hizo costumbre los indicadores verdes. Igualó al América en el récord de seis participaciones seguidas en Libertadores, siempre trajo ingresos y evitó las deudas. En tan solo unos meses el club contará con una de las mejores sedes deportivas del país.

 

Con su trato cercano a los jugadores, su conocimiento sobre el juego —muy por encima del promedio de los presidentes del país— basó su gestión en el fichaje de jugadores baratos y de bajo perfil que vestidos de rojo se salieron de la caja y la rompieron toda.

 

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Una muestra de los ejemplo más notorios: fichó a Mina a sus 18 años, a un Gordillo apenas correcto en el Chico, a  Baldomero Perlaza cuando se quemaba en la B con el Cúcuta, convenció a Roa de dejar sus estudios cuando estaba apunto de abandonar el fútbol, trajo a Dairon Mosquera y revivió a Wilder Medina cuando el periodismo lo sepultaba por su adicción.

 

Su habilidad para cerrar tratos, sumada a su capacidad para vincularse de verdad con los futbolistas, hizo de Santa Fe un lugar seguro para trabajar. En el hostil mundo del fútbol, son muchos los jugadores que hoy reconocen al “Presi” como a un padre y un guía personal. Eso de “La familia santafereña”, con él, no se quedó en un slogan fácil y vacío.

 

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Pastrana saca nota alta en (casi) todos los frentes que debe gestionar un presidente. Su única batalla, la que siempre perdió, fue la de aumentar considerablemente la hinchada de estadio. Por eso se va rabioso y retador de su cargo. En su entrevista con CM& lo vimos impotente y dolido por las 6.000 personas que vieron a Santa Fe clasificase a la Libertadores. Al  equipo que transformó, piensa, nunca se le hizo sentir desde las gradas el calor que se ganó con resultados… Se va agradecido con los catorce mil de siempre, que en honor a la verdad son menos.

 

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No sabemos si le faltó audacia e ingenio para seducir a los potenciales hinchas de estadio. No sabemos si Santa Fe es un caso perdido o si hay cuestiones transversales al fútbol colombiano y a la sociedad que superan las posibilidades de un presidente. Pero es una lástima que el mejor presidente de la historia de un club se vaya dándole una patada en el culo a su gente. Y al revés.

 

Foto:

deportesrcn.com


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