La maleta más grande del mundo

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En esta entrega de La No Historia del Fútbol, el escritor Daniel Canal explora las pruebas de fuego que Ferenc Puskas tuvo que superar antes de consagrarse como leyenda. 

 

Estaba sentado en un bar de Milán con una copa de vino tinto y un plato de bocadillos al frente. Era 1958 y Ferenc Puskás llevaba dos temporadas sin jugar fútbol, viajaba como gitano por Europa sin encontrar un nuevo hogar y pesaba catorce kilos más de los que debería. Si volvía a Hungría sería juzgado por traición a la patria y probablemente lo fusilarían en un callejón a mitad de la noche. Después de haber sido un héroe el mundo lo olvidó. Su vida cabía en una maleta.

 

Aunque el bar estaba lleno, Puskás parecía un fantasma. Le pasaban de largo sin determinar al hombre que hasta hacía dos años era el mejor delantero del planeta. Cargaba un oro olímpico y un subcampeonato mundial que nadie veía. Desde la revolución húngara de 1956, que estalló cuando jugaba un partido de visitante en Bilbao, Puskás se había negado a regresar al país.

 

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Recordaba cuando los reunieron en el hotel, a jugadores y cuerpo técnico del Budapest Honvéd, y les dijeron que había ocurrido un golpe de Estado. Un movimiento prodemocrático derrocó al gobierno socialista y querían llevar a cabo elecciones libres. En ese momento se ilusionó, podía ser un nuevo comienzo para Hungría lejos de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. No fue así, los socialistas recuperaron el poder, juzgaron y ejecutaron a sus detractores, y endurecieron su mano de hierro. La revolución terminó siendo un espejismo.

 

El no volver fue un acto personal y político que le cerró las puertas y condenó su carrera. Un golpe de opinión contra el régimen que le valió una sanción de dos años por parte de la FIFA y que el gobierno lo borrara de la historia húngara. Aplastaron su nombre. A los treinta años estaba acabado, era un dios del fútbol al que la política convirtió en mortal condenado al destierro y el olvido. De su gloria quedaba la sombra.

 

Un hombre que había estado mirándolo desde que llegó al bar se acercó y le preguntó para salir de la duda:

–¿Usted es Puskás, el húngaro Puskás?

 

Puskás subió la cabeza y lo miró a los ojos. Quería saber si le tenía lástima. Ya no estaba seguro de quién era. Él pensaba que los hombres son lo que son en el momento, en el presente, no podía vivir del pasado. Los recuerdos no pagarían la cuenta.

–No –respondió en un italiano atropellado–. Debe estar confundido.

–Perdone –dijo el hombre–. ¿Sí sabe quién es? El futbolista. Su parecido es impresionante. Sobre todo en la cara, pero debí notar que su cuerpo no es de… –El hombre se atragantó con sus palabras–. Perdone, no lo molesto más.

Puskás le dio un sorbo al vino, se comió un bocadillo y se miró la barriga. La había añadido un hueco a cinturón.

–Sí, sí sé quién es. El capitán de Hungría –dijo Puskás pensando en que nunca más jugaría para su país–. ¿Sabe qué ha pasado con él? ¿Dónde está?

–La verdad es que no –dijo el hombre apenado por el malentendido. No podía creer que hubiera cometido semejante error. El Puskás húngaro no estaría en un bar de Milán tomando vino a mitad de la tarde–. He oído que busca equipo sin suerte, incluso en América. También me han dicho que volvió a Hungría y fue juzgado, pero ya sabe cómo son las noticias más allá de Viena. No hay que fiarse, en la Europa comunista cuentan lo que les conviene. Es una lástima que haya desaparecido.

 

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Puskás pensó que en ese momento bien podría estar muerto, al fin de cuentas lo primero que mata es el olvido. Llevaba dos años vagando con una maleta de ciudad en ciudad, pero la sanción lo condenaba y los clubes lo miraban como a un leproso. Y después, cuando se cumplió la sanción, ya nadie lo quería. Estaba viejo y gordo para el fútbol y era un extranjero hasta en su propio país. Dos años fueron suficientes para enterrarlo. Con cada viaje su maleta se hacía más ligera y él se quedaba sin gasolina. Probablemente, a ese ritmo, terminaría trabajando en un viñedo en la toscana donde nadie lo conociera.

 

El hombre lo miró como si estuviera atando cabos y Puskás le dijo:

–Es una lástima, tiene razón. Yo también he escuchado que está en América escampando la persecución. –Respiró profundo y contempló la posibilidad de irse a probar suerte lejos de la Guerra Fría–. Si algún día se lo encuentra, dígale que en Hungría lo recordamos, y que, como usted, hay gente que lo aprecia.

Al hombre le pareció una coincidencia difícil de tragar que ese sujeto macizo también fuera húngaro.

–¿Usted es húngaro?

–Sí –respondió Puskás.

–¿Y ahora me va a decir que también juega fútbol y se parece a Puskás, pero no es Puskás?

–No, ya no juego, pero hubo un tiempo en el que jugué.

 

Aunque le tocara vivir como un vendedor por catálogo, golpeando de puerta en puerta y ofreciendo productos milagrosos que no funcionaban, por lo menos quedaba gente que lo recordaba. Así fuera poca, era un aliciente.

 

–Es una lástima que no sea Puskás, si lo fuera me gustaría invitarlo al vino y los bocadillos. Es lo menos que podría hacer por él.

 

Puskás sacó la billetera y algunas monedas que tenía en el bolsillo. Después de haber sido un héroe nacional y atender a banquetes en su honor, le tocaba contar monedas.

 

–El Puskás del que usted habla desapareció hace mucho tiempo –dijo con un tono solemne que le pareció raro en él. Después dejó un billete y monedas sobre la mesa y caminó hacia la puerta.

–¡Húngaro, espere! –dijo el hombre. Puskás siguió de largo–. Se le quedó la maleta.

 

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Era una maleta de cuero negra con cuatro ruedas abajo, dos broches metálicos que la cerraban en la parte superior y una manija. Tenía las esquinas peladas por el trajín de tantos hoteles, tantas ciudades, tantos viajes en tren. Puskás se devolvió afanado, no podía creer que se le hubiera olvidad la maleta.

 

–Gracias, es lo último que me queda –dijo con sinceridad.

–No se preocupe, todos tenemos altas y bajas. Más bien, si quiere agradecerme, dígale a Ferenc Puskás cuando lo vea que lo mejor está por venir. No se dé por vencido.

 

Puskás miró al hombre, lo estudió a fondo, quería saber qué tanto sabía de él. Después le sonrió y salió del bar perdiéndose entre la multitud. Esa noche partía a España y al día siguiente se reuniría con los directivos del Real Madrid. A los treinta años, con un pasado brillante y un presente terrible, era su última oportunidad de redimirse. Su maleta no aguantaba más viajes.

 

Foto:

Managing Madrid


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