Se busca: Harrison Otálvaro.

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Harrison es ese lugar común de la eterna promesa. Del jugador al que haber nacido para llevar la 10 le pesó en el alma, hasta llevarlo al olvido. Por eso –y porque todavía es un crack— lo estamos buscando.

 

Con 17 añitos, en el 2003, debutó con el América. Al poco tiempo ya era el cerebro del equipo. Avisaba ser un niño adelantado, inmune a la presión; un niño grande. Aunque en los tres años de diablo sus números no fueron excitantes, su sostenida creatividad le significó el rótulo de joya y la llamada de Lara para hacer parte de la mejor selección juvenil que esta tierra ha sabido parir: la del Sudamericano de 2005. De creativo (alternando con Seba Hernández, Marrugo y Toja, ¡qué suerte tuvimos!), ayudó a que Colombia saliera campeona. Y de paso, a que unos ucranianos ambiciosos lo quisieran cedido en el Dinamo de Kiev. Harrison les dijo que sí.  

 

Pero la joya no estaba listo para ganar en euros y en Ucrania la pasó mal. Fue el James Rodríguez del Dynamo de Kiev: en todo el 2006 jugó unos minutos en Champions y nada más. Ni un partido en Liga, ni uno en copa. Cero pollitos.

 

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Cabizbajo, con la confianza fracturada, volvió al  América para renacer. Lo logró. En su segundo round, del 2007 al 2009, mejoró lo hecho en el primero. Fue el cerebro del equipo que ganó la Liga del 2008. La luz azul de los flashes lo volvió a alumbrar. El Cúcuta preguntó por él y luego lo anunció como refuerzo flamante.

 

Del equipo de la frontera, sin brillo, saltó a Huracán, y de ahí, con pena y sin gloria, al León de Huánco en Perú. Fue una montaña rusa de descenso vertiginoso. Lo suyo, pensamos todos, no era jugar en el extranjero. También así lo entendió Millos, que lo repatrió con la ilusión de que con él el sueño roto y amarillento de ser campeón se hiciera realidad. Harrison trajo a Bogotá ideas (y goles) claves para la estrella 14. Además, la rompió en la Sudamericana. Luego, como buena eterna promesa, volvió a caer, hasta tornarse inofensivo. Hoy, si usted le pregunta por él a un hincha azul, recibirá como respuesta, además de una sonrisa melancólica, un “Cuando quería, Otálvaro hacía lo que se le daba la gana”. ¿Su recuerdo más feliz? Un gol agónico al Tolima. 

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Del Millonarios campeón saltó a Nacional: decepción. Y después al Tolima: otra decepción. Aún con cara de niño pero ya con 30 años y ambiciones adultas, no quiso decirle que no a los catarís que se consiguieron su whatsapp para ofrecerle petrodólares a cambio de un contrato con el Al-Shamal de segunda división. Sí, de segunda división en Catar.

 

Y allá está. Imaginamos que viviendo bien, viajando, comiendo rico. 31 años tiene. Solo uno más que Messi. Si lo ve, dígale que está pollo. Anímelo a que vuelva. Hágale saber que acá hay equipos que lo necesitan (pregúntele al Cali y al América). Que ya estuvo bien de petrodólares, que ya basta, que es hora de volver al fútbol. Vamos, Harrison. 

 

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Foto:

Futbolred


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