Tenemos que dejar de llorar con la tecnología y el fútbol

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La cosa es sencilla: la final del último Mundial en Brasil la vieron más de tres mil millones de personas. El fútbol del siglo XXI es una industria infernal que alcanza una dimensión política, económica y publicitaria incomparable con cualquier otra actividad humana. Y entonces, en el centro, de negro y solitarios, están los árbitros, señalados como nunca antes cuando en su condición de hombres se equivocan y determinan el devenir de los partidos que detienen al mundo. El fútbol de ahora, porque todo se ve, porque todo se registra, es el fútbol de los grandes números; y de los grandes escándalos arbitrales. Nunca antes este deporte había atravesado por tiempos de tanto malestar, sospecha y desprestigio. Por eso La FIFA puso a jugar al VAR, que ha llegado para quedarse.

 

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Después de  la final de la Confederaciones, el VAR quedó como una medida fracasada, maltrecha y falible. El sistema está para intervenir en jugadas determinantes. Así que los fallos en Rusia, primero en la semifinal, cuando el  central decidió no usarlo en el  polémico penal  no pitado al “Gato” Siva, y después en la final, cuando después de usarlo el juez se comió una roja del tamaño de San Petersburgo, consiguieron que las polémicas, en vez de apaciguarse, se incrementaran. El sistema falló en omisión y en hecho. Y el mundo del fútbol -incluidos árbitros, ex-árbitros y jugadores- no se han guardado los tomates y las críticas.

 

Para muchos, la FIFA ha vuelto a hacerse otro gran autogol.

 

Sin embargo, para no fallarle a la verdad, hay que escribir también que solo en la fase de grupos 35 decisiones fueron corregidas gracias al VAR. Ni Pepe contra México, ni Eduardo Vargas contra Camerún pudieron celebrar goles ilegítimos debido a la videorepetición. Se debe escribir, también, que algo de verdad hay en las palabras de Infantino que afirman que el sistema redujo la injusticia en el torneo.

 

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El debate no es a blanco y negro y hay muchas preguntas por responder. Pero detractores y defensores van montados en sus caballos de batalla y la discusión sobre el VAR – que es la gran discusión entre razón, técnica y pasión, entre modernidad y tradición- se ha hecho una pelea de sordos. Nadie parece estar dispuesto a ceder. El debate se ha metido en un estanco.

 

Así que ha llegado el momento de desarmar los argumentos, de dejar de disparar tweets incendiarios y reproducir las críticas radicales de lado y lado. La tecnología, como la evolución, es irrefrenable. En estos tiempos de viajes a Marte, de inteligencia artificial, de cámaras en drones, resulta ingenuo pensar con un alto en el camino. Nos guste o no, ha llegado para quedarse. La pregunta, entonces, ha de cambiar: ya no tiene sentido seguir cuestionándose si la tecnología debe entrar o no al fútbol. Es momento de pensar, con todas las neuronas, cómo carajos hacer para incluirla de manera más eficaz y feliz. Pues no hay vuelta atrás.

 

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