Fútbol de Barrio: Hernán y el Pitufo

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Hernán contrae los músculos de la cara, estos se hunden, parece un pez. Entrecierra los ojos, lentamente, aspira profundo, suena un silbido leve. Los clásicos plones antes del partido. Corinto bueno del barrio. Lo vende un cucho al que le dicen Macaco. Pitufo mientras tanto pisa el balón. Un Nike pinchado que le compró a su hijo cuando cumplió seis años. “El pequeño Steven. Ya tiene 13 y la pisa bien, pero le gusta más la bicicleta. Se la pasa montado”. Él a veces lo lleva los domingos a la cancha de la 65, para que juegue un rato. “Pero ese chino agarra esa cicla y se va, ¿qué puedo decirle?”.

 

Hernán es abogado, trabaja más que todo con casos infantiles. Bogotano, de papás y abuelos bogotanos, algo que casi no se ve. Estudió derecho porque de pequeño siempre quiso usar corbata e ir a los juzgados, posiblemente por el cariño que le tenía a su tío Orlando, un hombre alto, como el mismo decía “defensor de los indefensos”. Ese sueño se acabó a los dieciocho años, pero igual siguió estudiando y terminó.

 

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Siempre llega en su burra negra, con una botella de agua y el corinto de Macaco. Dice que se concentra más cuando inhala antes de jugar. Fuma marihuana desde los quince. No todos los días. Pero para el cotejo es necesario. Él y Pitufo son amigos de hace años. Se conocieron en esa misma cancha, ninguno se acuerda por qué empezaron a hablar. Hernán pelea por cualquier balón, es pata brava, le gusta picarle el ojo izquierdo a los otros jugadores cuando les hace falta; los emputa. Pero él dice que lo normal, que el fútbol es de fricción. Pitufo es rápido, no muy bueno enganchando, pero corre todas las diagonales.

 

Desde hace siete años que se reúnen a jugar, todos los domingos, de diez a lo que marque. Hernán aspira fuertemente el último plon. Se llena de humo los pulmones. Tose un poco. Habla haciendo fuerza en el estómago, con una voz ronca. Al gol y entran. Ya están listos para el juego. Tocan el balón desinflado. Veintiunita. Pitufo no fuma por más de que Hernán insista. Deja la pata sobre la silla de cemento, para más tarde. Se echa un poco de agua en el pelo y en la cara. Se amarra los tenis y espera su turno para pisar el balón, y que el domingo pase entre los raspones y los codazos. Fuera de la otra ley, esa que mira con desgano todos los días.

 

Foto por: José Fernando Bueno


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