Monólogos de un fracasado: Javier

181

Compartir artículo:

A Javier no le gusta el fútbol. A Javier lo obligan a que le guste el fútbol. Javier, definitivamente, no encaja en el fútbol. En su historia —que es la historia de muchos— la pelota se patea con dolor y con odio.

 

Monólogo primero

*

 

A mi madre siempre le ha gustado el fútbol. Juntas, con mi abuela, me van a ver jugar a cada partido. Mi padre también va y lleva la filmadora y unos sándwiches para los tres. Y claro, también carga ese orgullo paterno de que yo esté en un equipo. Ese orgullo que comparte con los amigos cuando saca pecho y dice: “mi hijo juega fútbol, si lo viera.” No sé por qué dice eso. A mí nunca me ha gustado el fútbol. Y no soy tan bueno. Pero siempre he estado en equipos y torneos. “Si te esforzaras un poco, Javier, de pronto hasta podrías ser titular. Mira que para tu padre es muy importante” . Pero yo no quiero ser titular. No entienden. Ni suplente. Ni nada. Tengo ocho camisetas de diferentes equipos y tres pares de guayos. ¡Y no me gusta el fútbol, maldita sea! Y todos los fines de semana me llevan a los torneos. Y allá, en la cancha, la misma historia de siempre. Yo en la banca pensando en el momento que esta ridiculez se acabe. Lo único que me gusta es que tengo un amigo. Andrés, se llama. Él también es banca. No porque no le guste el fútbol sino porque es un tronco. Andrés se sabe todos los nombres de los jugadores de cada selección y de cada club. Ha estado en más de catorce equipos y siempre lo terminan sacando porque: “con todo el respeto, señora Carmen, su hijo no mejora, ya lleva 8 meses y sigue en las mismas”. Pero él insiste. Insiste y nunca puede. Los compañeros del equipo lo molestan. Yo no lo defiendo. Yo también, como él, soy medio cobarde. Pero el caso. Me gusta sentarme en la banca a hablar con Andrés o verlo sufrir por cada partido de nuestro equipo. Bueno, nuestro equipo es un decir porque los dos, aunque él no lo quiera aceptar, no pertenecemos. Andrés es una buena persona. Solo creo que está equivocado. Fuera de que no me gusta el fútbol todos esos chinos me la montan. “Javier, ¿usted es como cacorro o qué?”. “Javier, ¿cómo no le gusta el fútbol, tiene problemas o qué?”. Pues sí, sí, sí. No me gusta el fútbol. De pronto tengo problemas. No sé si soy cacorro pero si lo fuera, ¿qué tiene que ver eso con el maldito fútbol? Si fuera cacorro, acaso, ¿no podría jugar bien? Me han dado ganas de mandarles la cara y pegarles una buena rumbeada para que piensen que soy homosexual y dejen de joderme la vida. Y me echen del equipo porque seguro eso haría el director. Sí, eso haría Carlos, el director de cuarenta que siempre dice: “acá nada de maricaditas, no vamos a quedar como unas niñas. Somos hombres, maldita sea, y tenemos que demostrarlo”. Pues no me gusta demostrar que soy hombre. A veces me dan ganas de ser homosexual y que todos me jodan. Sí, y que me saquen del equipo por andar tocando piernas y mandando besos. Solo quiero dejar de venir todos los fines de semana a esta cancha a no hacer nada. A sentarme y esperar y esperar. Y peor si me toca jugar. Qué jartera es aguantar la emoción de mi familia y mi papá gritando y moviéndose de lado a lado como un loco los pocos minutos que juego y los otros chinos puteándome si hago un pase mal o si no quiero correr. Ojalá me enferme o el doctor diga que me hace daño jugar fútbol. Porque si no un día de estos voy a matar a alguien o me voy a matar a mí mismo.

 

 

Monólogo segundo

**

 

La primera vez que jugué fútbol fue con mi papá. Él toda la vida quiso ser profesional, recuperador, pero una lesión lo mandó fuera de las canchas. “Si viera cómo jugaba yo. Era un seis puro, de los clásicos. En la mitad de la cancha nadie me pasaba y tampoco era malo repartiendo el balón. Su abuelo desde pequeño me llevó al estadio y me enseñó a patear y raspar. Como yo a usted. Es de familia.” Él dice que si no fuera por esa lesión habría sido un excelente futbolista y tendríamos mucha plata. “Mucha plata, para todo. Una casa con piscina, se imagina. Y unos cuatro carros. Qué verraquera. Hasta una finquita. Y usted una novia bizcocha. Pero no. Estamos vaciados.” Cuando se pone a hablar de su juventud yo me hago el que lo escucho y asiento con la cabeza. Pero estoy pensando en otras cosas. Me ha contado esa historia como trescientas veces y ya me sabe a chicle viejo. Y fuera de que no me gusta el fútbol me toca aguantarme esa carreta. Mi papá desde los 3 años me empezó a lanzar el balón. Y yo, desde esa edad, ya sabía que el fútbol no era para mí. Me corría siempre. No sé la verdad por qué lo recuerdo. Pero él me lanzaba el balón y yo me corría. Pero claro, como el viejo estaba y está todo frustrado, quiere que yo sí logre lo que él nunca pudo hacer. Pero es que acaso no se da cuenta ¿lo poquito que me importa estar en un equipo? No se da cuenta ¿lo poquito que me importa el fútbol? Preferiría salir a caminar por el barrio y comprarme un helado y quedarme algunas horas viendo a la gente pasear sus perros. Porque eso sí me gusta. Los perros. El helado. El parque. El aire libre. Libre de fútbol. Libre de todos esos idiotas insultándome. Libre de ese entrenador que va al baño a tocarse. Y mi papá también me obliga a ver los partidos. Todos. Y yo con ganas de leerme ese libro que me regaló mi tía. Pero no. “Los libros no enseñan nada. El fútbol. El fútbol sí le enseña a ser un hombre, crecer, saber defenderse. Así es la vida. Toca duro y mejor estar bien parado.” Y siempre la misma historia. Ser hombre y lo importante que es eso. Ojalá mis papás hubieran tenido otro hijo y que a ese hijo le hubiera encantado jugar. Y se fueran los cuatro: mi hermano, mi mamá, mi papá y mi abuela todos los fines de semana a los torneos. Y yo me pudiera quedar solo en la casa. Leyendo algo, viendo ese programa de los dos hermanos gemelos que tienen aventuras. Saliendo a comer helado y a consentir a los perros que pasean por el parque. Jugando con mi vecino a treparnos en los árboles. Y lanzarnos pequeñas pepitas rojas de un árbol que no sé cómo se llama. Lo que fuera. Lo que fuera menos jugar. Lo que fuera menos verle la cara de emoción a mi papá cuando entro a la cancha a no hacer nada. O escuchar sus gritos frustrados: “pero corra, no ve que no está haciendo nada. Métala la pata, hágale. Le he dicho que lo coja de la camiseta. Qué son esa falta de ganas.” Pero no. Soy hijo único. Hijo único de un padre que nunca pudo ser nadie. Una madre que le encanta el fútbol y siempre le sigue la corriente al esposo. Una abuela que tiene más de momia que de abuela.

 

 

Monologo tercero

***

Le zampé un beso al mono para que no me jodiera más. “Maldito maricón”, gritó desde el otro lado K, que me estaba viendo. El mono no alcanzó a reaccionar y lo llené de babas. Era mi primer beso. Y no es que me gustara el mono. Lo hice porque me tenía mamado. Apenas se dio cuenta de lo que había pasado, se quedó quieto, quieto, frío, no supo que hacer. Se puso rojo. Rojo, rojo, rojo. Abrió los ojos. Se limpió la boca. Me empezó a perseguir. Yo corría por toda la cancha y me reía. Aunque debo aceptar que estaba bien, bien cagado del susto. Pero me reía. Menos mal Carlos estaba en ese momento en el baño. Seguro se estaba tocando. Siempre hacía lo mismo mientras nosotros calentábamos. Lo sé porque una vez estaba que me orinaba y me tocó ir al baño. Y preciso, lo escuché haciendo esos ruidos raros. El mono me perseguía mientras todos me insultaban. “Cójalo y pégale bien duro por roscón”. Era raro. Siempre los veía mirándose entre ellos, tocándose la cola. Inclusive cogiéndose el pipí. Y ahora yo era el roscón. En las duchas se empelotaban y se empezaban a molestar. Y yo en la banquita, cubriéndome porque no me gustaba que me miraran. Y ahora yo era el roscón. Si le contaban a Carlos me iba a sacar del equipo y sería feliz por fin. Mentira, no creo que lo fueran a hacer. Disfrutaría más si me quedaba. Disfrutaría más sabiendo que era homosexual y diciéndole a todos: “tenemos un roscón en el equipo. Va a hacer cincuenta abdominales más y tres vueltas a la cancha”, mientras todos se reían. Y yo corriendo de lado a lado solo, o seguro con Andrés que por ser mi amigo le tocaría hacer lo mismo. Y los entrenamientos serían para mí un infierno, peor que el de ahora. Pero bueno. Ya qué. Le había zampado un buen beso a ese mono. Estaba destino a pudrirme en esa cancha.

 

Monologo cuarto

****

Estaban mi mamá, mi papá y mis abuelos. La comida era pollo guisado, papa, arroz y jugo de mora. Era un viernes en la noche. Al otro día tenía partido contra uno de los mejores equipos de la liga. Siempre nos habían ganado, o bueno, les habían ganado a esa partida de idiotas. A Andrés lo habían sacado del equipo. Le dijo al director, en una especie de trance, que era una mierda y nunca lo metía. Sí, Andrés, la banca de las bancas. El gallina. El “qué loquita”. Ese mismo, mi amigo. Se había parado frente a Carlos, frente a todos los del equipo. Y le había dicho que era una mierda. Yo me sentí feliz. Me sentí pleno por un instante. Pensé que el fútbol sacaba lo peor o lo mejor de cada uno. Algo bueno, al menos. Lo malo es que ahora estaba solo en la banca. Solo, absolutamente. Ya no tenía con quién hablar. Solo en el rechazo, sin Andrés. Estábamos comiendo mientras pensaba en mañana. En el estúpido partido. En ver a todos otra vez embarrados y con caras de perritos tristes. Estaba pensando en el vaciadón de Carlos. “Pero Camilo, se volvió marica. Cómo va a dejar que ese chino le haga la misma jugada tres veces”. Y Camilo agachaba la cabeza. Y todo el discurso otra vez dele y dele con la maricada y la homosexualidad. Y Camilo “que yo no soy marica”. Y Carlos “que sí lo es, no vio cómo lo dejó pasar. Ni siquiera le metió un codazo. Marica, marica.” No quería volver a esa cancha. A ese equipo. A ver a ese calvo cachetón insultando a todo el mundo. “Soy homosexual y odio el fútbol. Y no es porque sea homosexual. Y no quiero volver a esa cancha. A esos entrenamientos”, grité en plena comida. Y todos se quedaron en silencio. Como si alguien hubiera muerto. Y ya veía al demonio subiéndosele a mi papá por el cuerpo. Y alistando la correa.

 

Espere, el jueves 13 de Julio, el Monólogo quinro de Javier…

 


Lo más leído