Contra Nacional no se apuesta

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Pedro Soto, un hincha verde, nos cuenta cómo gozó aquella vez en la que su Nacional se comió a Millos en el Campín.

 

Era el año 2006, y si la memoria no me falla, el torneo todavía se llamaba Copa Mustang. Nacional vs. Millonarios en el Campín. Modestia aparte aquel es un de los mejores Nacionales que he visto en mi vida. Con Aldo en sus años jóvenes, ‘Aristi’ y Galván a punto del retiro, Vladimir Marín rompiendo la banda izquierda y el ‘Ringo’ como eje central. Pero no eran solo nombres, no, ¡cómo jugábamos de bien! Le habíamos pintado la cara a Cerro en Paraguay y a Rosario en Argentina. Todo era felicidad, agrande, confianza.

 

Y sin embargo, contra Millonarios, poco importaba lo anterior, ni cómo llegaban ellos en la tabla, nada. El clásico es un mundo aparte y perderlo, al menos por unos días, deslegitima el resto, lo hace amargo, le quita peso. Y pasa que en ese mundo aparte uno se permite estupideces. Apuestas locas. De perder Nacional, debía ponerme la horrible camiseta azul. De ganar, él tendría que modelar con la hermosa camisa verde.

 

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Él se llama Juan José, es un amigo del alma y sabe mucho de fútbol (algún día dirigirá la Selección Colombia), pero cuando de Millonarios se trata, pierde toda objetividad y toda lógica. No se lo fuma nadie. Recuerdo sus enunciados venenosos, “la rosca paisa en la Selección”, “los árbitros siempre a favor del verde”, “que los laterales de Millos eran los mejores del país”, “que todos subestimaban a los cracks azules”, “que no había un 10 en todo el mundo que fuera mejor Gabriel Fernández“, “que Galván y Aristizábal ya parecían exjugadores”, “que había que respetar al más campeón” (aún lo podía decir)… Y yo, ahí, mirándolo con rabia al ‘Juanjo’, impulsivo y desafiante, le di el empate, y eso que era en el Campín.

 

Los días previos fueron lo de siempre, estadísticas, comparaciones, burlas. Éramos varios los que sonreíamos de solo imaginarlo vestido de verde, incluso los amigos hinchas de otros equipos. “Le hormaría hermosa, pegada a la piel, la del verde verde”.

 

Sin meterme a Wikipedia, sin investigar, puedo decir que me acuerdo de cosas puntuales. De las barras, claro, de ese ambiente infernal que se vive en El Campín en los Millonarios-Nacional. Me acuerdo de tener calor a pesar de que era una noche fría. De emocionarme con tantos hinchas verdes, y de pensar en que ese marco, esa euforia, es única en el mundo. Me acuerdo de tener miedo, no porque no confiara en Nacional sino porque la apuesta era excesiva. ¿Para qué sufrir de más? ¿Para qué sumarle ansiedad a lo que ya es suficientemente ansioso? Recuerdo pensar en cancelar la apuesta y que cada uno por su lado celebrara o se consolara con los suyos. Pero aguanté, guardé el celular y me resigné a esperar el primer pitazo.

 

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Recuerdo el primer gol de Héctor Hurtado y esa paz interna incomparable de llamarlo a ‘Juanjo’ inmediatamente para preguntarle por su talla y echarle sal a la herida recién abierta. Me acuerdo de un vacío asqueroso después de un tiro libre de la madre de Gabriel Fernández (la ponía donde quería), de sentir que el partido simplemente no acababa, que eran tiempos de 100 minutos… hasta que Galván, después de un despejo horrible del arquero Irigoyen (que malo eras, Irigoyen) puso el 2-0. Recuerdo reírme, reírme y gritar, y seguir riéndome cuando ya nadie más gritaba, como un loco.

 

Eran otros tiempos, los celulares no contaban con cámaras supersónicas ni todo se registraba obsesivamente como ahora. Lamentablemente no hay registro alguno de Juan José con la camiseta del más grande, excepto en mi memoria y en la suya. Pues cuando hablamos de fútbol y se pone altanero, cuando se agranda, recuerdo haberle enseñado que con la camiseta no se juega. Al menos no contra Nacional.

 

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Foto:

Futbolred.


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