Por qué odio a Luis Suárez

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Luis Suárez es de extremos: se odia o se ama. En las siguientes líneas, Nicolás Crettex condena a Luis Suárez, y a todos los tramposos, por ser el cáncer del fútbol.

 

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Decir que no disfruté de la remontada del Barca al PSG sería mentiroso. La gesta fue fenomenal y no dejó indiferente a ningún futbolero. Sin embargo, tampoco puedo negar que la forma en que se dio me dejó un sinsabor ineludible. La verdad es que no puedo ignorar el piscinazo de Luis Suárez. Cuando lo vi, me atropelló un malestar tan nauseabundo que tuve la necesidad de despacharme en su contra.

 

No pretendo dictar aquí una clase de ética, menos de moralidad, pero considero que el fútbol, aun tratándose de un simple juego del que algunos pocos privilegiados pueden vivir, debería regirse por ciertos códigos más allá del reglamento FIFA. ¿No es acaso toda expresión artística, en la que incluyo al fútbol, otra expresión de nuestra mismísima humanidad, de nuestros valores? Pues parece que no. El piscinazo de Suárez puso de manifiesto que la dinámica del fútbol moderno se ha inclinado más a favor de aquel modus operandi que entiende que el fin justifica los medios; que la trampa, si sabe hacerse, si no es vista, si no se sanciona, puede llegar a convertirse un recurso lícito del juego

 

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He oído toda clase de defensas sobre la acción del penal que simula Luis Suárez: “eso es malicia indígena”, “picardía”, “es fútbol en estado puro”, “lo aprendió en el potrero” y, la ganadora, “saber hacerlo tiene su arte, su mérito”. ¿Desde cuándo se volvió popular defender lo que a toda vista es inaceptable? Defender la trampa, o peor aún, contextualizarla, no la legitima.

 

El peligro real de todo esto es que se está justificando la trampa bajo el pretexto de que es ingenio y habilidad. Y haciendo esto estamos equiparando conceptos diametralmente distintos. Dejemos el engaño: cuando se bota, Luis Suárez está irrespetando y deshonrando simultáneamente a su profesión y a las personas que se ven afectadas por la simulación. No, no todo vale para ganar. Porque no hay mayor espectáculo, mayor oda a este deporte, que un enfrentamiento justo y transparente entre un delantero y un defensa. No hay nada más lindo que cuando al fútbol se le responde con más fútbol. ¿A dónde estamos dejando que se vaya todo eso?

 

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Podrán decir lo que quieran, pero el olimpo deportivo le pertenece a aquellos que han hecho carrera rehuyendo sistemáticamente a la efectividad del engaño, a aquellos valientes que creen en un código de honor por encima de todo a la hora de jugar a la pelota y, sobre todo, a los que inspiran y aspiran a ser los mejores tan solo siéndolo. Que el fútbol nunca le pertenezca a los tramposos.

 

¿Es Luis Suárez el mejor 9 del mundo? No, no lo es y por el bien del fútbol jamás debería serlo.

 

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