La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón.
Con eso vienen los Mundiales y, en menor medida, las Copas América, con una obligación tácita de hacernos ver todos los partidos. No los importantes, no los buenos, TODOS los partidos. Eso para después, en las discusiones de bar, pavonearnos con la hoja de vida: “En Corea y Japón solo me perdí el Rusia-Túnez porque al güevón de mi papá se le olvidó despertarme. De resto, de ahí pa’lante, me los he visto todos”.
Así somos. Arrancamos tan motivados que en fase de grupos un Paraguay-Catar nos parece la panacea. No por el partido, sino porque es un partido y nosotros “no nos vamos a perder ni uno”. A medida que pasan los días, en el camino, van cayendo los primeros, los que se quedaron sin excusas para el jefe, a los que se les atravesó un bautizo, los que no pudieron vencer a la modorra que viene después del ajiaco del domingo donde la abuela. Y si uno se pierde uno, entonces se da llicencia de perderse dos, tres y ahí todo se va a la mierda.
Cuando Colombia queda eliminada —o sea siempre— la vuelta se hace más jodida. Y aunque es un sacrilegio dejar de ver un mata-mata por voluntad propia, los más débiles comienzan a escoger a dedo. Brasil vs. Argentina, seguro; Argentina vs. Venezuela, yo creo que sí; Venezuela vs. Bolivia, mmmm. En el camino mueren los menos aptos y sobrevivimos los más fuertes (y los más idiotas).
Y entonces llegamos a él. La final es la final, pero antes viene el “boss”, ese monstruo temible, implacable, el último obstáculo para pasarnos el nivel. Un partido descafeinado hasta la madre, aburrido para espectadores, entrenadores y jugadores, que están ahí por obligación. Porque nada, ni las ficciones de revancha, ni la polla de la oficina, ni Messi, ni Vidal, nada, puede hacer que el penúltimo partido sea interesante.
El “tercerycuarto”: ese partidito diseñado especialmente para que los futboleros podamos reafirmarnos como “muy futboleros”. Entonces, si usted llegó vivo hasta acá, ni por el putas se lo vaya a perder.
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