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Ya han pasado siete años desde aquel Mundial Sub-20. Luisito fue el goleador de Colombia y el segundo goleador del torneo. Recuerdo especialmente el primero del doblete que le hizo a la Francia de Griezmann: enganche corto y definición pegadita al palo con un estilo casi messiano.
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Siete años han pasado, una eternidad en tiempos del fútbol. Por eso es que uno ve a Muriel y se hace consciente del paso del tiempo. En 2011, debido a mi juvenil inexperiencia, probablemente, juré que el nueve de Colombia iba a llegar a la cresta del fútbol mundial. Y al revés. Año tras año se ha ido difuminando. Ni en el Udinese, ni en la Sampdoria, ni en el Sevilla, ni con Colombia: Muriel todavía no ha llegado al punto de inflexión que fue Brasil 2014 para James. Y ya no llegará.
Luego de una temporada 2017/18 irregular y con la llegada de Pablo Machín al banco, parece que el Sevilla ya no contará con él. Allí siempre lo han entendido como nueve de área y los medios ya anunciaron que el club pondrá 40 millones de euros por Mariano, el ex Real Madrid que la rompió en el Lyon la temporada pasada. Además, André Silva, el delantero que llegó del Milan para esta temporada, arrancó la Liga con un hattrick y parece ser muy del gusto del DT. Y no nos olvidemos de Ben Yedder. En fin, como está la cosa sería el cuarto delantero y lo mejor que puede hacer es irse. De hecho, ya se habla de una posible cesión al Sporting de Lisboa.
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Un equipo grande de Portugal, sí, pero muy por debajo de lo que esperábamos (o esperaba yo) para el Muriel de 20 años que se iba a comer el mundo. A sus 27 estaría dando su primer paso atrás. Y mejor eso que no jugar nunca, claro, el tema es que ya da la sensación de que para siempre será un casi crack. Otro más de esa lista interminable de jugadores con condiciones extraordinarias que nunca lograron cumplir su promesa.
Para intentar justificarlo se ha puesto de moda decir que el problema han sido la falta de oportunidades y la incomprensión de sus entrenadores que nunca lo pusieron a jugar de extremo por afuera. Pero, primero, sería terco no reconocer una responsabilidad individual en una circunstancia que ha sido tan recurrente y, segundo, el hecho de que su posición siga siendo tema de discusión termina de confirmar que Muriel no ha sido determinante en ninguna de las dos.
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Ya no más. El problema no es de Pékerman, ni de Berizzo, ni de Montella, ni de Caparrós, ni de Machín, ni de nadie. El problema es de Muriel.
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