La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón.
En el 2011 tuve la suerte de ir a la Copa América en Argentina. Aunque a Colombia no le fue bien, Falcao se comió un penal que dolió en los huesos contra Perú en octavos y Paraguay, el subcampeón, llegó a la final sin ganar un solo partido (¡!), fue una linda Copa. Sentí de cerca la mística que recubre los estadios más lindos de Argentina, vi a Messi y a Suárez en vivo y me comí los mejores choripanes de la tierra.
Me acuerdo en este espacio de aquella Copa porque me dejó un recuerdo (más bien una lección futbolera), que desde entonces no se me olvida y que viene bien para pensar el inicio de la era Queiroz en la Sele.
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Tuvo lugar yendo a ver Paraguay vs. Brasil por primera ronda, en un bus, conversando con hinchas paraguas. Como pasa siempre en las charlas previas, discutimos sobre el panorama de nuestras selecciones e hicimos las respectivas cuentas. La famosa fórmula del qué pasaría si….
Naturalmente, no me acuerdo qué tenía que pasar para que Paraguay y Colombia clasificaran, pero me acuerdo con claridad de lo que dijo, contundente y categórico, un hincha paraguayo (con buena cantidad de vino en la sangre) cuando le preguntamos sobre a quién prefería enfrentar en una hipotética segunda ronda.
–A Brasil. De una vez contra Brasil. Preferir a este o aquel es de amargos. Paraguay tiene que ganarle a cualquiera.
Fue una lección, digo, porque desde entonces me aproximo a las ambiciones de la Selección de otra forma.

Si en Paraguay, un país siete veces menos poblado que Colombia, con menos tradición futbolística, con menos talento, se vive el fútbol sin temor, sin complejos, cómo no sentirlo así acá que tenemos a James, Juanfer, a Falcao, acompañados de una base de jugadores que juegan todos en equipos de renombre en Europa.
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Desde esa vez, me propuse corregir ese default tan nuestro que, alimentado por la compulsión por quedar bien y ser políticamente correctos, nos lleva siempre a pedir mesura, contención, y a castrar las ambiciones correspondientes a nuestra calidad y jerarquía.
Ahora, con un nuevo técnico de mucha categoría, después de ocho años felices en los que fuimos a dos Mundiales y nos acostumbramos a estar en el top 10 de equipos FIFA, ha vuelto a pasar. Leyendo a periodistas deportivos y tuiteros, parece que volvimos a creernos el cuento de que es un valor y una virtud quitarle presión al nuevo proyecto y pedir calma y paciencia para la Copa América. Llamarnos favoritos suena a herejía y el “hay que dejar trabajar” es el mantra de todos para blindarse ante un eventual fracaso.
Pues no. Ya no estamos para eso. Queiroz debe acelerar a todo motor, encajar las fichas –ya todos se conocen y compiten en la élite– y plantearse con frontalidad y riesgo ser campeón de América.
Creo que nos llegó la hora, a todos, periodistas, hinchas, jugadores y cuerpo técnico, de creernos el cuento de verdad y saber que esta generación irrepetible, la más competitiva jamás, está obligada a ganar cada partido que juega. Nos llegó la hora de preferir la temeridad, incluso la ansiedad competitiva, y empezar a sentir con dolor cada proyecto que no traiga copas.
–Y que se venga Brasil, Colombia tiene que ganarle a cualquiera.
Foto:
El Colombiano.





