A mi equipo chico

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Son muchos los que juegan al fútbol pero pocos los que ganan. En tiempos de finales, los hinchas de equipo chico suelen estar callados. Esta carta de Juan David Puyana Mantilla rompe el silencio y grita “los chicos también vivimos el fútbol”.

 

Entre hinchas todo parece reducirse a dos tipos de equipos: los grandes y los chicos. Los lunes en la oficina nunca faltará el hincha de equipo grande (el que se jacta de ser el más veces campeón) lanzándose contra otro que toda su vida ha seguido a un equipo humilde, sin títulos ni estrellas, sin grandes cantidades de dinero y en algunos casos –como el mío– que ni siquiera tiene un estadio.

 

(Le contamos del buen momento que tiene al Tolima en la final)

 

Cuando arranca la montadera pareciera que el grande es invencible y que el chico debe quedarse callado, esperando que alguna vez las cosas se le den. Que alguna vez, en un día remoto, el fútbol le entregue eso que tanto ha añorado en esa infinidad de domingos en los que ha ido al estadio. Le toca esperar, sentado en la tribuna, junto a otro par de ingenuos que esperan por lo mismo: una estrella.

nunca faltará el hincha de equipo grande lanzándose contra otro que toda su vida ha seguido a un equipo humilde

Hace un semana, en Ibagué, se enfrentaron mi Bucaramanga del alma y el Tolima, dos equipos sin renombre y sin grandes figuras, cuya única ilusión es y siempre ha sido, enamorar a su gente. Nada más. Los cancheros de equipo grande, esos que se las saben todas, nos atacan con una insulsa frase de cajón: “ustedes dicen que no quieren ser grandes porque nunca han ganado nada, porque no saben qué se siente”. Pobres.

 

Porque ser grande (de verdad) va más allá de ganar títulos, de figurar en los periódicos deportivos o romper el mercado cada seis meses. Los equipos son grandes por como llegan al corazón del hincha, por como lo hacen soñar. Y el hincha de equipo chico es sobre todo eso, un soñador. Llega todos los domingos a sentarse en el mismo tablón, a mirar al cielo y a pedirle a los que ya se fueron que desde arriba gestionen la fiesta, a ver si ese año por fin le toca celebrar a su equipo. El hincha de equipo chico  no quiere montársela a los demás; le basta con poder llegar un lunes cualquiera a la oficina y decirle a su colega: “¿viste?, salí campeón”.

 

Después de ver a la hinchada del Tolima, no me queda más que desearles lo mejor. Fueron los justos ganadores del partido y de mi respeto.  Ese día entendí que, como yo, ellos solo sueñan con ver a su equipo en lo más alto. Después del pitazo final, en medio de un centenar de personas, un tolimense me dio la mano y me dijo: “buen equipo, que en los penales gane el mejor”. Así fue. Ganaron ellos que nos metieron en un arco todo el partido.

 

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Domingo a domingo esperando calladitos una final. Foto: DeporteTotal

 

Me habría gustado haber visto a mi equipo por primera vez en una final. Me habría gustado pensar obsesivamente toda la semana con ese domingo en el que podríamos levantar la copa. No pudo ser. Aun así seguiré esperando paciente. Seguiré soñando, como siempre lo he hecho, con el día en que me pueda fundir en un abrazo eterno con mi tío, celebrando, en medio del llanto, todo lo que hemos sufrido por esta camiseta amarilla. Es ese sufrimiento, tío, el que nos ha hecho amar cada día más al Bucaramanga.

 

Por todo esto, me atrevo a decir que hay cosas que el hincha de equipo grande nunca entenderá. Nunca sabrá lo que es el orgullo por una camiseta que no tiene estrellas en el pecho. Siempre será ajeno a la ilusión que produce jugar en los estadios más grandes. Y nunca, pero nunca, entenderá, el amor incondicionado, un amor que no requiere de títulos, que se conforma con poco y siempre lo deja todo.

 

(Lea también: El arquero es así)

 

A mi equipo, el Atlético Bucaramanga, infinitas gracias. Por hacerme feliz a mí y a otros miles de hinchas. Porque cerramos los ojos y hasta el último minuto creímos que Payares la iba a volver a meter de cabeza; que era posible que Pérez, de tiro lbre, nos pusiera en la final. Gracias por las triquiñuelas de Mauro en el área, por el sacrificio de nuestro capitán, por las fantasías de Cataño que nos hiceron creer que estabamos en el Camp Nou, y por las genialidades de Darío que nos sacaron las lágrimas. Gracias a todos. Gracias por tanto y perdón por tan poco.

 

Gracias a mi tío (ya llegará el día en que volvamos a ir juntos a la cancha), a mis abuelos y a mi bisabuelo por darme el mejor regalo de la vida. Por hacerme hincha del Atlético Bucaramanga.

 

Y a los hinchas de equipo grande, no se esfuercen por entendernos, déjennos solos en nuestra locura. Así es más bonito.

 

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