Así le ganó Brasil 2-0 a Argentina y se clasificó a la final de la Copa América Brasil 2019.
En las casas, los sofás llenos y las cervezas frías. En los palcos del Mineirao, Neymar con facha de gala –y Bolsonaro saludándolo–. En la raya, Tite y Scaloni con los ojos inundados de ansiedad. Todos listos, todos preparados para ver el partido que tantas veces hemos emulado en la play.
Empezó apretado. Con el nervio que tienen tatuado todos los clásicos y los dientes tan apretados que podrían quebrar más de una mandíbula. Argentina aguantaba, llenaba la cancha a lo ancho, invitaba al parejo a bailar. Brasil, sin desbocarse, pero sin terminar de afinar a toda la banda, tocaba y no llegaba.

Apareció entonces, en medio de tanto nervio y tanto diente apretado, el MVP del torneo. Dani Alves, Don Dani, sacó un sombrerito y vio como Paredes surfeaba a su lado justo antes de tirar un No-Look Pass para Firmino. Cóctel exquisito. Mejor gol de la Copa.
La noche eterna se anunciaba en Argentina pero estuvo Messi, el que ahora habla dispuesto con la prensa, el que ahora canta el himno de la nación con fuerza en la garganta, el que activó por fin el modo bestia. Y bajó a recibir para iniciar las jugadas, tejió paredes en la mitad para crearlas y pisó el borde del área para terminarlas.
Otra vez la rutina de lo extraordinario y el olor a consagración de Dios con la Argentina.
Y aunque para el segundo tiempo se sumaron más voces al ascenso de Leo – como Lautaro con un taconazo maravilloso– Brasil se encargó de acallar lo máximo posible el rumor de empate. Scaloni, además, no quiso ganarse el diploma de técnico real y sacó a De Paul.

En cambio Brasil esperó la contra justa. Gabriel Jesús cabalgó media cancha, dejó tirado a Otamendi en el área y la sirvió, apenas para cobrar, a Firmino.
Se levantó el “oooooolé” en la tribuna. Hoy sin tanta samba pero con suficiente contundencia. Sin tanta carcajada pero con la eficacia justa. Brasil está en la final. Y Messi, otra vez Messi, con la cabeza baja y la mirada perdida.
Foto: Invictos




