¡Brasil en su salsa, en su casa, jugó, más que con Bolivia, contra la afición exigente que no le comió cuento al 70% de posesión. “A nosotros nos importan los goles, meninos, el balón lo hemos tenido toda la vida”. La propuesta: 4-3-3, libre, alegre y autónomo en todas las posiciones de arriba. ¿La de Bolivia (el otro rival)? Aguantar al como sea, metidos atrás con un 4-5-1 cerrado, con los huevos en las manos, honrando al fútbol camachista.

La primera parte, costumbre en Brasil, estuvo llena de fintas y lujos, de Neres por izquierda y de Richarlison por derecha. Ambos, sin compañía clara, complicaron a sus marcadores, pero hasta ahí. Pues ante la rocosidad y disposición de los obreros bolivianos, no encontraron la magia de Coutinho o un pase de Firmino que rompiera la muralla y los pusiera de cara al arco.
Todo el Morumbí abucheó -¿injustamente?- a su selección. Para calmar el fastidio en las tribunas la banda salió a por el gol, con los chiflidos todavía rezumbando en los oídos. Y lo consiguieron rápido, por un error infantil. Ataque feroz, centro picante, mano en el área y penal: bomba raspa-césped de Coutinho y adentro.
Apenas llegó el primero, como lo esperaba todo el mundo –hasta la misma Bolivia–, Brasil se sintió libre y paseó el balón frente a la cara de Lampe. Ahora, contrario a la desconexión de antes, todos se sumaron al baile de los extremos: Fernandinho subió más de lo que Guardiola le tiene permitido en Inglaterra; Coutinho, sin presión y encendido por el gol, devolvió cuanta pared le dieron; y los laterales explotaron la raya.

Y, bueno, Bolivia se enfrenta a un rival así cada dos años, así que qué otra cosa podía pasar. Tiqui, taca, tiqui, centro y pac, Coutinho de cabeza, gol, desespero boliviano y más y más huecos. Tic, tac, Everton por la banda, enganchó hasta encontrar el roto y listo: 3-0 y pa’ la casa.
“This is Brasiul”.
PD. El que no entendió el final que vaya a cine de vez en cuando.




