La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón.
No me gusta Santi Arias, el futbolista. Eso desde hace rato. Recuerdo con escozor a mi vergonzoso Yo adolescente puteándolo desde la tribuna en el Mundial Sub-20 de 2011 que se jugó en Colombia. Ocho años después, a pesar de que he madurado y ya no lo insulto, Santi sigue sin gustarme. Es un lateral derecho que —en medio de mis delirios de entrenador súper-ofensivo— nunca quisiera en mi equipo. Me parece plano. Me disgusta su falta de asertividad y confianza cuando va al ataque y creo que para el desprestigiado arte de “defender y nada más” hay otros que lo hacen mucho mejor.
Santi Arias, el tipo, en cambio, me cae bien sin conocerlo. Me cae bien porque durante años su figura se ha burlado de la mezquindad de este pueblo envidioso. De la mía propia. Porque ante su descomunal éxito y su intachable carrera no se nos ha ocurrido nada distinto que tildarlo de “futbolista sobrevalorado”.
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Nunca un colombiano tan bueno había provocado tanto odio y tanta sevicia. Maluma y los reguetoneros vulgares por lo menos son eso, vulgares. Santi es buena papa, respetuoso, un futbolista que públicamente nunca se ha metido con nadie y jamás ha tenido un escándalo de nada. Por eso, una derrota en octavos de final de Champions contra Cristiano Ronaldo se presenta como una oportunidad de lujo para írnosle encima.
Como el deporte nacional es caerle al caído, en Colombia se responsabilizó a Arias del fracaso del Atlético. En redes pulularon insultos, burlas, memes y comentarios especializados de gente que sabe mucho de fútbol en los que se montaron teorías para explicar por qué Santiago había sido culpable. Ciertamente no fue brillante, pero no fue el peor y mucho menos el responsable. En ataque hizo lo mismo que sus compañeros, nada, y en defensa fue de lo que más se notó. Hasta donde pudo fue resistencia para el triángulo del infierno que montaron por su banda Spinazzola, Matuidi y Cristiano Ronaldo. Eso cuando Bernardeschi no quiso atormentarlo también.

La pregunta es por qué. ¿Cuál es la necesidad de despedazarlo? Debe ser que figuras así, como la de Santiago, son las que con más claridad proyectan nuestras frustraciones. Trabajamos en algo que no nos gusta, ganamos mucho menos de lo que creemos que nos merecemos y llevamos cotidianidades desbordadas de ansiedad, entonces la figura del hombre común, sin talento excepcional, que a punta de constancia y disciplina militar está jugando en el Atlético de Madrid simplemente nos desencaja. Es algo que no podemos controlar, palabras que se escriben solas, descalificaciones que se nos escapan de la boca. La cosa es que mientras acá nos hacemos mala sangre, Santi seguirá jugando en el Atlético de Madrid, seguirá yendo a la Selección y —sobrevalorado o no— seguirá siendo uno de los futbolistas más exitosos de la historia del país
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Ahora resulta que como se lesionó por corretear a Spinazzola, no son pocos los que se alegran por que no vaya a estar en la convocatoria de la Selección Colombia para los amistosos de marzo. El reemplazo seguramente será mejor, seguramente será mucho más talentoso, pero nunca, nunca, nos producirá tanta envidia.
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RCN



