La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablelbalón.
La clasificación a cuartos de final eclipsó a ese equipo sin gol, de mucha pata y poco juego, que en febrero, de milagro, se ganó un cupo al Mundial en el Suramericano Sub-20 de Chile. “Pura chepa y alístense para el papelón que nos vamos a mandar en Polonia”, dijo más de uno. Y resulta que no, menos de un semestre después, aquel equipo frágil está —merecidamente— dentro de las ocho mejores selecciones del Mundial Sub-20.
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Arturo Reyes, a priori señalado como el culpable del mal juego del equipo, cerró un par de bocas y logró que Colombia, en poco tiempo, diera un salto grande a nivel táctico y mental. Si llegamos a Polonia en medio de una nube de dudas, hoy sentimos que algo grande puede pasar.
El primer acierto del técnico fue sumar al ‘Cucho’. Su sola presencia le dio madurez y cerebralidad a un puesto que no supieron ocupar otros a los que se los devoró la ansiedad de cara al arco. En el mediocampo cambió la distribución y migró del tosco doble 6 a un trivote polivalente y mucho más dinámico. Andrés Perea, Jaime Alvarado y Andrés Balanta (más atrasado) han hecho que el paso por la mitad sea más cómodo y que el balón le llegue limpio a las culebras (Iván Angulo o Luis Sinisterra) que tenemos por las bandas. Así, el equipo se ha visto más fresco y mucho más equilibrado. Las transiciones al ataque son más lentas que antes, pero ahora defendemos más lejos del arco de Mier y sumamos muchos más hombres en la zona de gatillo.
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Y si tácticamente la gestión ha sido brillante, Reyes parece estar sacando a la luz unos dotes de líder excepcional. Mentalmente Colombia ha sido una roca. El equipo, que a Polonia llegó señalado por las dudas que dejó en el Suramericano, le ganó con autoridad al anfitrión en su debut; se recuperó de una derrota contra una Senegal que fue superior; y mantuvo la cabeza para no complicarse contra Tahití. En octavos contra Nueva Zelanda, cuando la tanda de penales se fue a un punto crítico, los pateadores y el arquero Mier —bendito sea este muchacho—, mantuvieron el foco y le dieron vuelta a una situación a la que pocos jugadores veteranos saben enfrentarse. De cara a los cuartos, hoy parece que la actitud de este equipo juvenil ante la adversidad —contra todo pronóstico— es su mayor fortaleza.
Salir campeones del mundo, muy a pesar de las buenas sensaciones, será difícil. Claro que quisiéramos llegar a una final, a una semifinal, pero solo ver esta evolución ya merece un aplauso. Reyes sacó oro de este Mundial. Que ese grupo de niños débil, frágil e inmaduro que vimos en Chile sea hoy una selección peligrosa, confiada de sí misma, con una idea de juego clara y sin complejos de cara a lo que viene es un logro impresionante, y mucho más en esta categoría en la que lo más importante no deben ser los títulos.
Nos está cerrando el pico, Arturo.
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