¿Quién no se ha hecho esa pregunta? Todos los futboleros hemos pasado ratos amargos que nos ponen a dudar porque queremos tanto un objeto esférico. También hemos alcanzado tal estado de nirvana que nos avergüenza el poder espiritual que tiene un juego sobre nosotros. Felipe Maldonado así lo siente, y trató de responderse lo irrespondible. De su esfuerzo quedó un hermoso recuento del por qué vive su vida bajo la metáfora por excelencia del futbolero: el fútbol es como la vida.
A veces me pregunto por qué me gusta tanto el fútbol. De vez en cuando me cuestiono por qué me obsesiono con un deporte el cual ya casi ni practico, ni tampoco veo por televisión con la manía de unos tantos años atrás. Rebuscando en los escombros de mi limitada y escasa literatura me encontré con la respuesta. Y fue lindo. Siempre es lindo ver brillar algunos sentimientos sobre el papel, tan exagerados como personalmente ciertos, de esos que sirven para darnos cuenta de que estamos vivos. Es así como descubrí que el fútbol para mi representa algo tan grande e intangible como la felicidad, ese lugar común al que el hombre siempre quiere llegar. Entonces escribí una humilde analogía entre el fútbol, la felicidad y la vida.
El fútbol:
Valores. Es como la vida misma, o tal vez debería serlo. Es un juego que se hizo para valientes, para renacer del peor de los fracasos, para derrotar las dificultades y para levantarse, una y otra vez, en busca de ese ingrediente esencial en la vida del ser humano: la felicidad. Para levantarse ante la adversidad más irreversible, tal y cual como sucedió el milagro ‘Red’ un mayo de 2005 en Estambul. Valentía.
Una felicidad proveniente del esfuerzo, la constancia y la disciplina. El fútbol nos presenta constantemente un escenario donde se reta nuestra capacidad de tolerancia y de compañerismo, donde se expone la amistad y la incondicionalidad. Todos valores cimentados en la lealtad, como lo demostró un chico romano ese día en que decidió no abandonar nunca su ciudad, su club ni su gente. Amor.
Un escenario donde se ponen a prueba los valores propios de las personas, donde se puede reflejar la decadencia del ser, o bien la belleza de la naturaleza humana.
Como ese abuelo que lleva a su nieto a la cancha para llorar juntos de emoción. Vida.
Este deporte, a pesar de todas sus imperfecciones, nos ha demostrado que es capaz de acabar guerras y de unir naciones (así sea tan solo por la duración de un partido). O si no pregúntenle a un marfileño de nombre Didier y apellido Drogba. Nos ha demostrado que es capaz de salvar vidas siendo una salida a la pobreza, el vicio y la violencia. Nos ha dado una muestra de lo que significa el esfuerzo y la dedicación, de las consecuencias de hacer algo con pasión. Inevitablemente me llega a la mente la imagen de un humilde hombre de la costa atlántica colombiana, que ayer juntaba dinero como ayudante en autobuses públicos para poder jugar a la pelota, y hoy es la estrella de un club 7 veces campeón de Europa. Determinación.
El fútbol nos invita a soñar constantemente, a creer, a vivir siempre con una meta. Siempre más. En el fútbol como en la vida no existen límites a los objetivos, no hay restricción para seguir soñando. Este juego de humanos para humanos nos enseña que la vida tiene un propósito mucho más grande que vivir para morir. Vivimos para soñar. Para luchar por esos sueños. Como los zorros y el italiano, persiguiendo a punta de corazón y pizza una ilusión que se encontraba custodiada por gigantes y millonarios; rompiendo paradigmas. Convicción.
Alegría popular. Una felicidad muchas veces inexplicable, tan abstracta como real, tan pasajera como profunda, tan única. Pues eso es la felicidad, un sentimiento irracional por lo emotivo. El fútbol nos la regala con una condición: la de compartirla. El fútbol nos enseña que este sentimiento único no es eterno, no es individual y que debemos aprender a vivir con ilusión, con hambre de gloria y con el corazón maleable pero fuerte ante el eventual fracaso. Como ese abrazo colectivo que nos dimos los colombianos el día en que Pablito Armero inauguro la fiesta en Brasil. Alegría inexplicable y efímera, extinta días después en Fortaleza.
Aprendemos de la pelota. Sí, de la pelota. Aprendemos que no existen las sonrisas sin las lágrimas, ni tampoco los abrazos, los aplausos y la inspiración, sin las patadas, el rechazo y la desilusión. Algo así me enseño el fenómeno Ronaldo, que parecía que ya se cansaba de romperse las rodillas, pero un día sorprendió y decidió ganarse un mundial (e inmortalizar un peinado). Fuerza.
Es así. El fútbol, ese juego simple de pelota, tiene una dimensión particularmente humana, a veces no tan evidente para todo el mundo, pero que nos acerca a la verdadera esencia del ser.
La emoción que produce el fútbol desenvuelve cada uno de los sentimientos del hombre y nos promueve a la exposición de nuestra naturaleza, esa que no es fácil de reconocer con los sentidos. Sólo efectos como los del amor y la muerte pueden asemejarse con tal expresión irracional del alma.
Maradona y el barrilete cósmico a la reina, el Maracanazo, el milagro de Berna, Manchester en el Camp Nou, Rincón contra Alemania, la zurda de James en Rio, el Atleti del Cholo, el último minuto de Ramos en Lisboa, Abreu y Lucho contra Ghana, Tarzán con Abidal, el escorpión del Loco, el abrazo del alma del 78, la democracia Corinthiana, Anfield y You’ll never walk alone…
El fútbol es, tal y cómo lo son cada uno de los seres humanos, una perfecta imperfección de la naturaleza.
¿Es este deporte un sinónimo de vida? De algo si existe una seguridad absoluta: este juego nació para divertirnos. Y la diversión es lo más parecido a la felicidad. ¿Quién no vive para ser feliz? El fútbol es como la vida, o tal vez debería serlo…
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