Juan Potes, hoy famoso relator e imitador, antes futbolista frustrado, nos cuenta como fueron esos días en los que llegó a soñar que podía enganchar a la realidad y convertirse en jugador de fútbol. Disfruten del desparpajo de uno de nuestros amigos más queridos.
Serían las siete de la noche de un martes lluvioso de mediados del 2008, cuando de repente escucho el sonido de la puerta. Era mi madre, trabajaba en el área directiva de un hotel en Bogotá y llegaba siempre del trabajo rondando esa hora. Con su dulce voz me dice:
-Hola Juancho, ¿cómo vas? ¡No te imaginas lo que pasó hoy!
Yo al oír su alegría dejé inmediatamente lo que estaba haciendo, que seguramente era ver alguno de los canales de deportes (tener la tele encendida en uno de estos es casi como una enfermedad sin cura: la pelota ejerce una perversa fascinación en mí, rayando ya en lo crónico).
Baje, pues, a ver de qué se trataba tanto alboroto.
-Hablé con un tal Marcelo Firpo, un argentino, y no te imaginas, el tipo tiene que ver con algo del fútbol, parece que está muy bien conectado, entonces cuando supe esto le eché el cuento…- continuó
-¿El cuento?
¡Y el cuento era un verdadero cuento chino!
Sí, juego bien y tengo facilidades para practicar deportes, en especial el fútbol, pero de ahí a ser el gran “crack” que mi madre cree que soy -del que yo la tenía convencida- había una distancia bien grande.
-Tienes que hablar con él. Él va estar en el hotel a las diez de la noche y tiene un tiempito para atenderte, dice que no importa la hora, ve y le echas el cuento, yo veré- me sentenció.
En ese momento quedé frío. En un día cualquiera la fortuna tocaba mi puerta. Terminando la conversación con mi madre me dispuse a cambiarme y me dirigí hacia el hotel para encontrarme con este misterioso personaje.
Rumbo hacia el hotel repetía y planeaba un pequeño speech de lo que le iba a decir.Estaba verdaderamente nervioso, al punto de abanicar las piernas cual vuelo de mariposa. No sabía si lo mío era un capricho de un joven, que con un balón le tira túneles a las sillas cuando va a buscar algo a la cocina, o si de verdad tenía lo necesario para convertir mi sueño de jugar al fútbol en una realidad; y transformarme en uno de esos extraterrestres que pueden hacerle una gambeta a la fábrica o la oficina para que les paguen por divertirse.
Finalmente, a eso de las nueve y cincuenta llegué al hotel, y oh sorpresa cuando veo sentado en el lobby a un hombre flaco de pelos dorados, que apagaba un cigarrillo y aparentemente leía una revista cualquiera.
Después me vine a enterar que ese hombre era más conocido como el “Tigre” Firpo o el mismísimo “Vikingo” Firpo: un rubio de ojos celestes con aires de actor de Hollywood que había jugado al fútbol profesional como volante en Gimnasia y Esgrima, Argentinos Juniors, Atlanta y algunos otros equipos del fútbol gaucho. Para ese entonces era coordinador del fútbol infantil y las divisiones inferiores del Club Atlético Quilmes, también conocido como “el cervecero” o “el decano” del fútbol argentino.
Cuando me voy acercando y antes de que pudiera presentarme, en un acento argentino inconfundible el Firpo detiene su lectura levanta la mirada y me dice:
-¿Sos vos?
-Eso creo, ¿es usted Marcelo Firpo?- respondo. Él asienta con la cabeza.
-Pibe, tenés buena altura- me dice, invitándome a sentarme
Empiezo yo entonces a tratar de explicarle lo más rápido y claro posible todo lo que el fútbol significa para mí, que es mi más grande pasión y de lo mucho que había soñado poder jugar seriamente al fútbol. Antes de que yo siguiera hablando de mi improvisada trayectoria como futbolista y de que el “Tigre” empezara a bombardearme con preguntas inquisidoras (fue lo que pensé sucedería), me dice:
-Te la voy hacer corta: mirá pibe, pagáte tu pasaje a Buenos Aires. Allá te van hacer una prueba, y si pasás, te podés quedar a entrenar con los chicos de la tercera o la reserva, ¿está?
Yo le dije que sí, sin pensarlo dos veces y sin mucho más, dándole nuevamente las gracias, la reunión terminaba y yo partía hacia mi casa con el pecho inflado, como el de cualquier palomo que se respete. Seguramente lleno de dudas, miedos, pero también de una ilusión y una sensación de incredulidad que no me sacaba nadie: ¿de verdad me está pasando esto a mí?
Al cabo de una semana en la que no pude dejar de pensar en otra cosa y ya con los pasajes comprados con ayuda de mi madre, artífice de toda esta ficción, partía hacia Argentina dejando mi Universidad interrumpida, tras ese sueño de amasar la gloria con las manos y esta oportunidad que mágicamente se me había presentado. Una oportunidad que me cogía completamente con los pantalones abajo, como cuando un vaquero es sorprendido sin sus pistolas al cinto y casi dormido al lado de la fogata. Pero eso sí, me la iba a jugar con toda, iba a sudar como una regadera a chorros y dejar todo en la cancha.
***
Llegué a mediados de junio del 2008 a Buenos Aires. Hacía bastante frío, soplaba un viento gélido propio de esas fechas, afortunadamente el “Tigre” me había ido a recoger junto a un colaborador del club. Metí mis maletas al baúl de un viejo Peugeot 504 y partimos rumbo a Quilmes.
Al llegar quedé completamente sorprendido de que mi lugar de estadía iba ser precisamente el Estadio Centenario. Había una especie de pensión para jugadores que yo no conocía. Lo cierto es que sí, me quedaría ahí mismo en el “Templo Sagrado”; en el epicentro y testigo de tantas historias y obras escritas con los pies.
Quedé más sorprendido aún, cuando me empezaron a mostrar todo el lugar, y de repente llegamos donde cenaba el plantel de primera división. Me presentaron como un “pibe que viene de Colombia a probarse”. Llegaba como un misterioso paracaidista que no se sabe desde donde saltó, pero que por azar de los vientos caía ahí, justo donde quería estar. Yo estaba embelesado, no me la creía, estaba ahí cenando con algunos de los jugadores que una semana atrás veía por la tele en alguno de los rabiosos partidos del apasionante y convulsionado fútbol gaucho.
Estaban tipos como el portero Marcelo Pontiroli, como Walter García, como Mauricio Almada, como Álvaro “Palito” Pereira, como Pablo Batalla, como Rodrigo Braña, “El Chino” Luna, y otros que hoy son menos exitosos. El director técnico era Fanessi, quien cenaba en una mesa aparte con el resto del cuerpo técnico. Y así como así, estaba yo en medio de esta cena, como uno más, tomando mate con estos paladines del balón que bien, no serían del Real Madrid, pero para mí eran de otra galaxia.
El plantel estaba concentrado. Al día siguiente jugaba como local frente al San Lorenzo de Ramón Díaz, y yo iba a tener pases de cortesía, para ver el partido desde la platea, junto a otros jugadores de la reserva, quienes iban hacer finalmente mis compañeros en esta aventura. ¿Qué más podía pedir?
La mañana siguiente me levante con mucha ilusión y con ganas de ver al equipo en vivo y en directo. Quería ver a los jugadores y evaluar si realmente se podía o si estos marcianos estaban en otro nivel y todo había sido un delirio mío compartido con mi madre.
El marco era el típico de un partido de la liga argentina: los tambores y las trompetas retumbaban y el verde césped rebosaba de papel picado. Quilmes terminó perdiendo 0-1 sin mayor brillo futbolístico, pero yo sacaba mis conclusiones. ¡Sí se puede, hay con qué!, pensaba para mis adentros. Sólo quería que llegara la hora de calzarme los botines, entrenar y descubrir de qué estaba hecho.
Un par de días después la hora había llegado, estaba listo para mi primer entrenamiento. Después del “loco” (más conocido en estas latitudes como el “bobito”) entramos directamente en materia: un once contra once en la cancha auxiliar. Cuál no sería mi sorpresa al ver que estos jugadores corrían y metían mucho más que los jugadores de primera. Se jugaba a otro ritmo. ¡No la alcanzabas a recibir y ya te estaban talando las piernas!
El entrenador de reserva “Panchito” Ferraro y el “Pirata” gritaban como cazadores –largála Colombia- cada vez que se me ocurría retenerla, resistiéndome a la idea de que no hubiera tiempo de siquiera tirar un firulete.
Estabas condenado a deshacerte de la caprichosa lo más rápido posible si no querías quedar en el fragor de las patadas, los choques y los topetazos.
Quedaba completamente sorprendido de lo serio que se lo tomaban, de la aplicación táctica y sobre todo de como entendían el juego y sabían qué hacer y en qué momento. Más allá de que corrían como balas, no todos eran figuras dotadas técnicamente, pero eso sí, todos y cada uno respetaban y mantenían su posición. Defendían su rol en la cancha con una aplicación ejemplar, casi militar.
Sin haber podido jugar como me lo había imaginado, cumplí, mi papel estuvo dentro de lo aceptable, y si bien no había brillado tampoco había desentonado. Donde sí brille con luz propia fue en el salón de juegos: retaba a todos al ping-pong y uno a uno les iba ganando. Más temprano que tarde les iba quitando en las apuestas unos pesos por aquí y otros pesos por allá. Los argentinos no toleraban perder y menos ante este “paracaidista” colombiano. Siempre, como los adictos, volvían a caer en la trampa.
Así poco a poco mi transformación a marciano se iba dando. Una vez salí a dar una vuelta por la ciudad y tomé un taxi de regreso al estadio. El conductor, que era un apasionado hincha de Quilmes, al ver donde me dejaba, decidió no cobrarme la carrera y se despidió de mí augurándome un futuro de campeón. Más valdría decir “yo llevé al Colombiano cuando no era nadie” que los 40 pesos de la carrera.
Pero no todo podía ser felicidad. También estaba el plano sentimental. Periódicamente me llegaban correos de mi ex novia mandándome apoyo, pero sobretodo diciéndome cuanto me extrañaba y lo mucho que quería que estuviéramos otra vez juntos. Y aunque parezca risible, no sé si por la juventud (para ese entonces tenía 22 años) o porque yo también la extrañaba mucho, cada uno de sus mensajes calaba muy hondo en mis sentimientos sembrando así la semilla de la añoranza. Poco a poco este sentimiento iba en crescendo y se exacerbó aún más cuando las cuentas no nos daban, y era un hecho ya, que el Club Atlético Quilmes perdía la categoría y se iba a el descenso.
Un día sentí la necesidad de volver a casa, no sé si porque pensaba que la experiencia ya estaba cumplida o si simplemente extrañaba a mis seres queridos, pero un día me dio el arrebato y le dije a mi amigo más cercano que había decidido irme. Él me miró sorprendido, y me dijo que él solo se iría hasta que le dijeran que se fuera, y que lo mismo debía hacer yo.
Le dije que era una decisión tomada y que me iba al día siguiente. Lo entendió y se ofreció a ayudarme con las maletas hasta la estación de buses, y así lo hizo el día de mi partida. No quería despedidas de los muchachos, ni hablar con Firpo o el entrenador porque no sabría que decirles sobre mi huida. Él lo entendió. Diríamos que había tenido una situación familiar que ameritaba mi presencia. Así no más, sin más explicaciones. Así se acordó y se hizo.
No sé si lo que hice fue una locura, o si muy adentro de mí sentía que el sueño de llegar a primera era una ilusión borrosa.
Ya no latía tan fuerte como antes, y era más conveniente volver a retomar la universidad, no lo sé, incluso hasta el día de hoy tengo opiniones encontradas. A veces siento que le solté la mano a mi ilusión de jugar al fútbol, y no me la jugué con toda como había prometido inicialmente. Pero por otro lado cuando veo el vaso medio lleno pienso: ¡qué oportunidad que me dio la vida! Me la goce a muerte y quién me quita lo bailado…
Pude ser partícipe por poco tiempo de esta maravilla llamada fútbol. Porque el fútbol es perfecto y aunque ronde un vulgar negocio alrededor de él, es lo más lindo que hay. Porque en el fútbol se disfrazan las contradicciones sociales y no existen ni las diferencias de clase o de raza. Dentro del rectángulo solo existe la verdad del balón.
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