Pintaba para todo, tocó el cielo en Brasil y ahora dique anda en Japón. Lo estamos buscando.
Cuando Ibarbo llegó a Nacional, después de pasar por las inferiores del Pereira y con acento tumaqueño, era fácil creerse el cuento de estar ante un niño especial. Su físico de basquetbolista y su caminado desgarbado, como si estuviera bailando siempre, recordaban al Tino Asprilla. El niño debía aprender del juego y con el balón en los pies daba la impresión de venirse al piso, de caerse, pero su desequilibrio le compró la confianza de Quintabani y en 2008 debutó.
Su adaptación a primera fue rápida y prolija a pesar de que en su primer año pasó por las manos de tres entrenadores: Quintabani, Barrabás Gómez y José Fernando Santa. Después, dueño de la número 8, galopó a placer en todo el país y dejó constancia de que su parecido con Faustino también tenía lugar con el balón al pie.
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En 2011, ya caballo y encarando a todos, con 93 partidos encima, se despidió del FPC con su primera (y única) estrella. Fue jugador estampa de ese lindo nacional de Pezzuti, Dorlan, Sebastián Pérez y Crackdona… El Cagliari pagó por él.
Al Calcio llegó como animal exótico de potencia y velocidad inéditas, y en su primera aventura respondió. Se sintió cómodo en Cerdeña y el Cagliari, club con tradición pero sin las presiones de los equipos grandes, fue un destino a la medida. Con constancia y su flow empezó a salir en Sportscenter semana a semana hasta que, luego de tres temporadas felices, José Néstor lo metió en Whatsapp y lo convocó para los amistosos contra Bélgica y Holanda antes del Mundial de Brasil. Víctor jugó sin complejos, hizo el segundo gol contra los belgas y se ganó el cuarto de hotel en Río.
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Su desempeño en Brasil, tres partidos como titular, todos con nota alta, le trajo prestigio y lo sacó del Cagliari, “ya muy chico para él”. Siguió en el Calcio, nada menos que en la Roma, en un aparente salto de calidad y gloria. Pero pasa que a veces el fútbol no perdona las traiciones y a Víctor le pasó factura por fichar, como si no pasara nada, por un rival visceral del Cagliari.
A partir de entonces se metió en un laberinto del que parece no escapar y ha ido de tumbo en tumbo. Después de sus once opacos partidos con la Roma fue al Watford, para ser suplente en inglés; luego volvió al Cagliari con el rabo entre las piernas pero el daño estaba y hecho y no cuajó; entones vino a Nacional como figura rimbombante en 2016 (no sin antes tener problemas con la FIFA por intentar fichar por tres clubes en un mismo año) y también decepcionó. Fue al Panatinaikos, también efímeramente, volvió por tercera vez al Cagliari, pidió perdón, dijo que amaba el club, que se arrepentía de la Roma y que volvía para volver a ser…. tres partidos jugó antes de viajar a préstamo al Saga Tosun de Japón, donde hoy pelea a muerte contra el anonimato.
Tiene 27 años, el pasaporte y las arcas llenas. Quizá es momento de volver. Si lo ve, dígale que lo echamos en falta. Y que el Tino también.
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