Las opiniones de los columnistas no reflejan necesariamente las de Hablaelbalón.
Lo que pasó el fin de semana pasado en el clásico bogotano trasciende los tres puntos importantísimos que le permitieron a Santa Fe –jugadores, hinchas, cuerpo técnico, empleados del club y presidente– por unos días, vivir tranquilo, dormir de corrido, disfrutar.
El valor de estos tres puntos clave tampoco se puede reducir a la consigna sagrada para el hincha de que los clásicos “no se juegan sino que se ganan”. Y va más allá de las apuestas por cobrar y del placer inconmensurable que es llegar a la oficina, ¡oh lunes feliz!, a enrostrarle al colega gallina que el clásico fue rojo. Trasciende las eróticas cargadas por Whatsapp.

Todo eso cuenta, claro que sí, y si la fecha de clásicos es tan linda –a pesar de las deprimentes riñas y los desadaptados que se retan con machete en mano (no tenemos salvación)– es porque le dan relieve y significado a ese otro sagrado axioma futbolero que reza que “el que gana es el que goza”. Ganarle al rival de patio, a pesar de la diferencias en la tabla, de las coyunturas, es un placer intenso que por unos cuantos días borra incluso las preocupaciones estructurales del club amado (léase descenso en el caso de Santa Fe).
Esta victoria va más allá, digo, porque puso sobre la parrilla y ante la mirada atenta de toda la jungla futbolera del FPC dos posturas antitéticas que no quisiera se pasaran por alto.
Por un lado, de rojo, vimos la puesta en escena de un tipo sin glamour y sin palmarés que para apagar el incendio que es dirigir a Santa Fe en estos tiempos ha optado por la mesura, la calidez y el optimismo. Sin señalamientos, sin excusas conspiratorias, sin declaraciones incendiarias, sosegado y humilde, Rivera ha sido un transmisor de tranquilidad y amor para los suyos. El medium idóneo para que el respaldo desde las tribunas, el hermoso “De esta salimos juntos”, le llegue a sus jugadores y los inspire a espabilar. Un bálsamo para la presión, un foco de tranquilidad, el líder que los equipos ansiosos y rotos necesitan para renacer. Un tipo que ha basado su estrategia en la concordia y el optimismo «ciego», cualidades constitutivas del amor.
Y en el otro lado, de azul: el paradigma de rigidez, de ansiedad, de disciplina con sangre, mirada amarga y fuete en mano de Jorge Luis Pinto. Ese mismo que en la rueda de prensa previa al clásico, en vez de vaciar de presión a los suyos, de arroparlos, anunció sanciones económicas si se hacían expulsar. El mismo que lo mira todo con ojos amargos y desconfiados, como afirmándonos una y otra vez que este es un juego árido, casi sórdido, en el que está prohibida la diversión. El “General” que derrama sobre cada cancha en la que dirige su hálito de patriarca implacable, presto siempre a reprender, a encolerizarse, a castigar. Esa figura solitaria, casi autista, que invita al nerviosismo, a la desconfianza, a la culpa ante el error.
Y con eso me quedo. Con la tranquilidad de que Santa Fe ganó el clásico por apostarle al bienestar, por entregarse al misticismo de la energía colectiva y la solidaridad, que ganó porque le puso frente a la presión y desapretó los dientes, soltó las piernas y en la medida de lo posible quiso disfrutar; porque estuvo en la otra orilla del fuete, la mirada inquisidora y la disciplina con sangre con la que veo que se rige el máximo rival.
Porque parece que, por fin, entendió el camino para enderezar: El fútbol, antes que pizarras y estrategias alemanas y relevos sincronizados, es el arte de atemperar el estado de ánimo de los mercenarios de adentro. «Sonrío, me divierto, luego ganó», y no al revés. Y eso parece entenderlo mejor el anónimo Rivera que el mundialista Pinto.





