La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón.
“Fin de ciclo”. Esa sentencia categórica que hace el periodismo deportivo cada vez que un equipo poderoso pierde en condiciones devastadoras. Sí, tiene que ser poderoso y generar mucha expectativa. Y sí, las condiciones tienen que ser devastadoras; si, por ejemplo, el Madrid hubiera jugado tan mal como jugó contra el Ajax, pero el resultado hubiera sido más corto, la sentencia sería otra.
Son tres palabras contundentes que avivan la nostalgia y obligan a un revolcón agresivo. Un golpe duro para el que nunca estamos preparados. Justamente ahí está el problema. Lo doloroso no es (solo) que llegue el final, pues siempre tiene que haber un final, lo doloroso es lo sorpresivo de este. Lo intempestivo. Las decepciones magnificadas. Las despedidas apresuradas, casi obligadas.
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La pregunta entonces es cómo evitar la caída. Es prudente hacérnosla, sobre todo, pensando en Colombia. En la Selección Colombia. Un equipo que antes de Rusia 2018, en la eliminatoria y en las dos Copas América que le siguieron a Brasil 2014, dio síntomas de ir en caída. Después, el Mundial terminó siendo uno de esos éxitos aleatorios que puede resumirse en un partido bueno contra Polonia y dos goles milagrosos de Yerry Mina. Los penales contra Inglaterra encubrieron lo que fue un planteamiento amarrete del entrenador y, lo más grave, un rendimiento bajo de la mayoría de los referentes del equipo. Nosotros decidimos ignorar las señales.
Es prudente hacérnosla, también, porque a pesar de que Pékerman se fue (o lo fueron), de que la Selección estuvo huérfana durante varios meses y de que en la Copa América el nuevo entrenador dirigirá su primer partido oficial, la expectativa es que Brasil 2019 sea el título que consagre a la generación dorada de James, Falcao y Ospina.
Ahora, que está sea la última oportunidad no significa que también sea la mejor oportunidad. Al revés. Por coyuntura, con Queiroz recién aterrizado, poner a Colombia en la lista de favoritos y cargarle la obligación tácita de salir campeón, solo porque es la última chance de esta generación, es irresponsable. La Copa América será un nuevo punto de partida y lo mejor sería que la expectativa correspondiera al momento por el que pasa el equipo.
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No vaya a ser que un resbalón inesperado culminé con esa sentencia horrenda. Que la transición sea armónica, justa, que a las memorias lindas no las dinamite un explosivo y doloroso “fin de ciclo”.
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