Que Cristiano aplaste al PSG

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Las opiniones de los columnistas no reflejan necesariamente la de Hablaebalón.

 

Empiezo diciendo que no me da vergüenza aceptar que en el fútbol me mueven los caprichos y las contradicciones. Excepto con Santa Fe y con el Arsenal –los únicos clubes que amo de verdad– suelo ir de un lugar a otro sin reparos: odio al Chelsea, pero si Pedrito o Morata se juegan un partidazo termino por hacerle fuerza. Quiero siempre que pierda el Paris Saint German, pero me he visto celebrando sus victorias si Cavani es el que manda. ‘Metralleta’, ‘Veleta’ son solo algunos de los apodos amables que me han puesto mis colegas y que llevo con orgullo.

 

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Dicho esto, el capricho que esta vez me lleva a escribir tiene que ver con Cristiano Ronaldo, el mismo que tantas noches me ha producido placeres casi orgásmicos al verlo vencido revolcándose en su narcisismo. Esta mañana mientras me bañaba me llegó como una revelación que los futboleros debemos hacer fuerza para que el portugués se devore al PSG y el Madrid se ponga en cuartos. ¿Por qué? Por una sola palabrita: melancolía.

 

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Melancolía porque más allá de las exageraciones y la burlas amarillas de la prensa, ahora sí su decadencia es inocultable. A Cristiano el cuerpo le ha dicho basta y su juego impredecible y eléctrico, que aprendió en Madeira y echó a rodar en Old Trafford, ha sido remplazado por su versión más terrenal. Melancolía porque el duopolio mitológico con Messi que ha hecho de esta década la mejor jamás ya ha empezado a diluirse; y porque sus noches arrogantemente perfectas pasarán (¿pasaron ya?) de ser la norma a la excepción.

 

Con un Madrid pasando aceite, con Zidane contras las cuerdas, la BBC contra las cuerdas, sin Liga y sin Copa y contra el extravagante PSG, Ronaldo tiene una oportunidad dorada para contar una mentira más: si se hace pieza clave seguirá contando el cuento de que los años no le pasan y su “calma, calma, que aquí estoy yo” será simplemente irrefutable.

 

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Y entonces todos (pues Cristiano es un villano tan bien construido, a lo Martin Scorsese, que hasta en sus detractores más acérrimos despierta algún tipo de empatía) disfrutaremos por una Champions más de la ilusión de seguir viendo su versión que poner en duda las reglas de la realidad. Hipnotizados repetiremos como máquinas que el niño de Madeira, el rayo de Old Trafford y el hombre récord del Madrid ha vuelto a resurgir.

 

Estaremos engañándonos, sí: al portugués el tiempo le está pasando por encima y ya ni gambetea como antes, ni su velocidad es sorprendente y la omnipresencia de antaño, simplemente, le queda imposible. Su nueva versión mundana, la de tiburón de área, ya no tiene reversa. Pero al menos, por una Champions más, se me cumplirá el capricho: la melancolía inexorable de su evidente decadencia podrá esperar.

 

Y la más linda rivalidad de la historia del deporte, contra Messi, tendrá un round más.

 

Termine con:

 

Foto AFP


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