La tortura de ver jugar a Santa Fe

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Ni el segundo puesto, ni los 39 puntos, ni la Reclasificación hacen potable ver un partido de Santa Fe. Arden los ojos. 

 

Gregorio Pérez llegó a Santa Fe a trabajar en silencio. Con un tono tranquilo, sosegado, y con bajo perfil, vino a ordenar la casa. A los hinchas, expectantes y dolidos por el fiasco del semestre anterior, nos hizo ilusión la seriedad del uruguayo. Su cara arrugada y sus canas, sus cuatro títulos con Peñarol, su primer puesto con Libertad y sus 35 años gritando desde la línea de cal eran un buen augurio.

 

Entonces vino el debut contra el Nacional del excéntrico Lillo: victoria. Y el clásico contra el Millonarios de Russo: victoria. Vino Envigado: triunfo. Vino la visita a la infernal Neiva contra el Huila: tres puntos. El Once Caldas del sempiterno Maturana: victoria. El triunfo a domicilio contra el Cortuluá. 18 de 18. Puntaje perfecto. Récord. Otra vez éramos Santa Fe.

 

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Cuando eso pasa, cuando después de un semestre fatal de repente uno es líder –porque los hinchas somos así, porque el fútbol es así– nos permitimos las mentiras. Las deficiencias en el juego, la incapacidad de elaboración, el balón como una pelota de fuego que arde y que vuela de aquí para allá, sin sentido ni carisma, son cosas que pasan desapercibidas. Sobreexcitados por los resultados, caemos en la soberbia. El cómo nos importa un carajo, pues nos basta con el qué.

 

Eso está bien, se entiende. Inflamar los días felices, exagerar, negarse a discutir desde la razón nos define a los hinchas… Pero todo tiene un límite. Los vasos se van llenando. Jugar mal, jugar tan mal, jugar tan despiadadamente mal como este Santa Fe pasa la raya. Esto merece una denuncia.

 

Después de 20 partidos jugados, ver a Santa Fe es resignarse a no gritar más de un gol por partido. Es desafiar la tolerancia, hasta el mareo, con los rechazos sin sentido (¡Ay Urrego, ay López!) que salen desde los centrales, una y otra vez. Y otra. Ver a Santa Fe es convencerse de que eso de viajar juntos, de asociarse, saliendo desde atrás, toco y voy, es cosa para otros. Con el balón en los pies, en este equipo no hay tándems ni complicidades amistosas (y entonces uno extraña, como si habláramos de Dani Alves y Messi, a la dupla Anchico-Otálvaro).

 

Para ver a Santa Fe hay que conformarse, a la brava, con que para jugar al fútbol basta con apretar los dientes y correr más metros que el rival. Tener que creerse el cuento de que para jugar bien no hace falta pensar (y Omar Pérez mirando desde el banco, y Kevin Salazar subiendo videos a Instagram y Buitrago en el olvido). Ver los minutos consumirse, iguales, siempre iguales, y adivinar que Plata va a decidir mal. Siempre mal. ¡Por qué tan mal! Quedarse esperando a que Roa se atreva a salirse del libreto, y ver a Perlaza apagarse de a poco, después de cabalgar en soledad, sin socios ni opciones, de área a área. Es pagar por ver a un puñado de atletas ansiosos.

 

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Ver a Santa Fe, hasta aquí, hasta el todos contra todos, fue sentirse engañado. Frustrado por el No-plan. Preguntar sin respuesta por qué un equipo clasificado con anticipación, sin presión ni otras competencias, no se propuso, nunca, divertir.

 

39 puntos. Solo 10 goles recibidos. Bonificación. Santa Fe puede salir campeón. ¿Y el precio? ¿Esta tortura?

 

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