La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón.
Denle la copa a Messi. Nadie hizo tantos méritos para colgarse el título de “rey de América” como el Enano. Su transformación, a lo largo de las últimas cuatro semanas, ha sido hermosa. Quizás lo único poético (o de lo poquito, para no olvidarnos de Perú) que nos deja esta Copa sosa, en la que el campeón resultó siendo el local y favorito, y en la que Colombia nos dejó, otra vez, iniciados y con ganas de más.
El Messi frígido, cabizbajo y distraído brilló por su ausencia en la Copa América. De un momento a otro, Messi decidió ajustarse los pantalones, decir lo que pensaba, correr más en la cancha y alentar a sus compañeros y decidió (por fin) convertirse en el capitán que Argentina llevaba rato necesitando. Su cambio fue tan pero tan repentino, que los malintencionados podrían incluso señalar que si no lo hacía antes es porque no le daba la gana. Y, hombre, no nos digamos mentiras, sí es algo sospechoso.

Pero bueno, no le paremos bolas a eso. El caso es que Messi supo hablar fuerte. Después de la derrota contra Brasil, se fue lanza en ristre contra la CONMEBOL; mejor dicho, le escupió al establishment que antes lo había protegido y mimado hasta el cansancio. Porque, eso sí, no se nos puede olvidar cómo lo protegió la FIFA después de que a Lio se le ocurrió, en un partido contra Chile, mentarle la concha de la madre a un árbitro asistente.
No es una cuestión menor; en unas eliminatorias tan peleadas como las sudamericanas, le redujeron, así sin más, la sanción y las cuatro fechas iniciales quedaron en unita. Una alcahuetería. Pero válido, claro, porque “Messi es callado”, porque “fue un gesto raro en él”, porque “hay que entenderlo” y, sobre todo, “porque es el mejor jugador del mundo y los patrocinadores nos cuelgan de los testículos si les decimos que no va a poder jugar lo que resta de eliminatorias”.
Sin embargo, lo que en el 2017 pareció ser un desliz de una sola vez, en la última Copa América se convirtió en una constante. En el descafeinado “tercerycuarto”, el Enano no solo habló fuerte sino que también se salió de la ropa. Encontronazo con Gary Medel, uno de esos jugadores que tienen toda la calle y el ADN barrial que parecía faltarle al bienvestido y bieneducado y bienpensante Lionel Messi; tarjeta roja y primera expulsión en un partido oficial con Argentina; declaraciones erráticas, en las que dispara en todas las direcciones; echa contra la CONMEBOL, contra los árbitros, contra Brasil. Hermoso, sencillamente hermoso. Ese es el Messi que Argentina necesitaba y el que muchos, muchísimos, llevaban años esperando.
Y no lo duden, en este fútbol de moralina y corrección política, se va a decir que Messi peló el cobre. Y sí, a lo mejor lo que hizo no es “un buen ejemplo para nuestros niños”. Seguramente lo tildarán de “bocón”, de “irreverente”, de “mal perdedor”, etcétera. Qué digan lo que quieran. Messi no tiene por qué ser un modelo de conducta. Su obligación es con la pelota y, como diría el Diego, “la pelota no se mancha” con esas cosas.
Al contrario: a veces se enriquece. Así como, en mi opinión, crece la leyenda de Messi después de esta Copa América. Verlo sacar los dientes en la cancha, chocar, correr, sudar, sufrir, salir a hablar con la prensa y levantar la voz contra el poderoso, contra el corrupto, demostrar que sería capaz de dejar todo por su bandera y por su camiseta y asumir, con orgullo, la sanción que pueda caerle por sus declaraciones desafiantes, porque sí, porque “la verdad hay que decirla”. Eso es calle, potrero, barrio; eso es América Latina en estado puro; ese Messi es el nuestro. Y así vale la pena recordarlo.








