La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón.
A mí no me da miedo Catar; y Paraguay, tampoco. Algunos, más entendidos en el fútbol, dirán que estos equipos “se las traen”. Sin embargo, para mí resulta impensable que el primero –así de ingenuo, distraído, errático, impreciso y afanado– haya salido campeón de la Copa Asiática a principios de año, después de haber dejado en el camino al Irán de Don Charlie. Con el segundo, en cambio, nada resulta sorprendente: tan leñero y tan insensible a la estética del fútbol como siempre. Con la excepción, claro, de que este Paraguay defiende mucho peor, es más impreciso y tiene menos garra que sus antecesores. Ninguno de los dos me da miedo, en lo absoluto.

Si no fuera porque los errores de uno y otro lado premiaron a los pocos espectadores con un puñado de goles, podría decirse que lo mejor del partido fue el árbitro. Un peruano con ínfulas de protagonista de telenovela (al mejor estilo de Oscar Julián Ruíz), que se la pasó tropezándose con la pelota. No, no, no. Un desastre. Así haya quienes piensen que el fútbol que mostraron estos dos equipos valió la pena, quienes, futboleros de pura cepa, a lo mejor crean que fue un gran partido… debo decir que el Catar-Paraguay fue, en mi opinión, poco menos que un esperpento. Si no fuera por el toque dramático de la remontada catarí, casi que podría decirse que era preferible ir a celebrar el Día del Padre con el suegro y la familia de la novia que quedarse clavado en el sofá viendo a los próximos rivales de la Sele.
Repito: no me dan ni sustico. Ni Paraguay ni Catar representan, creo yo, el más mínimo riesgo. A día de hoy, me jugaría doble a sencillo a que Colombia termina líder de grupo y gana tres de tres. Pero, por contradictorio que parezca, lo que me preocupa es eso.

Me preocupa el triunfalismo de nuestra gente. Me da mala espina que la prensa y los hinchas, después de haberle ganado a Argentina, saliera a recordar el título del 2001, como si, así no más, después de ganarle a Messi, estuviéramos a puertas de salir campeones. Me asusta pensar en lo que ha pasado antes (y no una ni dos sino miles de veces), cuando hemos cometido el error de mirar a un rival con menosprecio. Me da guayabo recordar lo que pasó cuando, después de ganarle a Polonia, nos vimos campeones del Mundial y supimos apropiarnos del célebre “pensemos cosas chingonas”. Mejor dicho: después de ver a Catar y Paraguay, me entró el miedo de que la primera ronda sea una parranda y que luego, en cuartos de final, nos la cobre el guayabo. Mesura, compañeros, mesura. Todavía queda mucho por delante. Que nos sirva de algo haber nacido en este país experto en asustarse con el cuero después de haber matado al tigre.
Foto: Win Sports









