Equipos Eternos: Mónaco 2003-04

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En esta edición de Equipos Eternos de la Champions League, nos rendimos a los pies del Mónaco 2003-04. Un equipo de culto que tumbó gigantes pero se quedó sin el premio.

 

Hay que empezar poniéndose la mano en el corazón, cerrando los ojos y respirando profundo: la historia del Mónaco 2003-04 es una de esas que no tiene un final feliz, tiene un final futbolero. Después de una Champions de locos, a noventa minutos de coronarse cenicienta, el fútbol le pellizcó el brazo y el club despertó para ponerse la medalla de subcampeón. Aún así, los futboleros no olvidamos este equipazo.

 

Primero hay que recordar que el Mónaco, a pesar de representar un principado, no se bañaba en oro. No había ningún jeque ruso que le estuviera llenando una piscina olímpica con billetes de 500 euros (los jugadores aún hacían su fisio en agua y no petróleo). Por el contrario, el Mónaco representaba el fútbol de peñiques. La época dorada de Wenger ya había acabado (sí, aunque parece que hubiese nacido en el baquillo del Arsenal, Arsene tiene un pasado) y el club enfrentaba una situación económica complicada que los mantenía entre la primera y la segunda división.

 

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Así, con huecos en los bolsillos, Deschamps logró armar un once de culto: el italiano Flavio Roma al arco; un jovencito casinadie llamado Patrice Evra se ensañaba en la lateral izquierda; el ‘Negro’ Hugo Ibarra reventaba (con esos bombazos) la lateral derecha; Julien Rodriguez y Gäel Givet eran la dupla de centrales; aunque quizás solo lo recuerden quienes recibieron una patada de él, Andreas Zikos fue el músculo recuperador en el mediocampo; a su lado, el cerebro fue Lucas Bernardi que aunque no siempre brillaba, se sacrificaba como pocos; completaba el mediocampo Edouard Cissé. Arriba el tríangulo de la muerte: la izquierda era de Jerome Rothen, un zurdo tan clasudo como la cocina molecular, realmente era un deleite su pegada en la pelota quieta; en la derecha había ciento sesenta y cuatro centímetros de corazón y huevos, recubiertos por una fina capa de elegancia, envueltos en talento, registrados bajo el nombre Ludovic Giuly; y arriba, el ariete que el Madrid desechó cuando ya no le pudo encontrar puesto, Fernando ‘el Moro’ Morientes. Palabras más, palabras menos, era una banda jodida.

 

No hablemos de la etapa de grupos. Mencionemos un espectacular 8-3 al Deportivo porque fue el momento donde todos dijimos “¿quiénes son estos?” y vamos directo a la pepa: eliminaron al Real Madrid. Zinedine Zidane (cuando no sentaba a James), Roberto Carlos, Iker en la pubertad, el gordo Ronaldo cuando estaba flaco, Figo ‘el traidor‘ más amado del mundo, el Raúl Gonzalez que puso de moda el ‘7‘, un Guti underground e incomprendido, Beckham el de los pases de 37 metros. ¿Tengo que decir algo más? Bueno sí, quedaron eliminados. El Mónaco se comió 4 en la visita pero descontó 2. Suficiente. En su casa recibieron 1 pero hicieron 3 golazos: 2 perlas de Ludovic y un puñal de venganza que Morientes les clavó con la cabeza. 5-5 + la regla de goles de visitante.

 

Ojo al tercer gol. No lo olvide nunca. Ojalá esta noche sueñe con él.

 

Después, cuándo se pensaba que no se podía hacer nada más sorprendente que ganarle a los ‘Galacticos’, eliminaron al Chelsea nuevorico con 10 hombres. Sí, Abramovich ya estaba bombeando petrodólares. El Chelsea había logrado ficharse a Claude Makélélé (el papá de Kanté, simbólicamente hablando) y junto con John Terry, Frank Lampard, Marcel Desailly, Hernán Crespo, Eidur Gudjohnsen conformaban un equipo que metía miedo. Sin embargo, Claudio Ranieri cometió muchos errores dirigiendo al Chelsea y en la ida el Mónaco lo desnudó. Al minuto 53 echaron a Zikos por cuasifrentiar a Desailly, iban 1-1. Al minuto 83 el Mónaco ganaba 3-1. Ranieri jugó mal sus cartas y lo liquidaron en dos opciones. Lo liquidaron con 10. Dos goles con 10 jugadores. Quiero seguir repitiendo que tenían 10 hombres. Que equipazo.

 

No se pierda el Gol de Zidane al Leverkusen en un párrafo.

 

Así llegamos todos al sofá pensado que el Mónaco merecía ser campeón. “El fútbol no es tan canalla” pensamos algunos, los que eramos jóvenes en el 2004 (nuestros padres ya sabían que el fútbol no cree en nadie). Un tal Mourinho había llegado a la final con un Porto que tenía 10 titulares portugueses. Un proyecto casero, de esos que también aman los románticos. Era una final sin excesos, fútbol de barrio, fútbol de culto. El Porto manejaba el partido pero en cualquier momento podía caer el gol del principado. Lo que cayó fue algo más: un pinchazo el minuto 23 y el capitán, nuestro capitán – oh capitan, my capitan – Ludovic tuvo que abandonar. El golpe anímico fue demasiado. Un error en defensa y el acierto del único extranjero del Porto eclipsó el sueño. Dos goles más y ya fue. Una goleada que derrumbó el sueño.

 

Si usted es de los que ama repitir partidos, acá puede verlo de nuevo y llorar (o celebrar, si le rinde culto a Mou). 

 

Cierro el pasado hablando del presente: hoy el Mónaco tiene un proyecto joven. Da gusto verlos. Todos son rápidos, todos saben hacer un control dirigido, todos pueden jugar en espacio reducido, todos son peligrosos, todos chocan. Ojalá sigan llegando lejos en esta Champions, a ver si pueden vengar al Mónaco 2003-2004.

 

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OddsDaily


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