El rastafari que apareció dos veces en el Panini y nunca fue al Mundial

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Si usted tiene más de 35 años recuerda haber pegado su mona en el álbum Panini del ‘90 y el ’94. Y si recuerda bien se sorprenderá porque aunque estuvo en el álbum nunca jugó un mundial.

 

Salido de Turbo, de ahí el apodo de Turbina, John Jairo tuvo claro desde muy pequeño que su vida pasaría por el balón. Que en Turbo el panorama era gris y soñar con ser futbolista era para mentes valientes y optimistas poco le importó; en su infancia se le vio siempre con el balón al pie.

 

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Un partido en Medellín con la selección juvenil de su municipio fue todo lo que necesitó para meterse en los planes de Nacional e instalarse en Medallo. Su zurda inverosímil, el balón siempre fundido al pie y su vicio por el gol llenaron los ojos de los ojeadores verdes.

 

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En Nacional debutó en el 85 y no demoró en hacerse un hueco en la titular. Con goles, siempre con goles, se compró al Atanasio rapidito. JJ fue una de las figuras del Nacional campeón de la Libertadores. Después, ya ídolo total, con una copa internacional en su vitrina, y sin cumplir los 22 años, lo convencieron desde Suiza para saltar el charco.

 

Dos años duró en el país perfecto, en el FC Zurich, antes de recular y volver a Nacional. No le fue tan bien como esperaba y a su agridulce regreso le tuvo que sumar la maldita noticia: a pesar de haber hecho parte de todo el proceso de eliminatoria, y de haberse vuelto famoso en el Nacional de Maturana, Pachito le cortó la cara y no lo llevó a Italia 90. Con el corazón hecho trizas, Tréllez pasó sus vacaciones más amargas en Aruba.

 

De vuelta, boxeador hambriento de revancha, fue campeón con Nacional en el 91 y en el 92 salió goleador del torneo con 25 goles. ¡25! Una barbaridad. Turbina no creía en nadie y a Estados Unidos se montaba sí o sí. Pero la historia, circular y cruda, se volvió a ensañar con JJ. Sin importarle su experiencia, su romance duradero con el gol y que su nombre se leyera junto al de los delanteros pesados del continente, Maturana lo volvió a cortar. La Turbina miró por TV el autogol de Andrés y todo el papelón magnánimo que hizo Colombia. Por segunda vez, su mona fue un error en el Panini.

 

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Esta segunda puñalada lo trituró por dentro y lo que vino luego se explica con el trillado “nunca nada volvió a ser lo mismo”. Aunque su fama le alcanzó para convencer a Menotti de llevarlo a Boca –¡en vez de a un tal Ronaldo Nazario!– e incluso ofrecerle la 10, apenas llegó a Baires se rompió la rodilla y sus días en La Bombonera se recuerdan más por sus trenzas exóticas que por sus bondades con el balón. ¿El balance? 20 partidos efímeros, enemistad con la hinchada y una salida discreta por la puerta de atrás.

 

 

De ahí pasó al Juventude de Brasil, donde volvió a bailar sin ton ni son, para luego volver –siempre volver– a Nacional. En su tercera etapa en el verde las cosas le salieron mal y después de un año salió como vagabundo errante y sin despedidas ni agradecimientos. Bendecido por la fama y por su pasado glorioso, le llegaron ofertas para engordar sus bolsillos en Arabia Saudita y en la MLS. El último club que pagó por sus servicios,y con el que se retiró en 2006, fue el Bajo Cauca de la B.

 

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Hoy vive en Turbo dedicado a administrar sus negocios y a trolear en Twitter a cualquiera que dé papaya. Es un man parchado, hincha de Nacional, de rastas largas y excelente sentido del humor. Un final jocoso para un tipo que tiene su foto en dos álbumes mundialistas, que hizo más de 100 goles con Nacional –solo Aristizábal lo supera– y que fue figura indiscutible del primer triunfo internacional de un club colombiano.

 

Al menos, dice, vive sin resentimientos. Ni siquiera con Pachito.

 

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