El fiasco de imitar a Europa

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La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón. 

 

La Conmebol confirmó esta semana que a partir del próximo año la final de la Copa Libertadores se jugará a un solo partido, como pasa en la Champions. La decisión, sumada al cambio que el calendario de la Copa sufrió el año pasado, hace parte del lavado de cara que se le quiere dar al torneo desde lo dirigencial. Con este formato, la final se jugará un sábado en una ciudad neutral y bajo el marco de un espectáculo de primer nivel. Los equipos finalistas recibirán dos millones de dólares cada uno, además del 25% del recaudo de la boletería cada uno.

 

Hasta aquí, la noticia es una maravilla. La decisión promete, además de una ganancia económica considerable (algo que nunca será mal visto) para los equipos, ofrecerle al consumidor un evento de mayor envergadura.

 

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Pero la realidad es que los señores de la Conmebol, fieles a su ADN, tomaron la decisión pensando únicamente en el billete y desestimaron aspectos fundamentales que en mi opinión harán que la medida sea un fracaso.

 

En primer lugar, pensar la Copa Libertadores bajo la sombra de la Champions y buscar imitarla creyendo que ambas competencias responden a las mismas dinámicas es, cuando menos, muy ingenuo. Más allá de reunir a los mejores clubes de cada país para coronar al mejor de Europa y América respectivamente, no comparten más características y en esencia su naturaleza es muy distinta.

 

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Mientras la Champions es una gala de smoking, prolija y glamurosa, la Copa Libertadores es un circo romano a pura sangre, sudor y lágrimas. Mientras una final de Champions convoca, además de las hinchadas finalistas, a futboleros y turistas de todo el continente, de este lado del atlántico, es improbable que se pague por ver a un equipo que no es el propio. Así, jugar la final en una ciudad neutral terminará por descalabrar económicamente a la Conmebol como producto de la nula respuesta de aquellos que no sean hinchas de ninguno de los finalistas.

 

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Lo otro a tener en cuenta, que por obvio no deja de ser molesto, es la implicación geográfica. En la Champions, si un futbolero alemán quiere viajar a Kiev para ver la final de este año, gastará menos de 200 euros por el tiquete ida y vuelta en tren hasta Ucrania. En Sudamérica, por el contrario, si Millonarios (perdonen el chiste) llega a la fina del año entrante, me tocaría sudar sangre para conseguirme el 1’500.000 que vale el tiquete ida y vuelta en avión hasta Montevideo (ciudad que ya se postuló para albergar la final del año entrante).

 

No hay que ser un genio, pues, (ni un romántico empedernido que no quiere que las cosas cambien ) para darse cuenta de que la nueva medida de La Conmebol, por mercachife e ingenua, terminará en un autogol.

 

Maldito fútbol moderno.

 

Termine con: Volvamos a hablar de Guarín. 

 

Foto: Clarín


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