Volvió ‘La No Historia del Fútbol’. Esta vez va sobre la historia del colombiano que partió en dos el fútbol en Kazajistán.
Roger Cañas no sabía nada de Kazajistán cuando puso el primer pie en Astana. Desde el avión solo había visto estepas y tundra de un gris verdoso, parecía la superficie de otro planeta. Bien podría ser un valle lunar. Si le pedían que apuntara en un globo terráqueo dónde estaba no sería capaz de hacerlo. Por Dios, Roger, ¿dónde te metiste? Ahora sí estás fregado. Lo que él no sabía era que en ese rincón del mundo casi deshabitado donde el frío amenazaba todos los días a la gente, cumpliría su sueño: jugar la Champions League.
Kazajistán: a lo largo de su historia fue una planicie de tribus nómadas hasta el siglo XVIII cuando la anexó el Imperio Ruso de la dinastía Romanov.
Roger Cañas no sabía nada de Kazajistán, ni de Letonia, Rusia y Polonia –los otros países por los que pasó– cuando un agente fraudulento se lo llevó a Europa con engaños. Le había dicho que equipos italianos estaban interesados en él, pero fue de fracaso en fracaso, de país en país cada vez más fríos y al Este, hasta que llegó a Kajakas… Kajasis… Por Dios, Roger, ni siquiera podías pronunciarlo. Era una de esas palabras mitad palabra y mitad trabalenguas. Lo que Roger no sabía era que en esa frontera del mundo cumpliría su sueño: jugar la Champions League.
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Kazajistán: forma parte del Asia Central junto con Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán, pero una esquina de su territorio, la más pequeña, queda en Europa, al oeste de los montes Urales.
Roger Cañas no sabía nada de Kazajistán aunque llevaba varios meses en Astana. Se repetía a manera de mantra acá no están, allá sí están, por dónde están, quienes están; como si los kazajos fueran una suerte de duendes persiguiéndolo. Tantos istanes lo estaban volviendo loco. Para hacerse entender le tocaba decir que era de Colombistán y su ciudad se llamaba Medellistán y lo que más extrañaba de Medellistán eran los almuerzos en la casa de su mamá los domingos, con chicharrón y plátano maduro. Lo que Roger no sabía era que de haberse quedado en Colombia jamás lo habría logrado, pero en Kazajistán cumpliría su sueño: jugar la Champions League.
Kazajistán: el nombre viene de “kazajo”, que en turco antiguo se refiere a “pueblo libre”, y hoy denomina a la etnia mayoritaria, y “stan”, en persa “tierra de”.
Kazajistán: tierra del pueblo libre.
Roger Cañas no sabía nada de Kazajistán al principio, pero con el tiempo se fue dando cuenta de que los kazajos no eran tan diferentes a él. Los pastores de allá se pasaban días y noches llevando animales de un lado al otro como los arrieros de su tierra. De aquí para allá, de allá para acá. La comida tradicional estaba hecha a base de guisos, y aunque no eran como los de su mamá, le recordaban su casa. Se fue dando cuenta que una mirada, una sonrisa, un beso, eran iguales allá, en Colombia, o en cualquier parte del mundo. No necesitaban hablar el mismo idioma para tener una lengua común, los ojos no sabían decir mentiras. Después de mucho tiempo, y muchos viajes, volvía reír. Roger no sabía que en ese país, cada vez más familiar y menos parco, un lugar en la tierra y no en la luna, cumpliría su sueño: jugar la Champions League.
Kazajistán: el deporte tradicional es el kokpar, donde dos equipos de jinetes se enfrentan para llevar el cuerpo de una cabra de un lado al otro del campo en una especia de rugby a caballo.
Roger Cañas no sabía nada de Kazajistán hasta que supo todo de Kazajistán. No fue fácil, le tomó más de tres años adaptarse y al final lo logró. Dejó de ser un extraño en un país desconocido, un paria. Convirtió ese lugar tosco y lejano en un hogar. Aprendió que Kazajistán era el principal productor de uranio del mundo, desde su independencia de la Unión Soviética solo había tenido un presidente –un tipo duro de pocas palabras– y la Liga Premier kazaja daba un cupo a las rondas clasificatorias de la Champions League, pero ningún equipo había clasificado jamás. Ahí lo supo, aunque no era como lo había soñado desde pequeño, tenía al frente suyo la posibilidad de cumplir su sueño: jugar la Champions League.
Kazajistán: desde que se fundó la Liga Premier de Kazajistán en 1992, el único equipo que ha logrado clasificar a la Champions League ha sido el FC Astana en 2015, con Roger Cañas a la cabeza, al vencer al Apoel Nicosia en la ronda clasificatoria.
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Roger Cañas no sabía nada de Kazajistán cuando era un niño y vivía con su mamá en Medellín. Él soñaba con el fútbol, despierto y dormido, y ahora, después de muchos años, estaba alistándose para jugar contra el Benfica en Lisboa, amarrándose los guayos en el camerino, listo para salir y hacer historia en su debut. Oía los cánticos, sabía que a medio mundo de distancia un país entero estaba pegado del televisor, expectante, esperando lo mejor de él. Nunca se lo imaginó, y en Kazajistán tampoco se lo imaginaron, que un colombiano, ¿colombiano?, le preguntaban a Roger y él respondía, sí, colombiano de Colombistán, fuera a convertirse en un héroe nacional de Asia Central. Salió al campo en silencio con el resto del equipo, digno, con el pecho inflado de orgullo, la tribuna iba a reventar. Y cuando pusieron el himno del torneo –“this is the champions, the champions”– se le erizaron todos los pelos de los brazos y ya no lo supo sino que lo sintió, había cumplido su sueño: iba a jugar en la Champions League.
Roger Cañas no sabía nada de Chipre cuando terminó el torneo, pero por su buen desempeño, su nombre era un nombre de renombre en las ligas sin renombre. Como siempre había hecho, empacó maletas, se montó en un avión y se fue a probar suerte en otro país de la periferia futbolística europea. Chipre, decía, por lo menos es más fácil de pronunciar que Kazajistán.
Chipre: es una isla en el mar mediterráneo, y aunque geográficamente pertenece al suroeste asiático, política y culturalmente se considera una nación europea, donde las etnias griegas y turcas se enfrentaron en una guerra civil y terminaron por dividir la isla al medio.
Roger Cañas no sabía nada de Chipre cuando puso el primer pie en Nicosia, desde el avión solo había visto una mar interminable, y si le pedían que apuntara en un globo terráqueo dónde estaba diría con una sonrisa en la cara, ¿para qué?, estoy donde debo estar, no me voy a escapar nadando.
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