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Una buena razón para que no se juegue la final de la Libertadores

2018-11-27T15:51:15+00:00 27 noviembre, 2018 |
  • La final de la Copa Libertadores entre Boca y River se jugará fuera de Argentina

Psicólogo en desuso, editor aficionado y futbolista recontra frustrado.

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La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón.

Lo primero será decir que no me importan ni River ni Boca. Me caen bien ambos, por frío y aguastibias que suene. Por un lado, me gusta el uniforme de Boca; por el otro estoy fascinado con el pedazo de crack que es Exequiel Palacios. Entonces, honestamente, me tenía sin cuidado quién ganara la Copa Libertadores. Me habría alegrado por cualquiera de los dos y habría montado un ejercicio de empatía con el miserable perdedor.

 

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Que el resultado no me desvelara, en todo caso, no significaba que el partido no me hiciera ilusión. Futbolero inmaduro como soy, yo también le compré el cuento a los arrogantes medios argentinos y repetí como un loro eso de “La final del mundo”. El marco era hermoso, y el partido en La Bombonera —diluvio universal de por medio— había dejado fútbol de primera. Como si fuera hincha de alguno de los dos, los quince días que separaron la ida de la mierda que fue la vuelta se me hicieron eternos. Luego, las tres horas de incertidumbre, del “no se juega, se juega, no se juega”, me parecieron otros quince días.

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La mañana del domingo, igual, como el niño que se rehúsa a creer que el Ratón Pérez son los papás, me levanté ilusionado para enterarme que Boca no quería jugarlo y que pedía los puntos por escritorio. Ahora me doy cuenta de que “La final del mundo” nunca existió, fue un cuento para niños que, como cuando me enteré del fraude del Ratón, me dejó de importar. El dilema, afortunadamente, nunca me correspondió a mí, aunque hoy, que ya no me importa, podría decidir con facilidad. Por mí, podría no jugarse. Si antes me importaba poco el nombre del ganador, ahora me importa menos, y el partido, que sí me tenía del techo, ahora me importa un bledo.

 

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La causa del desencanto no es una cuestión de ética ni de moralina, pues a pesar de que reconozco la magnitud de tan deleznable novela, no me sorprende. Y no debería sorprendernos. Parece una causa perdida que no se va a solucionar con un mensaje “contundente de cero tolerancia”. Ni que fuera algo nuevo. Bien sabido es que el fútbol suramericano, todo —desde los mafiosos que encabezan las barras hasta los mafiosos que encabezan las dirigencias—, es un nido hediondo de corruptela e ineptitud. Este no es un problema de condicionamiento operante, de castigo y recompensa, es más bien un tema de criminalidad. El fútbol, sabrá el diablo por qué —aquí, en Argentina y en todas partes—, es un ecosistema que encubre con eficacia los comportamientos humanos más abominables a todas las escalas. Los “hinchas” que prendieron la mecha del papelón no son animales cegados por la pasión, son criminales que se encubrieron detrás de esa pasión. Y eso no se soluciona cancelando un partido, ni siquiera porque se llame “La final del mundo”.

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Mi desencanto, vuelvo, es por motivos banales. Fisiológicos, diría. Como cuando uno tiene tanta hambre que se rebota y pierde el apetito. La esperé tanto, que ya estoy hastiado. Me tienen cansado los medios con sus cubrimientos exagerados, ya no soporto más la intriga que montaron los dirigentes en Paraguay, ni las declaraciones lastimeras de los futbolistas. Sin mayor explicación, simplemente se me fue la ilusión…

 

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Y ahora me doy cuenta de la farsa. No es tan importante y nunca lo fue. Tal vez, si la lucidez que nos brinda el desencanto no fuera pasajera y pudiéramos siempre mirar con perspectiva la insignificancia real del fútbol, entonces nada de esto se repetiría.

Foto:
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