
La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón.
Hace una década, cuando Marco Pérez era el delantero más prometedor del FPC, se fue Argentina, luego a España. Inocente, quizá, pensó que la tarea ya estaba hecha. Vaya a error. Cuatro años después volvió a Colombia con solo pena y nada de gloria. Con la etiqueta de tronco y el estigma de haberse caído al pasto como un costal en plena presentación, el día en que en Zaragoza juraron que habían contratado al nuevo ‘Tino’ Asprilla. En Argentina, sin piedad, lo apodaron el “asesino del gol” en el sentido más literal.
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En Tolimita, como el colegial matoneado que entra a la universidad, Marco se dio la oportunidad de arrancar desde cero. De la mano de Alberto Gamero —como Betty con doña Catalina— nos demostró que lo que es feo puede ser hermoso. Cinco años en Ibagué convirtieron a un tipo sin confianza en una máquina de goles y liderazgo. La portada de nuestra folclórica Liga Águila.
El “nuevo” Marco Pérez, así le decimos ahora, como si fuera otra persona: Marco Pérez y el nuevo Marco Pérez, dos tipos diferentes. Del primero nos burlamos, del segundo nos sorprende que a partir de ahora malgaste su talento rutilante en un equipo de mitad de tabla del fútbol Arabia Saudita. Malgastar es el verbo porque para nosotros, sentados en el teclado, al fútbol saudí solo van dos tipos de jugadores: futbolistas del montón bien representados o cracks obnubilados por los ceros en un contrato. Hoy coincidimos —y descarado el que no— en que Marco, el nuevo, pertenece al segundo talego.
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Y quizá tengamos razón, quizá el nuevo Marco esté para más. Para México, Argentina, Europa… cualquier otro lugar del que por lo menos nos lleguen noticias. Pero nosotros, que creemos saber qué es lo que le conviene a esos señores que viven de lo que nosotros no pudimos, no tenemos nada que opinar. A sus 28 años, Marco Pérez, futbolista profesional, sabe cómo funciona el mundo y ya no cree en el cuento de hadas.
Gracias, adiós y buena suerte. Nada más que decir.










