La opinión de los columnistas no refleja necesariamente la de Hablaelbalón.
Si fichar a Neymar en su mejor época por 222 millones de euros fue una locura, hacerlo ahora que no es ni siquiera el mejor jugador de la liga francesa es absurdo. De ese Neymar líder y decisivo, que le daba vuelta a una eliminatoria él solito, hoy se ve poco. Las lesiones (y una presunta irresponsabilidad en los tiempos de recuperación) le han quitado regularidad y explosividad, y a esta caída en su rendimiento le ha sumado un carácter conflictivo e indisciplinado. En los últimos meses se ha oido más de él, sobre todo por sus peleas de vestuario, su insdisciplina y sus escándalos extradeportivos.
Pero afortunadamente para él, su contratación fue el territorio de turno que escogieron el Real Madrid y el Barcelona para librar su —interminable y cada vez más incontrolable— lucha de poderes. Por eso no sorprende que ambos estén dispuestos a derrochar tanta plata, e incluso vender jugadores importantes de sus plantillas, para llevarse a un jugador desmejorado que lleva dos años sin reconocerse. Dos años suenan a poco, pero son mucho en la corta carrera de un futbolista…
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La ecuación es sencilla. En Madrid están empeñados en vestir de blanco a un ex futbolista culé —amigo confeso de Messi y simbolo del Triplete de 2015— solo por dar un golpe de autoridad. Y en el jardín de al frente, en Can Barça, el miedo de ver a Neymar besando el escudo del archirrival puede más que la sensatez. Están dispuestos “regalar” a jugadores bien cotizados (Rakitic y Coutinho) como moneda de cambio, más una suma importante, para traer a un jugador apagado que viene hacerle competencia en el once titular a Griezmann, el verdadero fichaje estelar.
Adentro y afuera de la cancha, el éxito de uno es el fracaso del otro. Si Neymar vuelve a Barcelona, el Real Madrid habrá perdido la batalla por segunda vez (ya lo quiso fichar en 2013); si escoge al Madrid, el Barcelona se verá débil y tendrá que soportar, una vez más, que Florentino les robe un valor preciado.
A principios del verano europeo, Neymar parecía condenado a cumplir su contrato con el PSG, pues nadie parecía dispuesto a pagar lo que exige el príncipe. Ahora, ante semejante lucha de orgullos, Neymar puede darse el lujo de cobrar un valor que su fútbol actual no justifica. El concepto deportivo es lo que menos importa en este momento y la pelea de orgullos entre los dos gigantes de España les permite al futbolista y a su padre regatear entre opciones millonarias.
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Luego, el que gané tendrá que enfrentar la realidad y encontrar la manera de que Neymar vuelva a su mejor nivel, o aunque sea a uno que justifique la inversión. Si no, el ganador de la batalla ficticia del verano será el gran perderor de la guerra que de verdad importa.
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Mundo Deportivo











