El torneo de la B en Colombia: el peor infierno de todos

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NOTA: La opinión de sus columnistas no refleja necesariamente la opinión de Hablaelbalón.

 

Puede que no tenga nada que ver, pero cuando América se fue a la B yo me lo tomé como un chiste. Creí que iban a durar un año, máximo dos, y que la dosis de humildad les vendría bien a sus hinchas. Qué ingenuidad. Después de 5 años me arrepiento de haber pensado así. La segunda división es una desgracia para el fútbol colombiano, nadie se merece estar allá tanto tiempo.

 

Este sábado se juega la final del Torneo Águila II: Boyacá Chicó se enfrenta a Itagüí Leones… ¿se da cuenta? ¡Es una desgracia! El torneo se define entre un equipo que se llama como el barrio de una ciudad diferente a la que representa (algo así como el Chapinero Antioquia FC) y otro al que lo conocen los jugadores, el técnico y las mamás de los jugadores.

 

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Chicó, bueno, tiene alguito de historia; logró mantenerse como 12 años en Primera y hasta levantó un campeonato, por allá en 2008. Su máximo accionista es Eduardo Pimentel -Bedoya antes de Bedoya- un tipo atravesado y pelionero que siempre da de qué hablar. En 2015, cuando dirigía él mismo al Chico, se hizo viral por entrar al campo en mitad del partido y estar a punto de pegarle al árbitro Ulises Arrieta. El “Bochica” Pimentel es capaz de lo peor y de lo más cursi; tanto de cagarse a patadas con el que lo contradiga, como de bautizar a todos sus equipos con el nombre del barrio de sus amores: además del Boyacá Chicó, Pimentel es dueño, en Venezuela, del Chicó de Guayana. Hágame el favor.

 

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De Itagüí Leones, su rival en la final, hay muy poco que decir más allá de que, gracias a la reclasificación, tiene su cupo en primera asegurado pase lo que pase contra Chicó. Un felino más para la cuenta. Qué bueno porque después del descenso de Tigres de Soacha, parecía que nos íbamos a quedar sin el clásico felino; no señor, ahora Jaguares de Córdoba va a poder disputarse con Leones el título de “Rey de los gatos salvajes”.

 

Que alguien me explique, por favor, quién tuvo el descaro y el mal gusto de plagiarle a los mexicanos la idea de bautizar a cuanto equipo nuevo hay por ahí con el nombre de una especie felina. No sería raro que el año que entra se fundaran las Panteras de Sincelejo, o algo por el estilo. Leones fue constituido en 2015 con la ficha del Deportivo Rionegro –ese sí, un histórico de la segunda división de nuestro fútbol– y su caso explica muy bien la razón por la que equipos salidos de la nada ascienden fácilmente, mientras que a equipos tradicionales como América les cuesta sangre volver a la máxima categoría.

 

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El Deportivo Rionegro fue, hasta su desaparición, el único equipo en disputar todos los campeonatos de segunda división en Colombia. Todo un histórico de la B, en el que incluso llegó a jugar René Higuita, ya en el ocaso de su carrera. En 2014, sin embargo, vino la quiebra y con ella el primer traslado y el cambio de nombre: el club pasó a llamarse Leones FC y empezó a jugar en Bello, Antioquia. Allá duraron un año, luego se fueron para Turbo y duraron otro. En 2016, sin hinchada, con una mano adelante y otra atrás, llegaron finalmente a Itagüí, donde con un equipo plagado de jóvenes de la región lograron el ascenso.

 

Esa es la misma historia de Jaguares, Águilas Doradas y Tigres FC; equipos chicos, sin seguidores, que han podido darse el lujo de ir de un lugar a otro, buscando inversionistas y acomodo en el municipio que quiera dárselo. Mejor dicho,  vendiéndose al mejor postor. Una opción que no tienen los equipos tradicionales que después de una época de crisis terminan en la B y, como demostró el caso de América, luego tienen que matarse para volver a donde pertenecen.

 

Ojo, no son pocos. Bucaramanga, que subió este año, estuvo ocho temporadas en el infierno. Deportivo Pereira y Deportes Quindio llevan 5 y 4 años, respectivamente. Unión Magdalena, ‘El Ciclón Bananero’, el club que hizo debutar al mismísimo Pibe Valderrama lleva en desgracia más de 10 años. Y Cúcuta Deportivo completa, desde el año pasado, la banda de ilustres inquilinos de la B. ¿Se imagina lo que pasaría si alguno de estos equipos anuncia un cambio de sede y de nombre para buscar mejores resultados? Así no se puede.

 

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El Unión, condenado a sus ‘Leyendas’. Foto: stc.oblog

No es que esté en contra de que surjan equipos chicos (aunque sería deseable que les pusieran nombres y escudos menos rimbombantes); estoy mamado de los clubes se estén convirtiendo en empresas sin ningún tipo de arraigo en las ciudades que representan. El fútbol es de la gente, señores empresarios, no sean sinvergüenzas. Si no actuamos pronto y seguimos permitiendo esta figura de clubes mercenarios, que antes de terminar el año ya están pensando en cambiar de ciudad y colores para el siguiente, vamos a acabar con el encanto del hincha. El contraste que estamos viendo en cuartos de final se va a convertir en el pan de cada día: mientras que, el lunes pasado, al Pascual Guerrero no le cabía un alma, al Estadio de Montería fueron cuatro gatos el domingo (y uno de ellos se fue antes de terminar el partido). Créame: la segunda división es un lastre para nuestro fútbol.

 

Termine con: Patadas criminales del FPC 

 

Foto: Goal.com


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